DINÁMICAS RELACIONALES PARENTALES EN TORNO A LOS HIJOS EN EL
PROCESO DE SEPARACIÓN CONYUGAL. EL “SÍNDROME DEL JUICIO DE
SALOMÓN”
Sandro Giovanazzi * y Juan Luis Linares **
*Psicólogo clínico. Master en terapia familiar sistémica, Universidad Autónoma de
Barcelona. Docente de la Escuela de Psicología, Universidad Santo Tomás, La
Serena, Chile.
** Profesor Titular de Psiquiatría, Universidad Autónoma de Barcelona. Director de la
Unidad de Psicoterapia y de la Escuela de Terapia Familiar, Hospital de la Sta. Creu i
St. Pau, Barcelona, España.
Resumen: El presente artículo surge de una investigación que se llevó a cabo en un
contexto judicial chileno, dentro de la implementación de la nueva Ley de Matrimonio
Civil del año 2004, que, en respuesta a la demanda social, autorizó el divorcio. Se
analizan 100 procesos de divorcio, en función de dos variables relacionales básicas
presentes en toda familia de origen, la conyugalidad y la parentalidad. También se
valoran las narrativas individuales y las mitologías familiares, en sus aspectos
pragmáticos, emocionales y cognitivos, como se encuentran en las principales
modalidades legales y relacionales del divorcio. Y se describe el fenómeno relacional
que hemos denominado “El Síndrome del Juicio de Salomón”.
Abstract: The present art icle is based on research carried out in a Chilean legal
context within the framework of the new civil marriage law that came into force in 2004
and which, in response to social demand, made divorce legal . One -hundred divorce
proce edings are analysed according to two basic relational variables present in every
family of origin: the nature of the conjugal relationship and the parental functions .
Individual narratives and family myths are also evaluated in terms of their pragmatic,
emotional and cognitive aspects, as found in the main legal and relational forms of
divorce . We describe a relational phenomenon that we have termed the “Solomonic
ruling syndrome ”.
INTRODUCCIÓN.
Hasta hace poco tiempo hablar de divorcio en Chile en ciertos medios sociales y
profesionales era un tema tabú, dado que, en la sociedad chilena, esa figura legal no
estaba legalmente reconocida.
La principal consecuencia de la inexistencia del divorcio, amparada por el discurso
social, era que, en los planos del pensar, del sentir y del hacer, tanto en las familias
como en la experiencia individual, la irrupción de la separación provocaba una especie
de “muerte relacional”. Este fenómeno tuvo eco en la producción de unas mitologías
en las que el divorcio venía siendo entendido como fracaso, como fuente de
problemas y, sobre todo, como generador de dificultades psicosociales en los hijos.
UN POCO DE HISTORIA.
La historia del divorcio en Chile es reciente. Solo desde el año 2004, fecha en que se
promulgó la nueva ley de matrimonio civil, se pudo contar con esa figura jurídica.
Cabe destacar que la antigua ley de matrimonio civil fue implementada en el siglo XIX,
específicamente en el año 1884. Sus 120 años de reinado hicieron que una sociedad
más bien conservadora como la chilena se empezara a plantear la necesidad de
“modernizarla”, terminando con las nulidades de matrimonio, que implicaban
importantes dificultades, tanto legales como relacionales. Legales, porque con la
disolución del vínculo por nulidad el matrimonio pasaba a ser “inexistente”, dejando a
los hijos y a los cónyuges en total desamparo legal. Y relacionales, porque las
construcciones sociales y culturales dominantes convertían a las familias “anuladas”
en vergonzosas para sus miembros.
Durante el siglo XX, algunos hábiles abogados implementaron lo que ha sido llamado
el “divorcio a la chilena”, consistente básicamente en alegar la incompetencia del
Oficial Civil, reposando sobre testimonios falsos, acreditadores a efectos judiciales
de que los cónyuges no vivían en los domicilios que declararon en el momento de
contraer el vínculo. Pronto los abogados se hicieron expertos en ubicar jueces y salas
de las cortes de apelaciones que aceptaban el procedimiento sin apremiar a los
testigos. Se trataba, en definitiva, de una forma encubierta de divorcio vincular, que
dependía en última instancia de la voluntad del otro cónyuge.
La tardanza en la tramitación de la ley se debió principalmente a la oposición frontal
de la Iglesia Católica, ejercida a través de grupos políticos para los cuales el divorcio
es un contagioso cáncer que destruye la familia, esteriliza el amor e impide la acción
educativa de los padres cristianos. Pero, a pesar de todas las trabas, la nueva ley de
matrimonio civil fue finalmente aprobada, apareciendo el divorcio como la principal de
sus aportaciones.
EL CONTEXTO Y LA MUESTRA DE LA INVESTIGACIÓN.
Contexto de la investigación.
La presente investigación se llevó a cabo en un contexto judicial chileno, en el
proceso de implementación de la nueva ley de matrimonio civil.
A pesar de que la materia en general es “divorcio”, existe la posibilidad de “elegir” sus
términos legales, es decir, se puede presentar un divorcio unilateral, por iniciativa de
una de las partes, o un divorcio de común acuerdo, consensuado por ambas partes.
Muestra.
La muestra de este estudio la constituyeron 100 familias que iniciaron su trámite legal
de divorcio en una ciudad chilena de tamaño medio, inmediatamente después de la
promulgación de la ley. Para la presente investigación, se consideraron dos grupos. El
primero, compuesto por los casos que presentaban en términos legales un Divorcio de
Común Acuerdo (en número de 40), y el segundo, por los que presentaban un
Divorcio Unilateral (en número de 60).
Los criterios de inclusión en la investigación se limitaron a seleccionar familias que
presentaban la solicitud de divorcio, unilateral o de común acuerdo, y que tenían hijos
menores de 18 años.
VARIABLES DEL ESTUDIO.
Tipos de Divorcio.
Para la presente investigación distinguiremos procesos de Divorcio de Común
Acuerdo (D.C.A.) y procesos de Divorcio Unilateral (D.U.L.). Como ya se ha descrito,
los procesos D.C.A. son aquéllos en que las parejas llegan en consenso a presentar
el divorcio, mientras que los procesos D.U.L., son aquéllos en que solamente una de
las partes presenta la solicitud de divorcio.
Conyugalidad y Parentalidad.
Variables relacionales presentes en toda familia de origen, que recogen
respectivamente la calidad de la relación de pareja y la capacidad de los padres en el
ejercicio de las funciones nutricias para con sus hijos (Linares, 1996). La nutrición
relacional parento-filial equivale al amor complejo, con elementos cognitivos
(reconocimiento y valoración), emocionales (cariño y ternura) y pragmáticos
(sociabilización, con sus vertientes protectora y normativa).
INSTRUMENTO Y METODOLOGÍA DE ANÁLISIS DE LA INFORMACIÓN.
El instrumento que se utilizó fue una entrevista semiestructurada, consistente en una
conversación planteada por el entrevistador con la finalidad de obtener un cuadro
amplio del escenario, de las situaciones y de las personas que no se pueden observar
directamente (Krausse, 1992). Pérez (1994, p.41), señala que “esta técnica permite al
entrevistador sugerir temas sobre los cuales el entrevistado se ve motivado a
expresarse, manifestando sentimientos y pensamientos en forma libre, conversacional
y poco formal, sin tener en cuenta lo correcto del material recogido”.
Se trabajó con entrevistas a los padres y a sus hijos menores, desarrolladas de forma
conjunta y separada. El posterior análisis cualitativo permitió crear categorías
conceptuales.
Por otra parte, se analizaron cuantitativamente los datos referentes a los divorcios
destructivos y, en particular, al “Síndrome del Juicio de Salomón” y al “Síndrome de
Alienación Parental”, que describiremos más adelante.
DINÁMICA RELACIONAL ENTRE PADRES E HIJOS.
El enfoque sistémico se ha caracterizado por ampliar el foco de observación y pasar
de lo individual intrapsíquico a lo relacional. A través de los años han sido
numerosísimos los autores que han descrito las dinámicas relacionales, funcionales y
disfuncionales, en las familias.
La pareja parental puede fracasar de muchas maneras en el ejercicio de las funciones
nutricias, y algunas de ellas no implican necesariamente una afectación con la
conyugalidad. Es, por ejemplo, el caso de las deprivaciones (Linares y Campo, 2000),
en las que unos padres bien avenidos entre sí descuidan algunos aspectos de la
nutrición relacional de sus hijos, no valorándolos suficientemente, rechazándolos,
exigiéndoles en exceso, etc. Otros padres, sumidos en el caos de una relación
multiproblemática, pueden caotizar a su vez a los hijos, fracasando en funciones
básicas de protección. Pero ninguna de estas modalidades de familia tienen una
presencia relevante en nuestra muestra, puesto que no constituyen la base de la
población tributaria del divorcio.
Muy diferente es el caso de las parejas parentales que, razonablemente interesados
por sus hijos en primera instancia, pierden el norte con ellos secundariamente bajo el
impacto de la crisis conyugal. La dificultad para resolver sus conflictos conyugales les
hace buscar aliados, eventualmente entre los hijos, que así quedan atrapados en
trampas trianguladoras (Minuchin, 1978, en Botella y Vilaregut, 2004).
En definitiva, la triangulación de los hijos es la disfuncionalidad familiar que más
repercusiones tiene en los divorcios, y la que de forma más ostensible se halla
presente en nuestra muestra. Existen muchas formas de triangulación, pero
describiremos con más detalle aquéllas que, de manera más específica, florecen en
los juzgados en torno a la separación y el divorcio,
SEPARACIÓN E HIJOS.
La separación y el divorcio pueden ser contemplados de formas muy diversas,
dependiendo del observador y de la posición en que se sitúe. Pecado, delito, error,
fracaso ... las posibilidades de connotarlos negativamente son múltiples, si bien se
abre paso con fuerza creciente la idea de que se trata de un acontecimiento más del
ciclo vital. Las parejas se constituyen y, eventualmente, se disuelven, sin que ello
comporte maldad o pérdidas irreparables. La polémica es aún más viva en lo que se
refiere a los efectos sobre los hijos, siendo muy frecuente oír alegaciones de padres
que afirman no separarse para evitarles sufrimientos a aquéllos. Ello no es óbice para
que esas mismas personas puedan incurrir en burdas triangulaciones de unos niños
que sufren atrozmente las consecuencias.
La consideración peyorativa de la separación y el divorcio no es privativa de un país
que acaba de instaurarlo. Al respecto, Cárdenas (1998), plantea que en Argentina,
con casi medio siglo de divorcio, la mentalidad colectiva sigue viendo a la pareja
estable y duradera como sinónimo de felicidad, tanto para los adultos como para los
niños. Pero el mismo autor agrega que, por otra parte, a medida que la gente aprende
a divorciarse bien, se abre paso la posibilidad de que el divorcio sea percibido como
una oportunidad importante de cambio y mejora para la familia.
No es imaginable que, hoy por hoy, los divorcios puedan transcurrir plácidamente, sin
confrontación ni dolor. Pero lo mismo ocurre en procesos tan naturalmente inscritos
en el ciclo vital como el parto, al que a nadie se le ocurre calificar por ello de
disfuncional. Los divorcios destructivos son aquellos en los que las dinámicas
confrontativas alcanzan una intensidad y duración tales, que ponen en riesgo la salud
mental (y, eventualmente, física) de los cónyuges y, sobre todo, de los hijos. A
continuación describimos dos ejemplos de especial relevancia.
El Síndrome del Juicio de Salomón (S. J. S.)
Es bien conocida la historia bíblica. Dos mujeres se presentan ante el sabio rey
Salomón, alegando ambas ser la verdadera madre de un niño. Fracasados los
intentos del rey por mediar entre ellas, e incapaz de determinar a cuál ampara la
razón, astutamente dispone que el niño sea cortado en dos, entregando una mitad a
cada mujer. El resultado no se hace esperar: la madre auténtica renuncia rápidamente
a su parte ante el horror de ver despedazado a su hijo, el cual le viene otorgado vivo y
entero por la sabia magnanimidad de Salomón.
Para la descripción del comportamiento que nos ocupa, que hemos dado en llamar
“Síndrome del Juicio de Salomón”, interesa menos el desenlace de la historia que su
planteamiento inicial: dos progenitores enzarzados en feroz combate por la posesión
de un hijo, descalificándose recíprocamente como padres y entregándose a todo tipo
de manipulaciones, judiciales y extrajudiciales, con tal de salirse con la suya. Un
observador externo “puede tener la impresión de que los padres llegarían a preferir
rasgar el cuerpo de sus hijos (el espíritu se lo rasgan sin vacilar), antes que dejarles
acceder al otro miembro de la pareja.” (Linares, 2006, pg. 56)
Separados los padres, la fantasía de poseer al /a los hijo/s se convierte en el símbolo
de la ansiada victoria en la lucha simétrica que los enfrenta. Y huelga decir que los
hijos sometidos a este patrón relacional acusan las consecuencias: ansiedad y
sentimientos de culpa en los casos menos graves, pero también, eventualmente,
trastorno límite de personalidad o psicosis.
Ricardo y María llevan 6 años de separación de hecho, desde que sus hijos tenían 9 y
11 años de edad. Según lo que relatan ambos hijos en la entrevista, “nunca antes nos
habían tomado tanto en cuenta como en este periodo, pero no era algo que nos
gustara y nos guste, ya que habitualmente, cuando estamos conversando con alguno
de ellos, empieza la mala onda con el otro”... “A mí me dio rabia que se separaran,
pero ahora estoy mas mal que antes, ya que en estos años la cosa ha ido de mal en
peor”... “Si ahora me dieran a elegir con quien estar, me quedaría con mi abuela, ya
que allí se está más tranquilo”.
El Síndrome de Alineación Parental (S. A. P.).
Se trata de una de las patologías relacionales descritas en la literatura (Gardner,
1985, 1987, 1989 y 1992), como una respuesta disfuncional del contexto familiar al
divorcio. El niño rechaza mantener cualquier contacto con uno de los progenitores
(generalmente, el que no dispone de la guarda y custodia), al cual denigra en
ausencia de motivos razonablemente objetivables (alguna modalidad de maltrato
severo).
La descripción de Gardner ha conocido un gran éxito, provocando, desde mediados
de los años ochenta, una proliferación de literatura profesional sobre las tendencias
perturbadoras en las disputas del divorcio en torno a la custodia, al régimen de visitas
y a otros contenciosos habituales, incluyendo las falsas acusaciones de abuso.
El S.A.P. supone un paso más en la manipulación trianguladora de los hijos, puesto
que dejan de ser objetos pasivos de los tironeos de los padres, como en el S.J.S.,
para convertirse en sujetos activos y beligerantes, ante la mirada benévola,
comprensiva o incluso retóricamente crítica del progenitor no alienado y la indignación
del alienado. Pero que nadie se llame a engaño, porque ambos son co-responsables
de una situación que desgarra más aún que el S.J.S. la personalidad de los hijos
lesionando sus lealtades y amenazando seriamente su identidad.
Si un hijo pequeño, dependiente y vulnerable, rechaza cualquier contacto con uno de
sus progenitores es porque intuye que no puede confiar en él, y eso, contra lo que
pueda pensarse, no es fruto exclusivo de la manipulación por parte del otro. Los hijos
pueden ser engañados, pero no hasta ese punto. Lo que suele ocurrir es que perciben
la rabia del progenitor custodio, temen que los abandone si se siente traicionado, y no
captan en el no custodio la suficiente solvencia como para constituir una alternativa
válida. El círculo vicioso se refuerza fácilmente con torpes actuaciones del no
custodio, que desaprovecha las ocasiones de ganarse la confianza de los hijos
dedicando el precioso tiempo de las visitas a tratar de imponer su autoridad o a criticar
al custodio. Llega un momento en que éste puede asumir plácidamente el papel de
abogado del diablo (v.g., aconsejando civilizadamente “que vean a su padre”), sin
miedo a que la situación cambie: el rechazo del otro ha sido plenamente interiorizado
por los hijos.
Algunas cifras.
Del total de 60 casos de D.U.L. examinados, en 25 se presentaron dinámicas
relacionales identificables con el Síndrome del Juicio de Salomón, lo que corresponde
al 41,6%.
En 15 casos, que representan el 25 % de los D.U.L., se detectó el “Síndrome de
Alienación Parental”.
Y en 20 casos, equivalentes a un 33,3% de los D.U.L., se iniciaron dinámicas de
divorcio destructivo, que la intervención logró encaminar hacia un acuerdo posterior.
Es decir, que dos de cada tres casos planteados inicialmente como Divorcios
Unilaterales condujeron a situaciones de divorcio destructivo, mientras que el tercero
se recondujo a Divorcio de Común Acuerdo gracias a una intervención mediadora y
terapéutica.
De los 40 casos inicialmente calificados como D.C.A., en ninguno se detectó una
dinámica de divorcio destructivo.
En definitiva, de los 100 casos de divorcio estudiados, hubo divorcio destructivo en el
40% (todos D.U.L.), 25% correspondientes a S.J.S. y 15% a S.A.P. En el 60% (40%
desde el inicio y 20% reconducidos) prevalecieron dinámicas de D.C.A.
RESULTADOS CUALITATIVOS:
A) FAMILIAS CON DIVORCIO UNILATERAL.
Conyugalidad y Parentalidad.
En los relatos de las familias con D.U.L. se puede distinguir lo que llamamos
“desorganización primaria de la conyugalidad”, que suele corresponderse con
poco tiempo de convivencia armoniosa de la pareja en su historia. En relación con
ello, aparecen eventos biográficos previos a la constitución de la pareja y que la
retardan, como, por ejemplo, dificultades graves en la historia de ambos miembros.
Dentro de estas graves dificultades, se pueden distinguir dinámicas relacionales de
descalificación mutua, dificultades y conflictos abiertos con la familia de origen del
cónyuge, consumo de alcohol y periodos de cesantía o paro laboral. Ejemplificando lo
anterior, surge el relato de una pareja: “Ya empezamos nuestro matrimonio con
problemas, creo que veníamos cojos de antes. Cómo se comportó Jorge antes con
mis padres fue grave; él se puso a pelear con mis hermanos un día en una fiesta de la
familia, y las cosas quedaron así, muy deterioradas”.Con respecto a la parentalidad,
ésta comienza en la mayoría de las parejas antes de la formalización de la relación,
ya que es muy frecuente que se presenten embarazos tempranos, antes de que
hayan decidido crear un proyecto en conjunto. Aparece, de esta forma, la categoría de
“parentalidad como carga”, que hace alusión al excesivo peso emocional y material
que sienten los padres en relación a sus hijos. Se desprende de los relatos una
atmósfera de maltrato emocional pasivo o tendencia al abandono emocional de los
hijos. Asimismo, también se detecta una sobrevaloración de los problemas de la
pareja por encima del compromiso de devenir padres. He aquí el relato de un padre:
“Creo que lo que nos pasó la cuenta fue la cantidad de niños, eso realmente para mí
fue pesado ... Yo trabajaba y trabajaba, pero con mi señora nunca pudimos
enganchar, tuvimos muchos problemas.”. La mujer de este hombre, por su parte,
señala: “Eran muy chicos, y pedían y pedían... Yo a veces los dejaba llorar por ratos;
en verdad había veces que no los tomaba en cuenta. Si no fuera por mi mamá, los
niños hubiesen estado peor”.
Mitologías Familiares.
Entendemos por mitología el espacio de convergencia de las narrativas o relatos
individuales de los miembros de un sistema. En las historias que se cuentan las
familias en proceso de D.U.L. se incluyen de forma excesiva en los conflictos
familiares diversos personajes de sus familias de origen y de la red social. La
confusión que ello genera denota la pobreza del tejido relacional familiar. El fenómeno
lo denominamos “sobreinclusión de personajes en el conflicto familiar”. Una
pareja en proceso de separación muy conflictiva lo expresaba del siguiente modo:
(Marido) “La verdad es que la mamá de ella, y también me parece que el papá y los
tíos, se enteraron de que nosotros andábamos mal... Yo me peleé con todos ellos, y
hasta el día de hoy no les hablo”. (Esposa)”Creo que el tiempo me ha dado la razón
de no estar con éste.... Muchos lo sabían , e incluso la asistente social me aconsejaba
que lo dejara ...”.
Por otra parte, las mitologías familiares son pobres, porque las narrativas individuales
son más bien cerradas, sin que dejen lugar a otras posibilidades de reinterpretación
desde los demás personajes de la misma historia. A esta categoría la hemos llamado
“Visión unipersonal de la historia”. Manifestaciones del tipo: “Yo pienso que nunca
tuve la culpa de todo esto... Sí, incluso yo lo esperé mucho tiempo, pero él nunca
cambió”.
Dimensión pragmática: rituales.
La pobreza de los procesos relacionales genera rituales escasos. Es lo que llamamos
“ritualidad plana”. La escasa conexión entre los miembros de la familia hace difícil
su mutuo encuentro, conduciéndolos a una carencia de actividades compartidas. No
se celebran fiestas y se olvidan los cumpleaños. He aquí el relato de un hombre en
proceso de divorcio unilateral: “Era tanto el vacío en la casa que no nos celebrábamos
los cumpleaños, ni los de los niños... Eran días normales, sin pena ni gloria.”
Clima emocional.
El espacio de las emociones compartidas presenta en estas familias un panorama “al
rojo vivo”, con predominio de discusiones muy explícitas que implican incluso a
miembros de la familia extensa. Esta categoría la denominamos “emocionalidad
exteriorizada en los conflictos”. Los hijos adolescentes de una pareja en proceso
de divorcio unilateral, mencionan que ... “en la casa, cuando se peleaba se peleaba.
Todos gritábamos y eso duraba mucho rato, hasta que llegaban mis tíos y la cosa se
ponía mas densa...”.
El clima emocional también recoge la categoría de “emocionalidad interiorizada en
los gestos”, que hace alusión a la baja expresividad del afecto a través de la
comunicación digital o analógica directa, tanto entre los cónyuges como entre éstos y
los hijos. En su relato, una mujer menciona: “Con mi marido éramos de poco
abrazarnos y de besarnos muy rara vez, y con los niños yo era seca y mi marido para
qué hablar...”.
Dimensión cognitiva: valores y creencias.
Destaca lo que llamamos la “rigidez en las creencias propias”. Esta categoría se
refiere a la inflexibilidad que muestran los miembros de las parejas en proceso de
D.U.L., traducida en no ceder en sus pensamientos centrales en relación a conceptos
de la vida diaria familiar, ni negociar las propias percepciones frente a las del otro. Un
hombre relata lo siguiente: “Yo pienso que esto de ayudar a los hijos es o blanco o
negro. Si los ayudas y no te devuelven eso, chao no más y no se da más ayuda”. La
esposa, por su parte, afirma: “Creo que nunca va a cambiar, es así y ya...”
B) FAMILIAS CON DIVORCIO DE COMÚN ACUERDO.
Conyugalidad y parentalidad.
A diferencia de lo que ocurre en los D.U.L., en las familias que presentan un D.C.A. se
suele distinguir un significativo período inicial de conyugalidad armoniosa, al que
hemos llamado “armonía conyugal primaria”, que posteriormente, con el aumento
de la intensidad de los conflictos conyugales, se transforma en una conyugalidad
disarmónica. A pesar de esta evolución, la pareja suele dar un cierre positivo o
“civilizado” a su relación, y en ello se han identificado los siguientes factores:
- Aceptación de responsabilidad: En las respectivas construcciones de una
explicación histórica, cada cónyuge asume su parte de responsabilidad en el deterioro
de la relación de pareja y en la separación. Algo como lo que sigue: “Yo sabía que no
estaba haciendo gran cosa por evitar lo que estaba pasando, pero, si he de ser
sincera, no tenía ganas de cambiar. Y creo que a él le pasaba algo parecido…”
- Reconocimiento de las funciones parentales del otro: Cada uno de los cónyuges,
y sobre todo el que mantiene la custodia de los hijos, valora de forma positiva las
funciones parentales ejercidas por el otro, como por ejemplo la pensión de alimentos o
una adecuada relación directa y regular en el régimen de visitas. Una madre, custodia
de tres hijos, manifiesta: “Parece que el papá, ahora que no vive con ellos, es más
papá que antes… aunque, en realidad, nunca fue mal padre”.
- Historia de la relación de pareja: Los dos cónyuges suelen incluir en sus
narraciones algún reconocimiento explícito de que la relación de pareja fue buena
antes de que se deteriorara o de que los conflictos alcanzaran una determinada
intensidad: “Como se suele decir, fue lindo mientras duró. Yo reconozco que estuve
enamoradísimo ...”
En cuanto a la parentalidad, suele ser vivida por la pareja en la etapa de los
conflictos familiares como la única preocupación compartida, y, de hecho, en la
mayoría de los procesos de D.C.A., la parentalidad no sufre una alteración
significativa en sus funciones básicas. He aquí lo que manifiesta al respecto una
pareja: (Marido)”Yo sabía que había que luchar no más, que lo único que nos estaba
quedando eran nuestros hijos…” (Esposa) “Lo de los hijos sí que me impulsaba a
continuar, pero llegó un momento que dije basta con esto, y luché solamente por ellos.
Eso era una de las pocas cosas que nos unían con Jorge”. Hemos denominado esta
situación “parentalidad compensada”. Por regla general, en la etapa posterior a la
separación se mantiene esta situación, e incluso los temas personales entre los ex
cónyuges se postergan en pro de la parentalidad.
Mitologías familiares.
En las mitologías de las familias que presentan D.C.A., confluyen relatos de sus
miembros que sugieren que, a pesar de todo lo que han vivido, existe un “nosotros”
protagonista de su historia. Esto lo definimos como la cualidad de ser “Agentes
activos de su historia”. Esta narración en bloque constituye un elemento de suma
importancia para el futuro de la familia, ya que los hace verse en perspectiva futura,
hablando de lo que pasará con ellos en los años venideros. Pueden compartir planes
sin mostrarse rencorosos unos con otros. Un ejemplo es el siguiente fragmento de
una entrevista familiar: (Hijo mayor, 14 años) “Lo bueno es que ahora nos hemos
juntado algunas veces todos y no hemos tenido problemas…incluso hemos hablado
de lo que nos gustaría estudiar…”.
Dimensión pragmática: rituales.
A diferencia de lo que sucede en los D.U.L., en las familias que presentan un D.C.A.
se puede identificar un pragmatismo más rico en rituales, que incluso pueden llegar a
ser reparadores en el plano de sus relaciones familiares. Ocasionalmente, estas
familias se juntan, tanto todos los miembros como solamente los padres y ex –
cónyuges, a compartir inquietudes sobre la forma como la familia se desarrolla.
Creemos que llamarle “rituales reparadores” es lo que puede reflejar de mejor
manera esta situación familiar. El padre de una familia, menciona que …”nos tratamos
de encontrar con bastante frecuencia, esto me sirve, ya que a pesar de lo que pasó,
me da la sensación de que todavía hay familia”.
Clima emocional.
Por lo general, en estas familias hay una amplia gama de emociones compartidas, por
lo que el clima emocional es rico y variado. Las emociones negativas, como los
enfados provocados por frustraciones, son manejadas adecuadamente por los padres,
que tienden a compensarlas con un predominio de emociones positivas. El cariño se
expresa con fluidez, tanto verbal como analógicamente. A la categoría
correspondiente la llamamos “emocionalidad equilibrada”. Cuando Ricardo e Inés
se reúnen con sus hijos, después de 3 años de separación conyugal, conversan
temas de los hijos y pueden mostrar sus sentimientos. Al respecto, Ricardo menciona
…”con los niños (10 y 8 años) cuando nos reunimos… somos bien querendones…yo
los abrazo y los disfruto…”.
Dimensión cognitiva: valores y creencias.
Destaca la categoría que llamamos “apertura al punto de vista del otro”, que se
refiere a la validación por cada cónyuge de las ideas del otro, aunque parezcan muy
diferentes de las propias. Esto hace que se generen menos conflictos, ya que se
respeta la opinión del otro, y sirve como mensaje y ejemplo de tolerancia para los
hijos, quienes se acostumbran a aceptar que se piense de forma diferente.
Josefina menciona en la entrevista lo siguiente: “Creo que hemos entendido que la
cosa tiene matices, y que a veces no puede ser como uno piensa…”.
CONCLUSIONES
No por obvio resulta menos necesario explicitar que una buena ley de divorcio, que
facilite la disolución del vínculo matrimonial sin traumatizar ni culpabilizar a los
cónyuges ni a los hijos, es un marco adecuado para afrontar razonablemente los
problemas que surgen en un evento natural pero siempre doloroso.
Nunca se insistirá bastante en la conveniencia de conducir los divorcios por los
cauces del común acuerdo (D.C.A.), que, a diferencia de los D.U.L., son una garantía
contra los desarrollos destructivos. Un dispositivo de mediación familiar negociadora,
inscrito en el ámbito judicial como servicio público y ofrecido a cuantas parejas
solicitan la apertura de un expediente de separación, es un excelente recurso a tal
efecto.
Si, de todas formas, se inicia un proceso unilateral, las parejas deberían disponer de
la posibilidad de una mediación familiar terapéutica ( o terapia familiar mediadora ),
capaz de prevenir la aparición de divorcios destructivos, reconduciéndolos
eventualmente hacia D.C.A.
Las grandes líneas que, según nuestra experiencia, podrían conducir esta
intervención terapéutica, son las siguientes:
1. La “desorganización primaria de la conyugalidad” en los D.U.L. puede
ser de tal magnitud que deje poco margen para trabajarla. No obstante, construir
retrospectivamente una historia de amor en los orígenes de la pareja puede ayudar a
que se desarrolle una “armonía postconyugal”, sumamente útil a efectos
terapéuticos. Si el rencor es siempre desadaptativo en las relaciones de pareja en
general, no lo es menos en parejas en proceso de disolución.
2. La “parentalidad como carga” debe ceder el paso a una “parentalidad
compensada”, que permita a los progenitores disfrutar a los hijos, sintiéndose
importantes en el ejercicio responsable de las funciones relacionalmente nutricias.
3. La “sobreinclusión de personajes en el conflicto familiar” debe ser
corregida, ayudando a que se aparten o alejen las figuras influyentes que impiden a
los cónyuges convertirse en “agentes activos de su historia”. Se trata de que se
rompan patrones de colusión complementaria (Colapinto, 1996). Ello facilita que la
“visión unipersonal de la historia” se relativice, admitiendo en cierto grado
compartir la percepción del otro.
4. Los D.U.L. muestran un panorama pobre en rituales (“ritualidad plana”),
como corresponde a la pobreza del tejido relacional de unas familias devastadas por
la extrema conflictualidad. Por ello, facilitar que se hagan cosas en común, tan
sencillas como tomar un refresco con los niños, puede inducir una dinámica de
“rituales reparadores”, mucho más sana. Es necesario, desde luego, adaptarse a
las posibilidades reales de una familia que está transformando drásticamente su
organización.
5. El clima emocional de los D.U.L. suele limitarse a la confrontación y la
conflictualidad. Dar entrada a la posibilidad de compartir otros afectos genera una
clima de “emocionalidad equilibrada”, propio de los D.C.A.
6. Por último, la “rigidez de las creencias propias” debe ser conducida hacia
una “apertura al punto de vista del otro”, que comporta un notable enriquecimiento
epistemológico.
La triangulación es el mejor caldo de cultivo de los problemas de los hijos en los
divorcios destructivos. Por eso debe ser diagnosticada y corregida desde sus primeras
y más ligeras manifestaciones, en evitación de que evolucione a las formas malignas
que son el S.J.S. y el S.A.P.
BIBLIOGRAFÍA
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