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1B Prácticas Del Lenguaje

Este documento contiene las notas de clase de la profesora Andrea Ledesma para su curso de 1°B de secundaria básica. Incluye las fechas, contenidos y actividades planeadas para las clases del 5 de agosto al 9 de septiembre, las cuales se centran en temas como RCP, la lectura de la novela "El príncipe de la niebla", técnicas de estudio y tipos de narradores.

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1B Prácticas Del Lenguaje

Este documento contiene las notas de clase de la profesora Andrea Ledesma para su curso de 1°B de secundaria básica. Incluye las fechas, contenidos y actividades planeadas para las clases del 5 de agosto al 9 de septiembre, las cuales se centran en temas como RCP, la lectura de la novela "El príncipe de la niebla", técnicas de estudio y tipos de narradores.

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Tercer cuadernillo

Secundaria básica
1°B
Prácticas del lenguaje
Periodo:5/8 al 30/10
Docente: Andrea Ledesma

Fecha 6/8
Clase n°35
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: Jornada RCP

Hola chicos!!
Cómo están?

Hoy estuvimos todos en una reunión muy interesante sobre RCP. Donde además de aprender
sobre esta técnica tuvimos la oportunidad de practicar!!!

Antes de retomar nuestra lectura, quisiera que reflexionemos sobre lo que aprendimos hoy, para
eso les dejo dos artículos periodísticos en relación a la temática:

https://www.lanacion.com.ar/seguridad/un-adolescente-de-15-anos-le-hizo-rcp-a-una-bebe-accide
ntada-y-la-salvo-nid1866623

https://www.infobae.com/2013/11/12/1523270-saber-rcp-puede-significar-la-diferencia-la-vida-y-la
-muerte/

La consigna es la siguiente:
1) Leer ambos artículos. De cada uno de esos artículos, anotar las ideas principales. Vamos a
charlarlas en la próxima clase de zoom que tengamos.
2)A partir de la experiencia de hoy y de lo leído pensá y escribí tres razones por las cuales es
importante saber RCP.

Proyecto de lectura “El príncipe de la niebla” (continuación)

Fecha:12 de agosto
Clase n°36
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: capítulos 7 y 8

La consigna del día de hoy, es leer los capitulos 7 y 8 de la novela “El príncipe de la niebla”
La encontrarán en el anexo.
Fecha:13 de agosto
Clase n°37
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: capítulos 7 y 8, técnicas de estudio

Hola chicos! buen día!!

Hoy vamos a trabajar con técnicas de estudio, usando los capítulos 7 y 8 de "El príncipe de la
niebla"
Vamos a ver dos técnicas de estudio: identificación de ideas principales y resumen, y podemos
aplicarlas a cualquier tipo de texto. De apoco vamos a ir trabajándo e incorporando estas
técnicas

Copiar en la carpeta:

La identificación de las ideas principales:


Las ideas principales son los contenidos fundamentales del texto, es decir, los más importantes.
Se relacionan directamente con el tema o subtema del que se trata. Suelen expresarse como
definiciones y muchas veces, se repiten en el texto a través de sinónimos o reformulaciones
Las ideas secundarias dependen de las principales. Los casos particulares sirven para ilustrar un
concepto, pero no son el concepto en si mismo.
Para identificar las ideas principales es necesario tener en cuenta algunas estrategias de lectura
que ayudan al reconocimiento de la información más importante: leer los paratextos y las palabras
claves.

El resumen:
Un resumen es un texto que concentra las ideas principales de otro texto más extenso y sirve
como herramienta de repaso. En primer lugar, se deben identificar los conceptos clave y subrayar
las ideas más importantes del texto base. Luego, hay que transcribir esas ideas para
reformularlas y mostrar las relaciones que hay entre ellas para obtener un texto coherente y
cohesivo.
Para elaborarlo, se recomienda seguir estos pasos.

. Identificar las ideas más importantes. Puede ayudar separar cada uno de los párrafos y titularlos.
Luego, descartar la información de poca importancia (ideas secundarias) o repetitiva del texto de
estudio.

• Reformular las ideas principales con otras palabras y relacionarlas entre si.

Actividades:
1) En los capítulos siete y ocho de "El príncipe de la niebla", encontrar y transcribir las ideas o
acontecimientos principales.

2)A partir de lo que marcaste en el punto uno, elabora un breve resumen de cada capitulo
siguiendo los pasos indicados en la explicación.

Fecha:19 de agosto
Clase n°37
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: lectura del capítulo 9

Hola chicos, hoy durante el encuentro por zoom trabajamos con "El príncipe de la niebla".
En primer lugar, retomamos la lectura y recordamos los acontecimientos más importantes.
También hablamos de los capítulos 7 y 8 que ustedes debían leer por su cuenta.
Por último leímos el capítulo 9 y charlamos sobre esto, se los dejo para que lo lean quienes no
estuvieron. La pueden encontrar en el anexo

Fecha:20 de agosto
Clase n°38
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: narradores

Hola chicos:
Hoy les voy a dejar un concepto nuevo: El narrador.
Copiar en la carpeta:

El autor y el narrador

Toda narración tiene una voz que relata los sucesos y a través de la cual conocemos el marco
narrativo y los hechos que acontecen. Esta voz ficcional es la del narrador y es una creación
literaria. Como veremos, puede participar o no en los hechos y tener diferentes grados de
información sobre la historia. Es importante no confundir al narrador con el autor, que es la
persona real que escribió el texto.

Tipos de narrador
De acuerdo con su participación o no en el relato y el grado de conocimiento que tenga sobre los
hechos, podemos distinguir tres tipos de narrador: omnisciente, testigo y protagonista.

Narrador omnisciente. No es un personaje, sino una voz externa que sabe todo lo que ocurre en
la historia. Utiliza la tercera persona para narrar lo que hacen, piensan y sienten los personajes
Es el caso del narrador de "Esa cosa al final de la escalera":
"Abrió la puerta de un taxi, metió la valija y dijo:
-A Green Town, ida y vuelta.
Al conductor se le iluminó el rostro y prendió el taxímetro, que Emil Cramer se sentó y pegó un
portazo."

Narrador testigo. Es un personaje de la historia; puede estar presente durante los hechos que
narra, pero no los protagoniza. Cuenta lo que ve o lo que le contaron. Utiliza la primera persona
para expresar sentimientos u opiniones y la tercera para contar los hechos ajenos. Ejemplo:

"El hombre hizo señas y, rápidamente, metió la valija, subió al taxi y me dijo:
-A Green Town, ida y vuelta.
Sonreí, dado que era un viaje que cubriría el trabajo de la tarde, y baje la bandera del taxímetro,
al mismo tiempo que el pasajero se acomodaba de un salto en el asiento trasero y cerraba la
puerta de un golpe"

Narrador protagonista. Es el personaje principal de la historia. Utiliza la primera persona para


narrar hechos que él mismo vivió. Ejemplo:
"Hice señas al primer taxi que vi, abrí la puerta, metí la valija y casi enel mismo movimiento le
indiqué:
-A Green Town, ida y vuelta.
El conductor insinuó una espléndida sonrisa, creo que porque el viaje le resultaría conveniente, y
bajó la bandera del taxímetro. Para ese momento, yo ya me acomoda en el asiento trasero y
cerraba la puerta con entusiasmo."

Saludos

Fecha:26 de agosto
Clase n°39
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: capítulo 10

Hola a todos!
La consigna del día es leer el capítulo 10 de la novela. Les voy a dejar unas preguntas para que
recordemos los aspectos principales de la historia de Víctor, el abuelo de Roland:

1)Según el capítulo 9, de qué manera conoce Víctor a Caín o "El príncipe de la niebla"
2)¿Dónde encuentra Víctor al príncipe de la niebla ´por segunda vez? ¿Qué ocurre en ese
encuentro?
3)¿Qué relación hay entre el doctor Fleischman y Víctor? ¿Qué ocurre entre el doctor Fleischman
y el príncipe de la niebla?
4)¿Por qué Caín o el príncipe de la niebla decide embarcarse en el Orpheus? ¿Cómo sabemos
que no murió cuando el barco se hundió?
5) Leer el capítulo 11, lo vamos a comentar en zoom la semana que viene.

Les adjunto los capítulos 10 y 11, los pueden ver en el anexo

Fecha:27 de agosto
Clase n°40
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos:narradores

Para continuar trabajando con los tipos de narradores, les propongo esta actividad:

-Copiá en la carpeta los siguientes fragmentos.


-Identificá si el narrador de cada fragmento es protagonista, testigo u omnisciente. Hay un
fragmento para cada tipo de narrador.

A- “Es que no les he dicho que me habían echado. No me dejaban volver después de las
vacaciones porque me habían suspendido en cuatro asignaturas y no estudiaba nada. Me
advirtieron varias veces para que me aplicara, sobre todo antes de los exámenes parciales
cuando mis padres fueron a hablar con el director, pero yo no hice caso. Así que me expulsaron.
En Pencey expulsan a los chicos por menos de nada. Tienen un nivel académico muy alto. De
verdad. “
B-”El granero estaba solitario. En el pizarrón, que se apoyaba contra la pared, permanecía escrita
una parte de la clase dedicada a la letra M.

Silencio sostuvo, frente a su rostro, el pequeño espejo enmarcado de ébano. Entonces comenzó
a moverlo muy despacio. De este modo podía ver, en el reflejo del cristal, el sitio donde había
sido feliz: las altas ventanas, los techos de madera oscura, los fardos de heno, el piso de paja, un
recipiente de tinta olvidado. ”

C-“Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim, y desde entonces nunca he vuelto a
ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes como Jim, ninguno.
Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco
tiempo volví a verlo”

Fecha:2 de septiembre
Clase n°41
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos:capítulo 12

Hola chicos!
Les voy a dejar para que lean el capítulo 12 de la novela.Nos falta poquito para terminarla!!!
La pueden encontrar en el anexo.

Fecha: 3 de septiembre
Clase n°42
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos:relatos fantásticos

Hola chicos, buen día!!

Hoy les voy a dejar información sobre un género literario: el relato fantástico.

Copiar en la carpeta:

Los relatos fantásticos plantean una situación cotidiana en la cual irrumpe un suceso inexplicable
o sobrenatural. El contraste entre la situación cotidiana y el suceso inexplicable que no encaja con
el mundo genera incertidumbre en los personajes y en el lector. Esa incertidumbre se llama
vacilación: un sentimiento de extrañeza y duda acerca de lo que ocurrió.
En "El príncipe de la niebla" aparecen elementos que hacen que sea una historia de género
fantástico. Responder:

1)¿Cuáles son los acontecimientos fantásticos que encontrás en "El príncipe de la niebla"? Según
la información de arriba, ¿por qué los elegís?
2)¿Cuáles son los acontecimientos fantásticos del capítulo 12?

Fecha: 9 de septiembre
Clase n°43
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos:clase de zoom- lectura capítulo 13
Hola chicos!
En la clase de hoy corregimos la tarea sobre narradores del 26/8 y leímos el capítulo 13 de "El
príncipe de la niebla"
No lo terminamos, lo deben terminar ustedes.
Les dejo el archivo para que continúen la lectura en el anexo, nos queda poco para terminar!

Fecha: 10 de septiembre
Clase n°44
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos:lectura individual- capítulo 14

Buen día chicos!!


Espero que estén bien!
Hoy les dejo para que lean el capítulo 14 de la Novela.
Lo pueden ver en el anexo.

Fecha: 16 de septiembre
Clase n°45
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos:lectura en clase de zoom - capítulo 15

Hoy en la clase de zoom:


-Comentamos el capítulo 14 y recapitulamos lo leído hasta el momento
-Leímos entre todos el capítulo 15, lo dejo en el anexo para que lo lean.

Fecha: 17 de septiembre
Clase n°47
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: capítulo 16

Hola chicos, buen día!!!

Hoy les dejo para que lean el capítulo 16 del libro, la semana que viene ya lo terminamos.

Lo tienen que leer y anotar los acontecimientos principales en una lista.


Les dejo el capítulo en el anexo!

Fecha: 23 de septiembre
Clase n°48
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: capítulo 17 y 18

En esta clase leímos el final de "El príncipe de la niebla"


Espero que les haya gustado la novela.

Les adjunto el capítulo en el anexo para quienes no estuvieron en clase.

Saludos!
Fecha: 24 de septiembre
Clase n°49
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: trabajo final

Hola chicos, cómo están??

Ya terminamos de leer "El príncipe de la niebla"

El trabajo final de este proyecto es el siguiente:


1) Realizar una nueva tapa y contratapa para el libro, para ello tener en cuenta:

-Los personajes y escenas principales de la historia


-Elementos llamativos de la historia, por ejemplo las estatuas, el faro, el barco, etc
-Usar los paratextos (título, autor, editorial, breve síntesis de la obra) Tienen como ejemplo la tapa
y contratapa que les dejé cuando empezamos a trabajar con la novela.
-Realizar un dibujo

2)Escribir un párrafo explicando qué elementos, personajes y escenas usaron para construir la
nueva tapa

Géneros literarios:

Fecha: 1 de octubre
Clase n°50
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos fantásticos

Hola chicos, cómo están???


Vamos a continuar con la temática de cuento fantástico.
Les dejo un cuento para leer de Ray Bradbury.
Les propongo que busquén cuáles son las obras más importantes de este autor.
Fecha: 7 de octubre
Clase n°51
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos fantásticos

Hola chicos, hoy les dejo unas actividades sobre el cuento que dejé la semana pasada, las
vamos a revisar mañana entre todos en zoom junto a la lectura del cuento.

Resolver a partir de la lectura del cuento "Esa cosa al final de la escalera"

1) Indiquen con V las afirmaciones verdaderas, con F las falsas y con D las
dudosas. Justificar con el texto las falsas.
a. Los recuerdos de la infancia de Emil son muy agradables.
b. Emil vuelve a Green Town porque tiene que hacer unos trámites.
c. La casa está casi abandonada y en venta.
d. En la casa lo espera su familia.
e. Emil cree que ha superado sus miedos.
f. La cosa al final de la escalera es un monstruo que lo estaba esperando.
g. La cosa al final de la escalera es producto de su imaginación.

2) Respondan en su carpeta las siguientes preguntas sobre el cuento.


a. ¿Qué motiva a Emil a regresar a su pueblo?
b. ¿Por qué sus padres no dejaban la luz del pasillo encendida?
C. ¿Qué sucede cuando llega al final de la escalera?

3) Completen la secuencia narrativa.


a. Emil Cramer decide pasar de visita por su pueblo natal.
b.
c.
d.
e. Finalmente, decide subir la escalera.

4) Armá una lista con los personajes distinguiendo los principales de los secundarios. ¿Cómo los
diferencias?

5)¿Por qué el cuento es “Fantástico”? Ayudate con las características que vimos en clase.

Fecha: 8 de octubre
Clase n°52
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos fantásticos

Hoy en la clase de zoom:


-leimos entre todos el cuento "Esa cosa al final de la escalera". Lo comentamos y explicamos.
- Hicimos las actividades que dejé el día de ayer. (Deben hacerlas en la carpeta y entregarlas)

Qué tengan lindo día


Fecha: 14 de octubre
Clase n°53
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos de terror

Hola chicos, hoy les dejo para leer un cuento de terror: “La casa B…. en Candem Hill”

La casa B… en Camden Hill


[Cuento - Texto completo.]

Catherine Crowe

La casa que habitaba el matrimonio B… en Camden-Hill no tenía nada de particular, salvo su gran número
de habitaciones, todas ellas igualmente confortables.

El señor y la señora B… la habían alquilado por un precio razonable a un hombre de negocios de Temple,
con la intención de convertirla en una pensión, donde pudieran alojarse modestos funcionarios o empleados
de la vecindad.
Al principio, gracias a sus económicas tarifas, el negocio prosperó, pero un buen día un joven empleado
llamado Rose se marchó bruscamente alegando que su habitación estaba embrujada.
Los esposos B… jamás habían ocupado aquella habitación, una sala espaciosa que daba al jardín. De este
modo, antes de volverla a alquilar, decidieron comprobar por sí mismos lo que ocurría en ella.
Desde la primera noche debieron reconocer que Rose no había mentido.
Entre la una y las dos de la madrugada, la señora B… fue despertada por un extraño ruido, “como el de un
enorme gato haciéndose la manicura sobre el parquet”.
Casi al mismo tiempo, su marido también se despertó y los dos escucharon en silencio cómo el extraño ruido
aumentaba, y luego disminuía en intensidad, como si su misterioso autor se acercara y alejara
alternativamente de la cama.

Al fin, el señor B… no pudo más y gritó:

-¿Quién eres y qué haces aquí?

El ruido cesó, pero un segundo después fueron arrastrados violentamente los cubrecamas y las sábanas.
La señora B… encendió el mechero y alumbró una vela que guardaba cerca de sí. En la habitación no había
nada insólito, sin embargo no hubo manera de encontrar las sábanas y los cubrecamas.

Se levantaron, cerraron la habitación con llave y se fueron a pasar el resto de la noche en su dormitorio.
A la mañana siguiente, volvieron a la habitación de Rose y encontraron las sábanas y los cubrecamas hechos
un ovillo encima de la cama; los cubrecama, de gruesa lana, estaban intactos, pero las sábanas estaban
completamente hechas jirones.
La señora B… se negó a repetir la experiencia, pero su esposo se obstinó en ello y a la noche siguiente
volvió a instalarse en la habitación embrujada.
Esta vez mantuvo una linterna encendida en la cabecera de la cama.
Tardó mucho en dormirse, pero cuando empezaba a vencerlo el sueño, fue sobresaltado por el mismo ruido
de la noche anterior.
El señor B… se incorporó y vio a la luz de la lamparilla a un viejecito de aspecto miserable, escasamente
vestido, de pie en el centro de la habitación. Llevaba un curioso casquete de piel de gato y contemplaba al
durmiente con manifiesta desconfianza.
Pese a estar bastante asustado, el señor B… preguntó al misterioso intruso cuáles eran sus intenciones. Por
toda respuesta, éste empezó a resoplar como un gato encolerizado e intentó agarrar las sábanas.
Entonces el señor B… se dio cuenta de que sus manos descarnadas eran extraordinariamente largas y que
terminaban en desmesuradas uñas.
Por casualidad el señor B… había puesto a su alcance una caña de junco, la tomó y con ella intentó pegarle
al visitante nocturno.

No encontró resistencia alguna y el junco atravesó el cuerpo del viejecito como si fuera de humo.
Entonces el fantasma retrocedió, profiriendo gestos de amenaza; hundiéndose en la pared, despareció. La
noche terminó tranquilamente.
Los esposos B… sacaron los muebles de la habitación y la cerraron. El fantasma no truncó la paz de ninguna
de las otras habitaciones.
Pero aproximadamente dos años más tarde el matrimonio B… habló del extraño suceso a uno de sus primos,
un marino de Kingston, que había venido a visitarles.
El marinero era un hombre robusto y de un sólido sentido común; por cortesía no quiso poner en duda las
afirmaciones de sus primos, pero decidió pasar la noche en la habitación embrujada.
Con este fin, la amueblaron con una pequeña cama de campo, una mesita de luz y una silla, y colocaron una
lámpara encendida en la consola de la chimenea.
El marinero tardó muy poco en dormirse pues no creía en historias de fantasmas.

Había cerrado su habitación con llave e incluso había asegurado la puerta con un sólido cerrojo provisional.
Entre la una y las dos de la madrugada, fue despertado por una fuerte sacudida en su cama y vio al viejecito
del casquete de piel de gato que le observaba encolerizado.
Cuando el marino se disponía a levantarse, el fantasma retrocedió, resoplando como un gato furioso, y
desapareció. Luego se oyeron muchos golpes de gran violencia contra o dentro de los muros y un enorme
trozo de yeso se desprendió del techo. Pero el espectro no volvió a aparecer.

Poco después los esposos B… se marcharon de Londres para establecerse en Kingston y no se supo más de
la casa de Camden-Hill.

FIN
Fecha: 15 de octubre
Clase n°54
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos de terror

Los cuentos de terror narran historias que producen sensaciones de miedo, inquietud y desconcierto
inesperado. A veces, ese suceso tiene una explicación lógica: se trataba de un sueño, era un plan de
hostigamiento o de venganza por parte de un personaje, era producto de una mente enferma, etc. En otras
ocasiones, los hechos terroríficos no tienen una explicación lógica sino sobrenatural, e incluyen la presencia
de criaturas extraordinarias como espectros, momias, vampiros, etcétera.

En los cuentos de terror, la descripción del ambiente donde ocurren los hechos es un recurso fundamental,
ya que contribuye a crear una atmósfera inquietante. Algunos escenarios típicos de relatos de terror son
antiguos castillos, bosques tenebrosos, cementerios o casas abandonadas, lugares aislados y solitarios, o
ambientes cerrados y opresivos, donde los personajes son víctimas de un suceso inesperado que suele poner
en riesgo su vida. Por lo general, la acción ocurre en horas de la noche y está acompañada de truenos,
relámpagos y otros sonidos atemorizantes. La presencia de extraños personajes y la descripción de sus
rasgos más sobrecogedores también contribuyen a generar miedo y suspenso

A diferencia de otros cuentos de terror, ciertas historias comienzan de manera realista, sin castillos
tenebrosos ni escenarios espeluznantes; por el contrario, son cuentos que presentan un mundo y unos
personajes cotidianos, reconocibles y cercanos al lector. Sin embargo, a medida que la acción avanza, el
clima se vuelve inquietante hasta llegar a un desenlace que incluye un acontecimiento inexplicable, fuera de
toda lógica, que perturba tanto a los personajes como al lector. Ese componente fantástico o sobrenatural
suele estar ligado al terror, ya que los personajes se ven involucrados en situaciones escalofriantes, que no
comprenden ni son capaces de controlar. Por eso, los cuentos de terror muchas veces se acercan a los
cuentos fantásticos.

Una vez que hayas leído “La casa B en Candem Hill” resolvé:

1) A- ¿Cuál es el negocio del matrimonio y qué problema se les presenta?


B-¿Qué deciden hacer y qué resultado tienen?
C-¿Qué sucede la noche siguiente, cuando el señor B… decide repetir la experiencia?
2) ¿En qué circunstancias aparece el fantasma?¿Qué sensación les produce a cada personaje y qué
actitud toman?
3) ¿Dónde sucede esta historia? ¿Cómo está caracterizado este lugar? ¿Tiene algún rasgo inquietante?
4) ¿Qué detalles crees que ayudan a crear un clima de suspenso?

Fecha: 21 de octubre
Clase n°55
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos de terror

Hoy vamos a leer un cuento más de terror y una vez que lo leas, realizá las consignas que se
encuentran al final:
Atrapado (Mario Mendez)

Cuando el padre de Agustín llegó a Toranzo esperaba encontrar a su hijo muy enojado, y por eso, además de
un buen regalo, se había preparado para recibir muchas recriminaciones o, peor aún, ese silencio furioso que
el chico solía usar, y que a él tanto le dolía. Sin embargo, Agustín estaba feliz. Feliz como nunca, y
acompañado de un cachorrito blanco, su nueva adquisición.
–Desde que encontró al cachorrito es otro chico –le dijo el abuelo Ramón al padre de Agustín, que se rió,
contento con el comentario.

Y era cierto, hasta la risa de Agustín era distinta.


Agustín se había aburrido todos y cada uno de los días de su visita a Toranzo. Con su larga experiencia de
hijo único de padres separados, tenía muy claro que el divorcio de los viejos a veces le significaba algunas
ventajas, y otras veces unos cuantos problemas. Y que los problemas, lamentablemente, se amontonaban en
las vacaciones. Tanto su padre como su madre tenían compromisos de trabajo, y el exceso de tiempo libre de
su hijo casi adolescente les complicaba la vida. Si por ellos hubiera sido, Agustín no podía dejar de pensarlo,
el colegio tendría que durar todo el año. La casa de los abuelos, entonces, era una solución posible. Posible,
pero tremendamente aburrida. Y su padre, una vez más, había apelado a la intolerable solución: lo había
llevado a Toranzo, el pueblo de los abuelos, y allí lo había dejado, con la promesa de que al término de una
semana lo iría a buscar, para completar lo que quedaba de enero en Mar del Plata, donde un tío tenía
departamento. Pero ya habían pasado diez días, del padre no había noticias y Agustín ya no lo podía
soportar. Sus abuelos lo trataban muy bien, por supuesto, pero él ya tenía 14 años y que la abuela le cocinara
sus postres favoritos, o que el abuelo de vez en cuando lo llevara hasta algún campo vecino, en la chata vieja
que usaba para repartir garrafas, no le alcanzaba. Enero avanzaba con una lentitud exasperante, y él no había
conseguido hacer amistad con ningún chico ni chica de su edad, sencillamente porque en todo el pueblo no
había ni uno. Los abuelos no tenían televisión por cable ni mucho menos computadora, así que se la pasaba
dando vueltas en bicicleta, desde la estación antigua hasta la ruta, una en una punta y otra en la otra punta
del pueblo, pero ambas muy cerca de la casa, tan cerca como lo estaba todo en Toranzo, que era un pueblo
de apenas diez cuadras.
A la noche del undécimo día sonó el teléfono y Agustín corrió a atenderlo. Tenía que ser su padre,
anunciándole que vendría, al fin, a buscarlo. A rescatarlo. Era él, sí. Se deshacía en disculpas, le explicaba
que habían aparecido unos problemas en la oficina, le contaba no sabía bien qué cosas de la aduana o algo
así, y le prometía que sin falta iría el fin de semana, que tuviera paciencia. Era lunes: faltaban cuatro días,
por lo menos. Y si el padre cumplía, y llegaba al pueblo el viernes, seguramente el sábado se querría quedar,
para no ofender a los abuelos. Otro día más de encierro. Agustín tenía ganas de llorar, pero se la aguantó. Se
sentía atrapado, y sabía que no había salida. Para sacarse la bronca les avisó a los abuelos que se iría a
pedalear un rato. No hacía falta que le pidieran que tuviera cuidado: en Toranzo no había tránsito, no había
robos, no había nada.
Pedaleó hasta el final del pueblo y enfiló hacia un montecito de eucaliptos, del otro lado de la ruta. Allí
donde se levantaba la única casa más o menos interesante de la zona, la única que tenía una tapia que la
circundaba, la única con un jardín delantero –ahora cubierto de yuyos –que seguramente había sido
hermoso. Según decían sus abuelos, había pertenecido a un gobernador, y nadie sabía por qué la habían
abandonado. Estaba vacía desde hacía años, y los portones de la entrada, vencidos por el tiempo, dejaban
pasar a cualquiera. En Toranzo no había ni siquiera cuentos de aparecidos: nadie decía que la casa estuviera
embrujada, nadie le tenía miedo a sus altos paredones, a ninguno de los pocos habitantes del pueblito se le
había ocurrido jamás que esa casa pudiera albergar más que mugre, comadrejas o cuises, y no mucho más.
Pero Agustín era de la ciudad, y había visto suficientes películas de terror como para meterse así como así, a
oscuras, en una casona abandonada. Por muy aburrido que estuviera, no se atrevería a entrar, salvo que
alguien, como en ese preciso momento ocurría, lo llamara.
–Pibe –oyó que le decían –. Pibe, vení, ayudame.
Agustín bajó de la bici y se acercó, despacio. No tenía linterna, pero como había luna llena se veía bastante.
El que le hablaba era un hombre viejo, de barba canosa. Estaba sentado en el piso del antiguo jardín, y se
agarraba una pierna.
–Vos sos el nieto de Ramón, ¿no?
Agustín asintió. Si era el único chico en Toranzo, seguro que el viejo tenía que haberlo visto con su abuelo.
–Se me escapó un cachorrito que tengo, y se metió acá. Lo entré a buscar por miedo a que se lo coman las
ratas, y me enganché la pata en un pozo. Vení, no tengas miedo.
Agustín ya había empezado a acercarse, pero curiosamente ese “no tengas miedo”, lo detuvo. No había
tenido ningún miedo hasta ese momento, pero en cuanto el viejo lo mencionó, un escalofrío le corrió por la
espalda.
–Voy a casa a buscar al abuelo –improvisó –. Venimos con la chata.
El viejo se quejó de dolor.
–Vení ahora, pibe. Ayudame a sacar la pierna, que me duele.
Agustín dudó. Pensó que debía entrar y ayudar al viejo, pero en ese instante una nube tapó la luz de la luna y
el miedo pudo más. Salió corriendo, agarró la bici y ya pedaleando le gritó al hombre que enseguida volvía,
con el abuelo Ramón.
Un rato después, mientras arrancaba la chata, el abuelo se rascaba la cabeza, confundido. No acertaba a
adivinar quién podía ser el vecino accidentado. En un instante estuvieron en la casona y bajaron, pero no
encontraron a nadie.
–Se habrá liberado solo, pobre hombre –le reprochó el abuelo-. Mirá que dejarlo ahí tirado, m’hijo.
Agustín bajó la cabeza, avergonzado. Al otro día buscaría al accidentado para pedirle disculpas. Al menos la
aventura le había dejado algo que hacer.
Pero al día siguiente, por más que buscó y pedaleó por todos lados, no pudo encontrar a nadie que se
pareciera al viejo de la casona. Nadie rengueaba. Nadie, ni en la panadería ni en el bar, donde preguntó con
timidez, conocía a un viejo de barba que tuviera un cachorro. Agustín, vagamente, empezó a sentirse
preocupado.
A la noche, después de la cena, otra vez pidió permiso y montó en la bicicleta. Esta vez llevaba una linterna,
por las dudas. Pedaleó directo hasta la casona, que en esa noche nublada se presentaba más oscura, un poco
más atemorizante. Dejó la bicicleta apoyada en el paredón, encendió la linterna y entró al jardín, esquivando
los yuyos y las ortigas. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero le parecía que tenía algo así como el deber
de atravesar los portones y meterse en el yuyal, era como una manera de disculparse con el pobre viejo
accidentado que había dejado abandonado. Caminó unos cuantos pasos hacia la galería delantera, y estaba
pensando en si se metería o no dentro de la casa cuando se sobresaltó con el ruido de algún bicho que pasó
corriendo y de inmediato decidió que no, que era mejor irse. En ese momento oyó un breve ladrido y se dio
vuelta: a unos pasos había un cachorrito, que se quejaba. Agustín se agachó a ver qué le pasaba, y lo vio
medio atrapado en un pozo. Lo levantó con cuidado, le sacudió el polvo que parecía tener pegado y lo dejó
en el piso, para ver si el animal podía caminar bien. Entonces oyó que alguien pedaleaba en su bicicleta.
–¡Eh! –gritó, soltando al cachorro –¡Mi bici!
La bicicleta parecía alejarse. Agustín corrió hacia los portones y cuando ya llegaba, metió el pie en un
agujero y cayó.
Gritó de dolor. Se había doblado el tobillo y no podía destrabarse. La bicicleta, como si el ciclista que la
había robado lo hubiera visto todo, regresó.
Un chico de su edad asomó la cara.
–Vení, pibe, ayudame –dijo Agustín, pero su propia voz le sonó rara, como cascada.
–¿Qué le pasó, señor? –le preguntó el chico de la bicicleta.
Agustín sintió que el miedo le subía por la garganta. ¿“Señor”? ¿Cómo que “Señor”?
–Vení pibe –repitió, cada vez más asustado de su voz, de su irreconocible voz –, no tengas miedo.

El chico retrocedió. Pero no parecía que tuviera miedo, no. Al contrario, mientras se alejaba en la bicicleta
lentamente, sonreía con toda la boca. El cachorro pasó rápido al lado de Agustín, de ese viejo que era ahora
Agustín, ahí atrapado, y corrió detrás de la bicicleta, hasta que ambos, el perro y el chico, se perdieron de
vista.

Consignas:

1)¿Quién cuenta los hechos en “Atrapado”: Agustín, el abuelo de Agustín, el viejo de la casa abandonada o
alguien que no es un personaje?
2)Indicá qué clase de narrador tiene el cuento y justificá con un fragmento.
3)¿Qué características del cuento de terror y del cuento fantástico encontrás en el cuento?

Fecha: 22 de octubre
Clase n°56
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuento realista

A continuación, les presento las características del cuento realista.

El relato realista es un subgénero narrativo que busca poner la realidad frente a los ojos del
lector. Para lograrlo presenta hechos que podrían suceder en la vida real o formar parte del
mundo tal como lo conocemos. El relato realista nace en el siglo XIX y su aparición está
relacionada con la sociedad de la época y sus transformaciones a partir de la Revolución
Industrial. En este sentido, pretenden realizar una observación objetiva de la realidad y los
personajes representados tienen características específicas de su época.

Los recursos del relato realista:

Para que el relato se asemeje a la realidad del autor y sea, por lo tanto, creíble para el lector, se
utilizan distintos recursos:

Personajes:
Representan personas comunes con características propias de la época en la cual transcurre el
relato.

Voces:
El modo de hablar de cada personaje brinda información sobre su edad o el lugar y tiempo en el
que vive, y permite caracterizarlo. Aparecen también frases hechas, modismos o formas que
remiten a la oralidad.

Descripciones:
Muestran de manera realista el espacio en el que transcurre el relato, así como las características
y acciones de sus personajes.

Consigna:​ completen el siguiente cuadro


Fecha: 28 de octubre
Clase n°57
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos realistas

Ahora que ya conocen las características del cuento realista, vamos a leer un cuento de este género. Una vez
que lo terminen deben realizar las actividades que se encuentran al finalizar

“Amigos por el viento”, de Liliana Bodoc

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su
paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.

Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los
verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se
mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresará la calma.

Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Recuerdo
la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose
al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.

–Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?

–Me parece bien –mentí.

Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:

–No me lo estás diciendo muy convencida...

–Yo no tengo que estar convencida.


–¿Y eso qué significa? –preguntó la mujer que más preguntas me hizo a lo largo de mi vida.

Me vi obligada a levantar los ojos del libro:

–Significa que es tu cumpleaños, y no el mío –respondí.

La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.

Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera
amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.

–Se van a entender bien –dijo mamá–. Juanjo tiene tu edad.

La gata, único ser que entendía mi desolación, saltó sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.

Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños.
Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas
de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador. Disfrazadas de
pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá que, con tal de ocultarme su
tristeza, era capaz de esas y otras asombrosas hechicerías. Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y
justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo
volvía a peligrar.

Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció tomarle
rencor a la receta porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo
habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.

–Me voy a arreglar un poco –dijo mamá mirándose las manos–. Lo único que falta es que lleguen y me
encuentren hecha un desastre.

–¿Qué te vas a poner? –le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.

–El vestido azul.

Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue se quedarían
pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las
manos. Iba a hablar de su perro con el único propósito de desmerecer a mi gata.

Pude verlo transitando por mi casa con los cordones de las zapatillas desatados, tratando deanticipar la
manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería
uno de esos chicos que, en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de
bomberos, ametralladoras y explosiones.

–¡Mamá! –grité pegada a la puerta del baño.

–¿Qué pasa? –me respondió desde la ducha.

–¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?

El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.

–¿Palabras que parecen ruidos? –repitió.


–Sí. –Y aclaré– Pum, Plaf, Ugg... ¡Ring!

–Por favor –dijo mamá–, están llamando.

No tuve más remedio que abrir la puerta.

–¡Hola! –dijeron las rosas que traía Ricardo.

–¡Hola! –dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.

Yo miré a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón que le
quedaba corto.

Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul
le quedaba muy bien a sus cejas espesas.

–Podrían ir a escuchar música a tu habitación –sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la falta de
aire.

Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.

Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra.
Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y que yo dormiría en el
canasto, junto a la gata.

No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y
decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:

–¿Cuánto hace que se murió tu mamá?

Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.

–Cuatro años –contestó.

Pero mi rabia no se conformó con eso:

–¿Y cómo fue? –volví a preguntar.

Esta vez, entrecerró los ojos.

Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.

–Fue..., fue como un viento –dijo. Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba
hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?

–¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? –pregunté.

–Sí, es ese.

–¿Y también susurra...?

–Mi viento susurraba –dijo Juanjo–. Pero no entendí lo que decía.

–Yo tampoco entendí.


Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.

Pasó un silencio.

–Un viento tan fuerte que movió los edificios –dijo él–. Y eso que los edificios tienen raíces...

Pasó una respiración.

–A mí se me ensuciaron los ojos –dije.

Pasaron dos.

–A mí también.

–¿Tu papá cerró las ventanas? –pregunté.

–Sí.

–Mi mamá también.

–¿Por qué lo habrán hecho? –Juanjo parecía asustado.

–Debe haber sido para que algo quedará en su sitio.

A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su
paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.

–Si querés vamos a comer cocadas –le dije.

Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizás ya era tiempo de abrir las ventanas.

Consignas:

1)Elegí la opció correcta:

A- En palabras de la protagonista el viento se llevó a: su mascota/su papá/su amigo

B-La mamá invitó a Ricardo y su hijo porque: Ricardo tuvo un ascenso/ella cumple años/el hijo sufrió un
accidente.

C-Ricardo es el tío de la protagonistas/un vecino/la pareja de la mamá

2)¿Por qué la niña considera la presencia de Juanjo como una amenaza?

3)Explicá el conflicto y el final del cuento

4)Describí el marco narrativo (personajes, espacio y tiempo)


Fecha: 29 de octubre
Clase n°58
Docente: Ledesma Andrea
Contenidos: cuentos fantásticos, de terror y realistas

Para finalizar con la temática, te propongo que completes el siguiente cuadro con las
características de cada uno de los géneros que fuimos trabajando:

Cuento fantástico Cuento de terror Cuento realista


                                        

Capítulo siete

  Cuando Max, Alicia y Roland llegaron a la casa de la playa, el coche del médico todavía estaba 
allí. Roland dirigió a Max una mirada interrogadora. Alicia saltó de la bicicleta y corrió hacia el 
porche,   consciente   de   que   algo   andaba   mal.   Maximilian   Carver,   con   los   ojos   vidriosos   y   el 
semblante pálido les recibió en la puerta. 
    
   ­ ¿Qué ha pasado? ­ murmuró Alicia. 

     Su padre la abrazó. Alicia dejó que los brazos de Maximilian Carver la rodeasen y sintió el 
temblor de sus manos.
    
   ­ Irina ha tenido un accidente. Está en coma. Estamos esperando la ambulancia para llevarla al 
hospital. 
    
   ­ ¿Mamá está bien? ­ gimió Alicia. 
    
   ­ Está adentro. Con Irina y el médico. Aquí no se puede hacer nada más ­ respondió el relojero 
con la voz hueca,cansina. 
                                        
   Roland, callado e inmóvil al pie del porche, tragó saliva. 
    
   ­ ¿Se pondrá bien? ­ preguntó Max, pensando que la pregunta resultaba estúpida en aquellas 
circunstancias. 
   
    ­ No lo sabemos ­ murmuró Maximilian Carver, que trató inútilmente de sonreírles y entró de 
nuevo en la casa . 

   ­ Voy a ver si tu madre necesita algo. 
  
    Los   tres  amigos  se   quedaron   clavados  en   el   porche,   silenciosos   como   tumbas.   Tras   unos 
segundos, Roland rompió el silencio. 
    
   ­ Lo siento ... 
  
   Alicia asintió. Al poco la ambulancia enfiló la carretera y se acercó a la casa. El médico salió a 
recibirla.  En  cuestión de  minutos,  los  dos  enfermeros  entraron  en  la  casa  y  sacaron  en  una 
camilla a Irina, envuelta en una manta. Max cazó al vuelo una visión del rostro blanco como la 
cal de su hermana pequeña y sintió que el estómago se le caía a los pies. Andrea Carver, con el 
rostro crispado y los ojos hinchados y enrojecidos, subió a la ambulancia y dirigió una última 
mirada desesperada a Alicia y a Max. Los enfermeros corrieron a sus puestos. Maximilian Carver 
se acercó a los dos hermanos. 
    
   ­ No me gusta que os quedéis solos. Hay un pequeño hotel en el pueblo; tal vez... 
    
   ­ No nos va a pasar nada, papá. Ahora no te preocupes por eso ­ repuso Alicia. 
    
   ­ Llamaré desde el hospital y os dejaré el número. No sé el tiempo que estaremos fuera. No sé 
si hay algo que...
    
   ­ Ve, papá ­ cortó Alicia, abrazando a su padre ­. Todo saldrá bien. 
  
   Maximilian Carver esbozó una última sonrisa entre lágrimas y subió a la ambulancia. Los tres 
amigos contemplaron en silencio las luces de la ambulancia perderse en la distancia mientras los 
últimos rayos del sol languidecían sobre el manto púrpura del crepúsculo. 
    
   ­ Todo saldrá bien ­ repitió Alicia para sí misma. 

     Una vez se hubieron procurado ropa seca (Alicia le prestó a Roland unos pantalones y una 
camisa viejos de su padre), la espera de las primeras noticias se hizo interminable. Las lunas 
sonrientes de la esfera del reloj de Max indicaban que faltaban apenas unos minutos para las 
once de la noche cuando sonó el teléfono. Alicia, que estaba sentada entre Roland y Max en los 
escalones del porche, se levantó de un salto y corrió al interior de la casa. Antes de que el 
teléfono   acabara   de   sonar   por   segunda   vez,   tomó   el   auricular   y   miró   a   Max   y   a   Roland, 
asintiendo. 
    
   ­ De acuerdo ­ dijo, tras unos segundos ­. ¿Cómo está mamá? 
  
   Max podía escuchar el murmullo de la voz de su padre a través del teléfono. 
    
   ­ No te preocupes ­ dijo Alicia ­. No. No hace falta. Sí, estaremos bien. Llama mañana. 
  
   Alicia hizo una pausa y asintió. 
    
   ­ Lo haré ­ aseguró . Buenas noches, papá. 

   Alicia colgó el teléfono y miró a su hermano. 
   
   ­ Irina está en observación ­ explicó ­. Los médicos han dicho que tiene conmoción, pero sigue 
en coma. Dicen que se curará. 
    
   ­ ¿Seguro que han dicho eso? ­ replicó Max ­. ¿Y mamá? 
    
   ­ Imagínatelo. De momento pasarán allí esta noche. Mamá no quiere ir a un hotel. Volverán a 
llamar mañana a las diez. 
    
   ­ ¿Y ahora qué? ­ preguntó tímidamente Roland. 
  
   Alicia se encogió de hombros y trató de dibujar una sonrisa tranquilizadora en su rostro. 
    
   ­ ¿Alguien tiene hambre? ­ preguntó a los dos muchachos. 
  
   Max se sorprendió a sí mismo al descubrir que estaba hambriento. Alicia suspiró y esbozó una 
sonrisa de cansancio. 
    
   ­ Me parece que a los tres nos vendría bien cenar algo ­ concluyó ­. ¿Votos en contra? 
                                        
     En unos minutos, Max preparó unos bocadillos mientras Alicia exprimía unos limones para 
hacer limonada. Los tres amigos cenaron en la banqueta del porche, bajo la tenue claridad del 
farol amarillento que ondeaba a la brisa nocturna, envuelto en una nube danzante de pequeñas 
mariposas  de   la  noche.   Frente  a  ellos,   la   luna  llena   se   alzaba  sobre   el  mar  y  confería   a   la 
superficie del agua la apariencia de un lago infinito de metal incandescente. Cenaron en silencio, 
contemplando   el   mar   y   escuchando   el   murmullo   de   las   olas.   Cuando   hubieron   dado   buena 
cuenta   de   los   bocadillos   y   la   limonada,   los   tres   amigos   intercambiaron   una   mirada   de 
complicidad. 
    
   ­ No creo que esta noche vaya a pegar ojo ­ dijo Alicia, incorporándose y oteando el horizonte 
de luz en el mar. 
    
   ­ No creo que ninguno pegue ojo esta noche ­ corroboró Max. 
    
     ­ Tengo una idea ­ dijo Roland con una sonrisa pícara en los labios ­. ¿Os habéis bañado 
alguna vez por la noche? 
   ­ ¿Es una broma? ­ espetó Max. 
  
     Sin mediar palabra, Alicia miró a los dos muchachos, los ojos brillantes y enigmáticos, y se 
encaminó tranquilamente hacia la playa. Max contempló atónito cómo su hermana se adentraba 
en la arena y, sin volver la vista atrás, se desprendía del vestido de algodón blanco. Alicia se 
detuvo unos segundos al borde de la orilla, la piel pálida y brillante bajo la claridad evanescente y 
azulada de la Luna, y después, lentamente, su cuerpo se sumergió en aquella inmensa balsa de 
luz. 

   ­ ¿No vienes, Max? ­ dijo Roland, siguiendo los pasos de Alicia en la arena. 
  
   Max negó en silencio, observando cómo su amigo se zambullía en el mar y escuchó las risas 
de su hermana entre el susurro del mar. 

   Permaneció allí en silencio, decidiendo si aquella palpable corriente eléctrica que parecía vibrar 
entre Roland y su hermana, un vínculo que escapaba a su definición y al que se sabía ajeno, le 
entristecía o no. Mientras los veía juguetear en el agua Max supo, probablemente antes de que 
ellos mismos lo advirtieran, que entre ambos se estaba forjando un estrecho lazo que habría de 
unirles como un destino irrebatible durante aquel verano. 

   Al pensar en ello vinieron a su mente las sombras de la guerra que se libraba tan cerca y a la 
vez tan  lejos de aquella playa, una guerra sin rostro que  muy pronto reclamaría a  su  amigo 
Roland y, tal vez, a él mismo. Pensó también en todo lo que había sucedido durante aquel largo 
día, desde la visión fantasmagórica del Orpheus bajo las aguas, el relato de Roland en la cabaña 
de la playa y el accidente de Irina. Lejos de las risas de Alicia y Roland, una profunda inquietud 
se apoderó de su ánimo. Sentía que, por primera vez en su vida, el tiempo transcurría más 
rápido de lo que deseaba y que ya no podía refugiarse en el sueño de los años pasados. La 
rueda de la fortuna había empezado a girar y, esta vez, él no había tirado los dados. 

  Más tarde, a la lumbre de una improvisada hoguera en la arena, Alicia, Roland y Max hablaron 
por primera vez de lo que les estaba rondando en la cabeza a todos desde hacía horas. La luz 
dorada del fuego se reflejaba en los rostros húmedos y brillantes de Alicia y Roland. Max les 
observó detenidamente y se decidió a hablar. 
    
    ­ No sé cómo explicarlo, pero creo que algo está pasando ­ empezó ­. No sé lo que es, pero 
hay demasiadas coincidencias. Las estatuas, ese símbolo, el barco... 
  
   Max esperaba que ambos le contradijesen o que con palabras de sensatez que él no acertaba 
a encontrar, le tranquilizasen y le hicieran ver que sus inquietudes no eran sino producto de un 
día demasiado largo, en el que habían sucedido demasiadas cosas que él se había tomado 
demasiado en serio. Sin embargo, nada de eso sucedió. Alicia y Roland asintieron en silencio, 
sin apartar los ojos del fuego. 
    
   ­ Tú soñaste con aquel payaso, ¿no es verdad? ­ preguntó Max. 
  
   Alicia asintió. 
    
    ­ Hay algo que no os dije antes ­ continuó Max ­. Anoche, cuando todos os fuisteis a dormir, 
volví a ver la película que Jacob Fleischmann había rodado en el jardín de estatuas. Yo estuve 
en  ese   jardín  hace  dos  días.   Las  estatuas  estaban   en   otra  posición,   no   sé,...es  como  si  se 
hubiesen movido. Lo que yo vi no es lo que mostraba la película.
  
   Alicia miró a Roland, que contemplaba hechizado la danza de las llamas en el fuego. 
    
   ­ Roland, ¿nunca te habló tu abuelo de todo esto? 
  
   El muchacho pareció no haber escuchado la pregunta. Alicia posó su mano sobre la de Roland 
y éste alzó la mirada. 
    
   ­ He soñado con ese payaso cada verano desde que tengo cinco años ­ dijo en un hilo de voz. 

   Max leyó el miedo en el rostro de su amigo. 
    
   ­ Creo que tendríamos que hablar con tu abuelo, Roland ­ dijo Max. 
  
   Roland asintió débilmente. 
    
   ­ Mañana ­ prometió con una voz casi inaudible ­. Mañana. 
Capítulo ocho

  Poco antes del amanecer, Roland montó de nuevo su bicicleta y pedaleó de vuelta a la casa del 
faro. Mientras recorría la carretera de la playa, un pálido resplandor ámbar empezaba a teñir una 
bóveda de nubes bajas. Su mente ardía de inquietud y excitación. Aceleró la marcha hasta el 
límite  de  sus  fuerzas,   con  la  vana  esperanza  de  que  el castigo  físico  aplacase  los miles  de 
interrogantes y temores que le golpeaban interiormente. 

   Una vez cruzada la bahía del puerto y tras dirigirse hacia el camino ascendente que conducía 
al faro, Roland detuvo la bicicleta y recuperó el aliento. En lo alto de los acantilados, el haz del 
faro rebanaba las últimas sombras de la noche como una cuchilla de fuego a través de la niebla. 
Sabía que su abuelo permanecía todavía allí, expectante y silencioso, y que no dejaría su puesto 
hasta que la oscuridad se hubiera desvanecido completamente a la luz del alba. Durante años, 
Roland había convivido con aquella malsana obsesión del anciano sin cuestionarse ni la razón ni 
la lógica de su conducta. Era sencillamente algo que había asimilado de niño, una faceta más de 
su vida diaria a la que había aprendido a no dar importancia. 

      Sin  embargo,   con  el  tiempo  Roland   había   ido   cobrando  conciencia  de  que  la   historia   del 
anciano hacía aguas. Pero nunca hasta hoy había comprendido tan claramente que su abuelo le 
había mentido o, al menos, no le había contado toda la verdad. No dudaba ni por un instante de 
la honestidad del viejo. De hecho, con el paso de los años su abuelo le había ido desvelando 
pedazo a pedazo las piezas de aquel extraño rompecabezas cuyo centro parecía ahora tan claro: 
el jardín de estatuas. Unas veces con palabras pronunciadas en sueños; otras, las más, con 
respuestas incompletas a las preguntas que Roland le formulaba. 

     De alguna manera intuía que si su abuelo le había mantenido al margen de su secreto, era 
para   protegerle.   Aquel   estado   de   gracia,   sin   embargo,   parecía   tocar   a   su   fin   y   la   hora   de 
enfrentarse a la verdad se adivinaba cada vez más próxima. 

   Emprendió de nuevo la marcha mientras trataba de apartar por el momento aquel tema de su 
pensamiento. Llevaba despierto demasiadas horas y su cuerpo empezaba a acusar la fatiga. 
Una vez llegó a la casa del faro, dejó la bicicleta apoyada sobre la cerca y entró en la casa sin 
molestarse en encender la luz. Ascendió las escaleras hasta su habitación y se desplomó sobre 
la cama como un peso muerto. 

   Desde la ventana de la habitación podía avistar el faro, que se alzaba a unos treinta metros de 
la casa, y, recortándose tras las vidrieras de su atalaya, la silueta inmóvil de su abuelo. Cerró los 
ojos y trató de conciliar el sueño. 
                                    
  Los acontecimientos de aquella jornada desfilaron por su mente, desde la bajada submarina al 
Orpheus al accidente de la pequeña hermana de Alicia y Max. Roland pensó que era extraño y 
reconfortante a la vez comprobar cómo tan sólo unas horas juntos los habían unido tanto. Al 
pensar ahora en la soledad de su habitación, en los dos hermanos, sentía como si ellos fuesen 
desde aquel día sus dos amigos más íntimos, los dos compañeros con los que compartiría todos 
sus secretos y sus inquietudes. Comprobó que sólo el hecho de pensar en ellos le transmitía una 
sensación de seguridad y compañía y que, en correspondencia, él sentía una profunda lealtad y 
gratitud por aquel pacto invisible que parecía haberles unido aquella noche en la playa. 

   Cuando finalmente el cansancio pudo más que la excitación acumulada a lo largo de todo el 
día, los últimos pensamientos de Roland mientras descendía a un sueño profundo y reparador 
no   fueron   para   la   misteriosa   incertidumbre   que   se   cernía   sobre   ellos   ni   para   la   sombría 
posibilidad   de   ser   llamado   a   filas   durante   el   otoño.   Aquella   noche,   Roland   se   durmió 
plácidamente en los brazos de una visión que le habría de acompañar durante el resto de su 
vida: Alicia, apenas envuelta en la claridad de la Luna, sumergía su piel blanca en un mar de luz 
de plata. 

   El día amaneció bajo un manto de nubes oscuras y amenazantes que se extendían desde más 
allá del horizonte y filtraban una luz mortecina y neblinosa que hacía pensar en un frío día de 
invierno. Apoyado en la baranda metálica del faro, Víctor Kray contempló la bahía a  sus pies y 
pensó que los años en el faro le habían enseñado a reconocer la extraña y misteriosa belleza 
marchita   de   aquellos   días   plomizos   y   vestidos   de   tormenta   que   presagiaban   la   eclosión   del 
verano en la costa. 

      Desde   la   atalaya   del   faro   el   pueblo   adquiría   la   curiosa   apariencia   de   una   maqueta 
cuidadosamente   construida   por  un   coleccionista.   Más  allá,   enfilando   al   norte,   se   extendía   la 
playa como una línea blanca interminable. En días de sol intenso, desde el mismo lugar donde 
ahora oteaba Víctor Kray, el casco del Orpheus podía distinguirse claramente bajo el mar, como 
si se tratase de un enorme fósil mecánico varado en la arena. Aquella mañana, sin embargo, el 
mar se mecía como un lago oscuro y sin fondo. Mientras escrutaba la superficie impenetrable del 
océano, Víctor Kray pensó en los últimos veinte años que había pasado en aquel faro que él 
mismo había construido. Al echar la vista atrás, sentía cada uno de esos años como una pesada 
losa a sus espaldas. 

    Con el tiempo, la angustia secreta de aquella espera interminable le había hecho pensar que 
tal   vez   todo   había   sido   una   ilusión   y   que   su   obstinada   obsesión   le   había   convertido   en   el 
centinela de una amenaza que sólo había existido en su propia imaginación. Pero, una vez más, 
los sueños habían vuelto. Por fin, los fantasmas del pasado habían despertado de un sueño de 
largos años y volvían a recorrer los pasillos de su mente. Y con ellos, había vuelto el temor de 
ser ya demasiado viejo y débil para afrontar a su antiguo enemigo. 

     Desde hacía años apenas dormía más dedos o tres horas diarias; el resto de su tiempo lo 
pasaba prácticamente solo en el faro. Su nieto Roland tenía por costumbre dormir varias noches 
a la semana en  su  cabaña de la  playa y  no era extraño que  a  veces, durante  días, apenas 
pasaran juntos un par de minutos. Aquel alejamiento de su propio nieto al que Víctor Kray se 
había condenado voluntariamente le proporcionaba al menos una cierta paz de espíritu, pues 
tenía la certeza de que el dolor que sentía por no poder compartir aquellos años de la vida del 
muchacho era el precio que debía pagar por la seguridad y la felicidad futura de Roland. 
                                    
   Pese a todo, cada vez que desde la torre del faro veía cómo el muchacho se zambullía en las 
aguas de la bahía junto al casco del Orpheus, sentía que se le helaba la sangre. Nunca había 
querido   que   Roland   tuviera   constancia   de   ello   y   desde   su   niñez   había   respondido   a   sus 
preguntas sobre el barco y sobre el pasado tratando de no mentir y, a la vez, de no contarle la 
verdadera naturaleza de los hechos. El día anterior, mientras contemplaba a Roland y a sus dos 
nuevos amigos en la playa, se había preguntado si tal vez aquél no había sido un grave error. 

     Estos pensamientos le mantuvieron en el faro durante más tiempo del que acostumbraba a 
pasar cada mañana. Habitualmente, volvía a casa antes de las ocho. Víctor Kray miró su reloj y 
comprobó que ya pasaban de las diez y media. Descendió la espiral metálica de la torre para 
encaminarse hacia la casa y aprovechar las escasas horas de sueño que su cuerpo le permitía. 
Por el camino, vio que la bicicleta de Roland estaba allí y que el muchacho había venido a pasar 
la noche. Cuando entró en la casa, tratando de no hacer ruido para no alterar el sueño de su 
nieto, descubrió que Roland le esperaba, sentado en una de las viejas butacas del comedor. 
    
    ­ No podía dormir, abuelo ­ dijo Roland, sonriendo al anciano ­. He dormido un par de horas 
como un tronco y después me he despertado de golpe sin poder volverme a dormir. 
    
   ­ Sé lo que es eso ­ contestó Víctor Kray ­, pero conozco un truco infalible.
    
   ­ ¿Cuál es? ­ inquirió Roland. 
  
   El anciano exhibió su pícara sonrisa, capaz de arrebatarle sesenta años de encima. 
    
   ­ Ponerse a cocinar. ¿Tienes hambre?
  
      Roland   consideró   la   pregunta.   Lo   cierto   es   que   la   imagen   de   tostadas   con   mantequilla, 
mermelada y huevos escalfados le producía un cosquilleo en el estómago. Sin darle mas vueltas, 
asintió.
    
   Bien ­ dijo Víctor Kray ­. Tú serás el pinche. Andando.                               
                                        
   Roland siguió a su abuelo hasta la cocina y se dispuso a seguir las instrucciones del anciano. 
    
   ­ Como yo soy el ingeniero ­ explicó Víctor Kray ­, yo freiré los huevos. Tú prepara las tostadas. 
  
    En cuestión de minutos, abuelo y nieto consiguieron llenar la cocina de humo e impregnar la 
casa de aquel aroma irresistible a desayuno recién preparado. Luego, ambos se sentaron frente 
a frente a la mesa de la cocina y brindaron con sendos vasos rebosantes de leche fresca. 
    
   ­ El desayuno de la gente que tiene que crecer ­ bromeó Víctor Kray, atacando con voracidad 
fingida su primera tostada. 
    
   ­ Ayer estuve en el barco ­ dijo Roland en voz baja, bajando la vista. 
    
   ­ Lo sé ­ dijo y siguió sonriendo y masticando ­. ¿Alguna novedad? 
  
   Roland dudó un segundo, dejó el vaso de leche y miró al anciano que trataba de mantener su 
semblante risueño y despreocupado. 

     ­ Creo que algo malo está ocurriendo, abuelo ­ dijo finalmente ­, algo que tiene que ver con 
unas estatuas. 
  
     Víctor Kray sintió que se le formaba un nudo de acero en el estómago. Dejó de masticar y 
abandonó la tostada a medio comer. 
    
   ­ Este amigo mío, Max, ha visto cosas ­ continuó Roland. 
    
   ­ ¿Dónde vive tu amigo? ­ preguntó el anciano, con voz serena. 
    
   ­ En la vieja casa de los Fleischmann, en la playa. 
  
   Víctor Kray asintió lentamente. 
    
   ­ Roland, cuéntame todo lo que tú y tus amigos habéis visto. Por favor. 
  
     Roland se encogió de hombros y relató las incidencias de los últimos dos días, desde que 
había conocido a Max hasta la noche que acababa de finalizar. 
 
     Cuando hubo terminado su relato, miró a su abuelo, tratando de leer sus pensamientos. El 
anciano, imperturbable, le dedicó una sonrisa tranquilizadora. 
    
   ­ Acaba tu desayuno, Roland ­ indicó.
    
   ­ ¿Pero?... ­ protestó el muchacho. 
                                    
   ­ Luego, cuando hayas acabado, ve a buscar a tus amigos y tráelos aquí ­ explicó el anciano ­. 
Tenemos mucho de qué hablar. 

   A las 11.34 de aquella mañana, Maximilian Carver telefoneó desde el hospital para comunicar a 
sus   hijos   las   últimas   novedades.   La   pequeña   Irina   seguía   mejorando   lentamente,   pero   los 
médicos todavía no se atrevían a asegurar que estuviese fuera de peligro. Alicia comprobó que 
la voz de su padre reflejaba una cierta calma y que lo peor había pasado ya. 

   Cinco minutos más tarde, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez era Roland, que llamaba desde 
el café del pueblo. Al mediodía, se encontrarían en el faro. Cuando Alicia colgó el teléfono, la 
mirada hechizada que Roland le dirigió la noche anterior en la playa volvió a su mente. Se sonrió 
a  sí misma  y salió  al porche,  para  comunicar  a  Max las  noticias.  Distinguió  la  silueta  de  su 
hermano sentado en la arena, mirando el mar. En el horizonte, los primeros destellos de una 
tormenta eléctrica encendieron una traca de luz en la bóveda del cielo. Alicia caminó hasta la 
orilla y se sentó junto a su hermano. El aire frío de aquella mañana le mordía la piel y deseó 
haber traído consigo un buen jersey. 
    
   ­ Ha llamado Roland ­ dijo Alicia ­. Su abuelo quiere vernos. 
  
   Max asintió en silencio, sin apartar la mirada del mar. Un rayo que caía sobre el océano quebró 
la línea del cielo. 
    
    ­ ¿Te gusta Roland, verdad? ­ preguntó Max, jugueteando con un puñado de arena entre los 
dedos. 
  
   Alicia consideró la pregunta de su hermano durante unos segundos. 
    
   ­ Sí ­ contestó ­. Y creo que yo también le gusto a él. ¿Por qué, Max? 
  
   Max se encogió de hombros y lanzó el puñado de arena hasta la línea donde rompía la marea. 
                                  
     ­ No sé ­ dijo Max ­. Pensaba en lo que dijo Roland de la guerra y eso. Que a lo mejor le 
reclutaban después del verano... Es igual. Supongo que no es asunto mío. 
  
   Alicia se volvió a su hermano pequeño y buscó la mirada evasiva de Max. Arqueaba las cejas 
del mismo modo que Maximilian Carver y sus ojos grises reflejaban, como siempre, un mar de 
nervios sepultados a ras de piel. 
  
   Alicia rodeó con su brazo los hombros de Max y le besó en la mejilla. 
    
   ­ Vamos dentro ­ dijo, sacudiendo la arena que se le había adherido al vestido ­. Aquí hace frío. 

Capítulo nueve

    Cuando llegaron al pie del camino que ascendía al faro, Max sintió que los músculos de sus 
piernas se convertirían en mantequilla en cuestión de segundos. Antes de partir, Alicia se había 
ofrecido a coger la otra bicicleta que todavía dormía en la sombra del cobertizo, pero Max había 
desdeñado la idea, ofreciéndose a llevarla tal y como Roland había hecho el día anterior. Un 
kilómetro después, Max había empezado a arrepentirse de su bravata. 

   Como si su amigo hubiese intuido su sufrimiento durante la larga marcha, Roland esperaba con 
su   bicicleta   en   la   boca   del   camino.   Al  verlo,   Max  detuvo   la   marcha   y  dejó  que   su   hermana 
descendiese. Respiró profundamente y se masajeó los muslos, agarrotados por el esfuerzo. 
                                    
   ­ Creo que has encogido unos 4 ó 5 centímetros ­ dijo Roland. 
  
   Max decidió no desperdiciar aliento contestando a la broma. Sin mediar palabra, Alicia subió a 
la bicicleta de Roland y emprendieron de nuevo el camino. Max esperó unos segundos antes de 
empezar a pedalear otra vez, cuesta arriba. Ya sabía en qué iba a gastar su primer sueldo: en 
una motocicleta. 

   El pequeño comedor de la casa del faro olía a café recién hecho y a tabaco de pipa. El piso y 
las paredes  eran  de madera  oscura  y,   al  margen  de  una  inmensa librería  y  algunos  objetos 
marinos que Max no pudo identificar, apenas estaba decorado. Un hogar para quemar leña y una 
mesa recubierta de un manto de terciopelo oscuro rodeada de viejas butacas de piel descolorida 
eran todo el lujo con el que Víctor Kray se había rodeado. 

   Roland indicó a sus amigos que tomasen asiento en las butacas y se acomodó en una silla dé 
madera entre ambos. Esperaron durante cinco minutos, sin apenas cruzar palabra, mientras los 
pasos del anciano se escuchaban en el piso de arriba. 
  
   Finalmente, el viejo farero hizo su aparición. No era tal y como Max lo había imaginado. Víctor 
Kray era un hombre de mediana estatura, tez pálida y una generosa mata de pelo plateado con 
que coronaba un rostro que no reflejaba su verdadera edad. 
  
   Sus ojos verdes y penetrantes recorrieron lentamente el semblante de los dos hermanos, como 
si tratase de leer sus pensamientos. Max sonrió nerviosamente ante la mirada escrutadora del 
anciano. Víctor Kray le correspondió con una afable sonrisa que iluminó su semblante. 
    
   ­ Sois la primera visita que recibo en muchos años ­ dijo el farero, tomando asiento en una de 
las butacas ­. Tendréis que disculpar mis modales. De todos modos, cuando yo era un crío, 
pensaba que todo eso de la cortesía era una soberana estupidez. Y todavía lo pienso. 
    
   ­ Nosotros no somos críos, abuelo ­ dijo Roland. 
    
     ­ Cualquiera más joven que yo lo es ­ respondió Víctor Kray ­. Tú debes de ser Alicia. Y tú, 
Max. No hay que ser muy listo para deducirlo, ¿eh? 
  
      Alicia   sonrió   cálidamente.   No   hacía   dos   minutos   que   lo   había   conocido,   pero   el   talante 
socarrón del anciano le resultaba encantador. Max, por su parte, estudiaba el rostro del anciano, 
tratando   de   imaginarle   encerrado   en   aquel   faro   durante   décadas,   guardián   del   secreto   del 
Orpheus. 
    
    ­ Sé lo que debéis de estar pensando ­ explicó Víctor Kray ­. ¿Es verdad todo lo que hemos 
visto o creemos haber visto estos últimos días? La verdad es que nunca pensé que llegaría el 
momento   en   que   tuviese   que   hablar   de   este   tema   con   nadie,   ni   siquiera   con   Roland.   Pero 
siempre sucede lo contrario de lo que esperamos, ¿no es así? 
                                        
   Nadie le contestó. 
   
   ­ Está bien. Al grano. Lo primero es que me contéis todo lo que sabéis. Y cuando digo todo es 
"todo". Incluyendo los detalles que os puedan parecer insignificantes. Todo. ¿Entendido? 
  
   Max miró a sus compañeros. 
    
   ­ ¿Empiezo yo? ­  sugirió.  
  
   Alicia y Roland asintieron. Víctor Kray le hizo una seña para que iniciase su relato. 

   Durante la siguiente media hora, Max relató sin pausa cuanto recordaba ante la mirada atenta 
del anciano, que escuchó sus palabras sin el menor asomo de incredulidad ni, como esperaba 
Max, de asombro. 
  
   Cuando Max hubo finalizado su historia, Víctor Kray tomó su pipa y la preparó metódicamente. 
    
   ­ No está mal ­ murmuró . No está mal... 
                                 
   El farero encendió la pipa y una nube de humo de aroma dulzón inundó la estancia. Víctor Kray 
saboreó lentamente   una  bocanada  de  la   picadura  especial  y  se  relajó  en  su   butaca.  Luego, 
mirando a los ojos a cada uno de los tres muchachos, empezó a hablar... 

     "Este  otoño cumpliré  setenta  y dos  años  y, aunque me queda el consuelo  de que  no los 


aparento, cada uno de ellos me pesa como una losa a la espalda. La edad te hace ver ciertas 
cosas. Por ejemplo, ahora sé que la vida de un hombre se divide básicamente en tres períodos. 
En el primero, uno ni siquiera piensa que envejecerá, ni que el tiempo pasa ni que, desde el 
primer   día,   cuando   nacemos,   caminamos   hacia   un   único   fin.   Pasada   la   primera   juventud, 
empieza el segundo período, en el que uno se da cuenta de la fragilidad de la propia vida y lo 
que en un principio es una simple inquietud va creciendo en el interior como un mar de dudas e 
incertidumbres que te acompañan durante el resto de tus días. Por último, al final de la vida, se 
abre el tercer período, el de la aceptación de la realidad y, consecuentemente, la resignación y la 
espera. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas que se quedaron ancladas en 
alguno de esos estadios y nunca lograron superarlos. Es algo terrible". 

    Víctor Kray comprobó que los tres muchachos le observaban atentamente y en silencio, pero 
cada una de sus miradas parecía preguntarse de qué estaba hablando. Se detuvo a saborear 
una bocanada de su pipa y sonrió a su pequeña audiencia. 

   "Ése es un camino que cada uno de nosotros debe aprender a recorrer en solitario, rogando a 
Dios   que   le   ayude   a   no   extraviarse   antes   de   llegar   al   final.   Si   todos   fuésemos   capaces   de 
comprender al inicio de nuestra vida esto que parece tan simple, buena parte de las miserias y 
penas   de   este   mundo   no   llegaría   a   producirse   jamás.   Pero,   y   ésa   es   una   de   las   grandes 
paradojas del universo, sólo se nos concede esa gracia cuando ya es demasiado tarde. Fin de la 
lección. Os preguntaréis por qué os explico todo esto. Os lo diré. A veces, una entre un millón, 
ocurre que alguien, muy joven, comprende que la vida es un camino sin retorno y decide que ese 
juego no va con él. Es como cuando decides hacer trampas en un juego que no te gusta. La 
mayoría de las veces te descubren y la trampa se acaba. Pero otras, el tramposo se sale con la 
suya.   Y   cuando   en   vez  e   jugar  con   dados   o   naipes,   se   juega   con   la   vida   y  la   muerte,   ese 
tramposo se convierte en alguien muy peligroso. 

   Hace muchísimo tiempo, cuando yo tenía vuestra edad, la vida cruzó mi destino con uno de los 
mayores tramposos que han pisado este mundo. Nunca llegué a conocer su verdadero nombre. 
En el barrio pobre donde yo vivía, todos los chicos de la calle le conocían como Caín. Otros le 
llamaban   el  Príncipe   de   la   Niebla,   porque,   según  las  habla  durías,   siempre   emergía   de   una 
densa niebla que cubría los callejones nocturnos y, antes del alba, desaparecía de nuevo en la 
tiniebla. 
  
   Caín era un hombre joven y bien parecido, cuyo origen nadie sabía explicar. Todas las noches, 
en alguno de los callejones del barrio, Caín reunía a los muchachos harapientos y cubiertos por 
la mugre y el hollín de las fábricas y les proponía un pacto. Cada uno podía formular un deseo y 
él lo haría realidad. A cambio, Caín sólo pedía una cosa: la lealtad absoluta. Una noche, Angus, 
mi mejor amigo, me llevó a una de las reuniones de Caín con los chicos del barrio.El tal Caín 
vestía como un caballero salido de la ópera y siempre sonreía. Sus ojos parecían cambiar de 
color en la penumbra y su voz era grave y pausada. Según los chicos, Caín era un mago. Yo, 
que no había creído una sola palabra de todas las historias que sobre él circulaban en el barrio, 
venía aquella noche dispuesto a reírme del supuesto mago. Sin embargo, recuerdo que,ante su 
presencia, cualquier asomo de burla se pulverizó en el aire. En cuanto le vi, lo único que sentí 
fue miedo y, por descontado, me guardé de pronunciar una sola palabra. Aquella noche varios de 
los chavales de la calle formularon sus deseos a Caín. Cuando todos hubieron terminado. Caín 
dirigió su mirada de hielo al rincón donde estábamos mi amigo Angus y yo. Nos preguntó si 
nosotros no teníamos nada que pedir. Yo  me  quedé  clavado, pero  Angus,  ante  mi sorpresa, 
habló. Su padre había perdido el empleo aquel día. La fundición en la que trabajaba la gran 
mayoría de los adultos del barrio estaba despidiendo personal y sustituyéndolos por máquinas 
que trabajaban más horas y no abrían la boca. Los primeros en ir a la calle habían sido los 
líderes más conflictivos entre los trabajadores. El padre de Angus tenía casi todos los números 
en aquella rifa. 
  
   Desde aquella misma tarde, el sacar adelante a Angus y sus cinco hermanos que se apilaban 
en una miserable casa de ladrillo podrido por la humedad se había convertido en un imposible. 
Angus, con un hilo  de  voz, formuló  su petición  a Caín:  que  su padre  fuera readmitido  en  la 
fundición.   Caín   asintió   y,   tal   como   me   habían   predicho,   caminó   de   nuevo   hacia   la   niebla, 
desapareciendo. Al día siguiente, el padre de Angus fue inexplicablemente llamado de nuevo a 
trabajar. Caín había cumplido su palabra. 
  
     Dos semanas más tarde, Angus y yo volvíamos a casa por la noche después de visitar una 
feria ambulante que se había instalado en las afueras de la ciudad. Para no retrasarnos más de 
la   cuenta,   decidimos  tomar  un  atajo  y  seguir  el  camino   de   la  vieja   vía  de  tren  abandonada. 
Caminábamos por aquel paraje siniestro a la luz de la Luna cuando descubrimos que, entre la 
niebla, emergía una silueta envuelta en una capa con una estrella de seis puntas dentro de un 
círculo   y   grabada   en   oro,   caminando   hacia   nosotros   por   el   centro   de   la   vía   muerta.   Era   el 
Príncipe de la Niebla. Nos quedamos petrificados. Caín se acercó a nosotros y, con su sonrisa 
habitual, se dirigió a Angus. Le explicó que había llegado el momento de que le devolviese el 
favor. Angus, visiblemente aterrorizado, asintió. Caín dijo que su petición era simple: un pequeño 
ajuste de cuentas. En aquella época el personajes más rico del barrio, el único rico en realidad, 
era Skolimoski, un comerciante polaco que poseía el almacén de comida y ropa en el que todo el 
vecindario compraba. La misión de Angus era prender fuego al almacén de Skolimoski. El trabajo 
debía realizarse la noche siguiente. Angus trató de protestar, pero las palabras no le llegaron a la 
garganta.  Había  algo   en   los ojos  de   Caín   que   dejaba  muy  claro  que  no  estaba  dispuesto  a 
aceptar nada más que la obediencia absoluta. El mago se marchó como había venido. 
     Corrimos de vuelta y, cuando dejé a Angus a la puerta de su casa, la mirada de terror que 
llenaba sus ojos me encogió el corazón. Al día siguiente le busqué por las calles, pero no había 
ni rastro de él. Empezaba a temer que mi amigo se hubiera propuesto cumplir la criminal misión 
que Caín le había encomendado y decidí montar guardia frente al almacén de Skolimoski al caer 
la noche. Angus nunca se presentó y, aquella madrugada, la tienda del polaco no ardió. Me sentí 
culpable por haber dudado de mi amigo y supuse que lo mejor que podía hacer era tranquilizarle 
por que, conociéndole bien, debía de estar escondido en su casa temblando de miedo ante la 
posible represalia del fantasmal mago. A la mañana siguiente me dirigí a su casa. Angus no 
estaba allí. Con lágrimas en los ojos su madre me dijo que había faltado toda la noche y me rogó 
que lo buscase y lo llevase de vuelta a casa. 

     Con el estómago en un puño, recorrí el barrio de arriba abajo sin dejar ni uno solo de sus 
apestosos  rincones  por   rastrear.   Nadie   le   había   visto.   Al   atardecer,   exhausto   y   sin   saber  ya 
dónde buscar, una oscura intuición me asaltó. Volví al camino de la vieja vía del tren y seguí el 
rastro de los raíles que brillaban débilmente bajo la Luna en la oscuridad de la noche. No tuve 
que caminar demasiado. Encontré a mi amigo tendido en la vía, en el mismo lugar donde dos 
noches antes Caín había emergido de la niebla. Quise buscar su pulso, pero mis manos no 
encontraron piel en aquel cuerpo. Sólo hielo. El cuerpo de mi amigo se había transformado en 
una   grotesca   figura   de   hielo   azul   y   humeante   que   se   fundía   lentamente   sobre   los   raíles 
abandonados.   En   torno   a   su   cuello,   una   pequeña   medalla   mostraba   el   mismo   símbolo   que 
recordaba haber visto grabado en la capa de Caín, la estrella de seis puntas envuelta en un 
círculo. Permanecí junto a él hasta que los rasgos de su rostro se desvanecieron para siempre 
en un charco de lágrimas heladas en la oscuridad. 
   
   Aquella misma noche, mientras yo comprobaba horrorizado el destino de mi amigo, el almacén 
de Skolimoski fue destruido en un terrible incendio. Nunca le expliqué a nadie lo que mis ojos 
habían presenciado aquel día. 
   
   Dos meses más tarde, mi familia se mudó al sur, lejos de allí y muy pronto,con el paso de los 
meses, empecé a creer que el Príncipe de la Niebla era sólo un recuerdo amargo de los oscuros 
años vividos a la sombra de aquella ciudad pobre, sucia y violenta de mi infancia... Hasta que 
volví a verle y comprendí que aquello no había sido más que el principio". 

Capítulo diez

   "Mi siguiente encuentro con el Príncipe de la Niebla tuvo lugar durante una noche en que mi 
padre, que había sido ascendido a técnico jefe de una planta textil, nos llevó a todos a una gran 
feria de atracciones construida sobre un muelle de madera que se adentraba en el mar como un 
palacio de cristal suspendido en el cielo. Al anochecer, el espectáculo de las luces multicolores 
de las atracciones sobre el mar era impresionante. Yo nunca había visto nada tan hermoso. Mi 
padre estaba eufórico: había rescatado a su familia de lo que parecía un futuro miserable en el 
norte y ahora era un hombre de posición, considerado y con suficiente dinero en las manos como 
para   que   sus   hijos   disfrutasen   de   las   mismas   diversiones   que   cualquier   chico   de   la 
capital.Cenamos 
pronto y luego mi padre nos dio unas monedas a cada uno para que las gastásemos en lo que 
más nos apeteciese, mientras él y mi madre paseaban del brazo codeándose con los lugareños 
trajeados y los turistas de postín. 
   
   A mí me fascinaba una enorme noria que giraba sin cesar en uno de los extremos del muelle y 
cuyos reflejos podían verse desde varias millas en toda la costa. Corrí a la cola de la noria y, 
mientras esperaba, reparé en una de las casetas que había a escasos metros. Entre tómbolas y 
barracas   de   tiro,   una   intensa   luz   púrpura   iluminaba   la   misteriosa   caseta   de   un   tal   Dr.   Caín, 
adivino,   mago   y   vidente,   según   rezaba   un   cartel   donde   un   dibujante   de   tercera   fila   había 
plasmado el rostro de Caín mirando amenazadoramente a los curiosos que se acercaban a la 
nueva guarida del Príncipe de la Niebla. El cartel y las sombras que el farol púrpura proyectaban 
sobre la caseta le conferían un aspecto macabro y lúgubre. Una cortina con la estrella de seis 
puntas bordada en negro velaba el paso al interior. 

   Hechizado por aquella visión, me aparté de la cola de la noria y me acerqué hasta la entrada 
de la caseta. Estaba tratando de entrever el interior a través de la estrecha rendija cuando la 
cortina se abrió de golpe y una mujer vestida de negro, piel blanca como la leche y ojos oscuros 
y penetrantes hizo un gesto para invitarme a pasar. En el interior pude distinguir, sentado tras un 
escritorio a la luz de un quinqué, a aquel hombre que había conocido muy lejos de allí con el 
nombre de Caín. Un gran gato oscuro de ojos dorados se relamía a sus pies. 
  
   Sin pensarlo dos veces, entré y me dirigí hasta la mesa donde me esperaba el Príncipe de la 
Niebla,  sonriente.   Aún   recuerdo   su   voz,   grave   y  pausada,   pronunciando  mi  nombre  sobre   el 
murmullo de fondo de la hipnótica música de organillo de un carrusel que parecía estar muy, muy 
lejos de allí"... 

   ­ Víctor, mi buen amigo ­ susurró Caín ­. Si no fuese un adivino, diría que el destino desea unir 
nuestros caminos de nuevo. 
    
   ­ ¿Quién es usted? ­ consiguió articular el joven Víctor, mientras observaba por el rabillo del ojo 
a aquella mujer fantasmal que se había retirado a las sombras de la estancia. 
    
   ­ El Dr. Caín. El cartel lo dice ­ respondió Caín ­. ¿Pasando un buen rato con la familia? 
  
   Víctor tragó saliva y asintió. 
    
   ­ Eso es bueno ­ continuó el mago ­. La diversión es como el láudano; nos eleva de la miseria y 
el dolor, aunque sólo fugazmente. 
    
   ­ No sé lo que es el láudano ­ replicó Víctor. 
    
      ­   Una   droga,   hijo   ­   respondió   Caín   cansinamente,   desviando   la   vista   hacia   un   reloj   que 
reposaba en un estante a suderecha. 
  
   A Víctor le pareció que las agujas corrían en sentido inverso. 

   ­ El tiempo no existe, por eso no hay que perderlo. ¿Has pensado ya cuál es tu deseo? 
    
   ­ No tengo ningún deseo ­ contestó Víctor. 
  
   Caín se echó a reír. 
    
   ­ Vamos, vamos. Todos tenemos no un deseo, sino cientos. Y qué pocas ocasiones nos brinda 
la vida de hacerlos realidad ­ Caín miró a la enigmática mujer con una mueca de compasión ­. 
¿No es cierto, querida? 
  
   La mujer, como si se tratase de un simple objeto inanimado, no respondió. 
    
   ­ Pero los hay con suerte, Víctor ­ dijo Caín, inclinándose sobre la mesa ­, como tú. Porque tú 
puedes hacer realidad tus sueños, Víctor. Ya sabes cómo. 
    
   ­ ¿Como hizo Angus? ­ espetó Víctor, que en aquel momento reparó en un hecho extraño que 
no podía alejar de su pensamiento: Caín no pestañeaba, ni una sola vez. 

   ­ Un accidente, amigo mío. Un desgraciado accidente ­ dijo Caín adoptando un tono apenado y 
consternado ­. Es un error creer que los sueños se hacen realidad sin ofrecer nada a cambio. 
¿No te parece, Víctor? Digamos que no sería justo. Angus quiso olvidar ciertas obligaciones y 
eso no es tolerable. Pero el pasado, pasado está. Hablemos del futuro, de tu futuro. 
    
   ­ ¿Es eso lo que hizo usted? ­ preguntó Víctor ­. ¿Hacer realidad un deseo? ¿Convertirse en lo 
que es ahora? ¿Qué tuvo que dar a cambio? 
   Caín perdió su sonrisa de reptil y clavó sus ojos en Víctor Kray. El muchacho temió por un 
instante que aquel hombre se abalanzara sobre él, dispuesto a despedazarlo. Finalmente, Caín 
sonrió de nuevo y suspiró. 
    
     ­ Un  joven inteligente. Eso me gusta,  Víctor. Sin embargo, te  queda mucho por  aprender. 
Cuando estés preparado, ven por aquí. Ya sabes cómo encontrarme. Espero verte pronto. 

   ­ Lo dudo ­ respondió Víctor mientras se incorporaba y caminaba de vuelta hacia la salida. 
  
      La   mujer,   como  una   marioneta  rota   a  la   que   súbitamente  le   hubiesen  estirado  un  cordel, 
empezó a caminar de nuevo, en un amago de acompañarle. A unos pasos de la salida, la voz de 
Caín sonó de nuevo a sus espaldas. 
    
   ­ Una cosa más, Víctor. Respecto a lo de los deseos. Piénsalo. La oferta está en pie. Tal vez si 
a ti no te interesa, algún miembro de tu flamante familia feliz tenga algún sueño inconfesable 
escondido. Ésos son mi especialidad... 
  
      Víctor   no   se   detuvo   a   contestar   y   salió   de   nuevo   al   aire   fresco   de   la   noche.   Respiró 
profundamente y se dirigió a paso rápido a buscar a su familia. Mientras se alejaba, la risa del Dr. 
Caín se  perdió a  sus espaldas como el canto de una hiena,  enmascarada en la  música del 
carrusel. 

      Max   había   escuchado   hechizado   el   relato   del   anciano   hasta   aquel   punto   sin   atreverse   a 
formular una sola de las miles de preguntas que bullían en su mente. Víctor Kray pareció leer su 
pensamiento y le señaló con un dedo acusador.

   ­ Paciencia, jovencito. Todas las piezas irán encajando a su tiempo. Prohibido interrumpir. ¿De 
acuerdo? 
  
   Aunque la advertencia iba dirigida a Max, los tres amigos asintieron al unísono. 
    
   ­ Bien, bien... ­ murmuró para sí el farero. 

  "Aquella misma noche decidí apartarme para siempre de aquel individuo y tratar de borrar de mi 
mente cualquier pensamiento referido a él. Y no era fácil. Fuese quien fuese, el Dr. Caín tenía la 
rara habilidad de clavársele a uno como una de esas astillas que, cuanto más tratas de sacar, 
más hondo se introducen en la piel. No podía hablar de aquello con nadie, a menos que quisiera 
que me tomasen por un lunático, y no podía acudir a la policía, porque no hubiera sabido ni por 
dónde empezar. Como es prudente hacer en estos casos, dejé pasar el tiempo. 
  
   Nos iba bien en nuestro nuevo hogar y tuve la ocasión de conocer a un individuo que me ayudó 
mucho. Se trataba de un reverendo que impartía clases de Matemáticas y Física en la escuela. A 
primera vista parecía andar siempre por las nubes, pero era un hombre de una inteligencia que 
sólo podía compararse con la bondad que se esforzaba en ocultar tras una muy convincente 
personificación del científico loco del pueblo. Él me animó a estudiar a fondo y a descubrir las 
matemáticas. No es extraño que, tras unos años a su cargo, mi vocación por las ciencias se 
hiciese cada vez más clara. En principio quise seguir sus pasos y dedicarme a la enseñanza, 
pero el reverendo me clavó una reprimenda inmensa y me dijo que lo que tenía que hacer era ir 
a la universidad, estudiar Física y convertirme en el mejor ingeniero que hubiese pisado el país. 
O eso, o me retiraba la palabra en el acto. 
  
     Fue él quien me consiguió la beca para la universidad y quien realmente encaminó mi vida 
hacia   lo   que   hubiera   podido   ser.   Murió   una   semana   antes   de   mi   graduación.   Ya   no   me 
avergüenza   decir   que   sentí   tanto   o   más   su   desaparición   que   la   de   mi   propio   padre.   En   la 
universidad tuve ocasión de intimar con quien habría de llevarme de nuevo a encontrarme con el 
Dr. Caín: un joven estudiante de medicina perteneciente a una familia escandalosamente rica (o 
eso me parecía a mí) llamado Richard Fleischmann. Efectivamente, el futuro Doctor Fleischmann 
que, años más tarde, haría construir la casa de la playa.
  
      Richard   Fleischmann   era   un   joven   vehemente   y   muy   dado   a   las   exageraciones.   Estaba 
acostumbrado a que durante toda su vida las cosas hubiesen resultado tal y como él las deseaba 
y cuando, por cualquier motivo, algo contradecía sus expectativas, montaba en cólera con el 
mundo. Una ironía del destino fue la que quiso hacernos amigos: nos enamoramos de la misma 
mujer, Eva Gray, la hija del más insoportable y tirano catedrático de Química del campus. 
  
   Al principio, salíamos los tres juntos y hacíamos excursiones los domingos, cuando el ogro de 
Theodore Gray no lo impedía. Pero este arreglo no duró mucho. Lo más curioso del caso es que 
Fleischmann y yo, lejos de convertirnos en rivales, nos hicimos compañeros inseparables. Cada 
noche   que   devolvíamos   a   Eva   a   la   cueva   del   ogro,   hacíamos   el   camino   de   vuelta   juntos, 
sabiendo que, tarde o temprano, uno de los dos se quedaría fuera del juego. 
  
    Hasta que ese día llegó, pasamos los dos mejores años que recuerdo de mi vida. Pero todo 
tiene   un   fin.   El   de   nuestro   trío   inseparable   llegó   la   noche   de   la   graduación.   Aunque   había 
conseguido todos los laureles imaginables, mi alma se arrastraba por los suelos a causa de la 
pérdida de mi viejo tutor y Eva y Richard decidieron que, aunque yo no bebía, aquella noche 
debían emborracharme y ahuyentar la melancolía de mi espíritu por todos los medios. Ni que 
decir tiene que el ogro Theodore, que pese a estar sordo como una tapia parecía escuchar a 
través   de   las   paredes,   descubrió   el   plan   y   la   velada   acabó   con   Fleischmann   y   yo   solos, 
borrachos como una cuba, en una apestosa taberna en la que nos entregamos a elogiar al objeto 
de nuestro amor imposible, Eva Gray. 
  
      Aquella   misma   noche,   dando   tumbos   de   vuelta   al   campus,   una   feria   ambulante   pareció 
emerger de la niebla junto a la estación del tren. Fleischmann y yo, convencidos de que una 
vuelta en el carrusel sería la cura infalible para nuestro estado, nos adentramos en la feria y 
acabamos en la puerta de la barraca del Dr. Caín, adivino, mago y vidente, como seguía rezando 
el siniestro cartel. Fleischmann tuvo una idea genial. Entraríamos y le pediríamos al adivino que 
nos   desvelase   el   enigma:   ¿a   quién   de   los   dos   escogería   Eva?   Pese   a   mi   aturdimiento,   me 
quedaba el suficiente sentido en el cuerpo como para no entrar, pero no la fortaleza para detener 
a mi amigo, que se sumergió decidido en la barraca. 
  
     Supongo que perdí el sentido porque no recuerdo muy bien las horas siguientes. Cuando 
recobré el conocimiento, en la agonía de un atroz dolor de cabeza, Fleischmann y yo estábamos 
tendidos  sobre  un  viejo banco de madera. Estaba amaneciendo y los  carromatos de la  feria 
habían desaparecido, como si todo aquel universo de luces, ruido y gentío de la noche anterior 
hubiera sido una simple ilusión de nuestras mentes ebrias por el alcohol. Nos incorporamos y 
contemplamos el solar desierto a nuestro alrededor. Pregunté a mi amigo si recordaba algo de la 
madrugada anterior. Haciendo un esfuerzo, Fleischmann me dijo que había soñado que entraba 
en la barraca de un adivino y, a la pregunta de cuál era su mayor deseo, había respondido que 
deseaba obtener el amor de Eva Gray. Luego se rió, bromeando sobre la resaca monumental 
que nos castigaba, convencido de que nada de todo aquello había sucedido. 

     Dos meses después, Eva Gray y Richard Fleischmann contraían matrimonio. Ni siquiera me 
invitaron a la boda. No volvería a verlos en 25 largos años". 

    "Un   día   lluvioso   de   invierno,   un   hombre   envuelto   en   una   gabardina   me   siguió   desde   el 
despacho hasta mi casa. Desde la ventana del comedor, pude ver que el extraño seguía abajo, 
vigilándome. Dudé unos segundos y bajé a la calle, dispuesto a desenmascarar al misterioso 
espía. Era Richard Fleischmann, tiritando de frío y con el rostro ajado por los años. Sus ojos eran 
los de un hombre que hubiera vivido perseguido toda su vida. Me pregunté cuántos meses hacía 
que  mi  antiguo   amigo  no   dormía.   Hice  que   subiese   a   casa   y  le  ofrecí  un  café  caliente.   Sin 
atreverse a mirarme a la cara, me preguntó por aquella noche enterrada años atrás en la barraca 
del Dr. Caín. 

   Sin ánimos para cortesías, le pregunté qué era lo que Caín le había pedido a cambio de hacer 
realidad su deseo. Fleischmann, con el rostro embargado de miedo y vergüenza, se arrodilló 
frente a mí, suplicando mi ayuda entre lágrimas. No hice caso de sus lamentos y le exigí que me 
contestase. ¿Qué había prometido al Dr. Caín en pago a sus servicios? 
  
   "Mi primer hijo", me contestó. "Le prometí mi primer hijo"... 

  "Fleischmann me confesó que durante años había estado administrando a su esposa, sin ésta 
saberlo, una droga que le impedía concebir hijo alguno. Sin embargo, al cabo de los años, Eva 
Fleischmann   se   había   sumido   en   una   profunda   depresión   y   la   ausencia   de   la   tan   deseada 
descendencia había convertido el matrimonio de los Fleischmann en un infierno. Fleischmann 
temía que, si Eva no concebía un hijo, pronto enloquecería o se sumiría en una tristeza tan 
profunda que su vida se apagaría lentamente como una vela sin aire. Me dijo que no tenía a 
quién recurrir y me suplicó mi perdón y mi ayuda. Finalmente, le dije que le ayudaría, pero no por 
él, sino por el vínculo que todavía me unía a Eva Gray y en recuerdo a nuestra vieja amistad. 
  
   Aquella misma noche expulsé a Fleischmann de mi casa, pero con una intención muy diferente 
a la que aquel hombre que un día yo había considerado mi amigo intuía. Le seguí bajo la lluvia y 
crucé la ciudad tras sus pasos. Me pregunté a mí mismo por qué estaba haciendo aquello. La 
sola idea de que Eva Gray, que me había rechazado cuando ambos éramos jóvenes, tuviese que 
entregar su hijo a aquel miserable brujo me revolvía las entrañas y me bastaba para enfrentarme 
de nuevo al Dr. Caín, aunque mi juventud ya se había evaporado y cada vez era más consciente 
de que tal vez saliese mal parado del juego. 
 
     Las andanzas de Fleischmann me llevaron hasta la nueva guarida de mi viejo conocido, el 
Príncipe de la Niebla. Un circo ambulante era ahora su hogar y, para mi sorpresa, el Dr. Caín 
había renunciado a su grado de adivino y vidente para asumir ahora una nueva personalidad, 
más modesta, pero más acorde con su sentido del humor. Ahora era un payaso que actuaba con 
el rostro pintado de blanco y rojo, aunque sus ojos de color cambiante delatarían su identidad 
incluso tras docenas de capas de maquillaje. El circo de Caín mantenía la estrella de seis puntas 
en lo alto de un asta y el mago se había rodeado ahora de una siniestra cohorte de compinches 
que,   bajo   la   apariencia   de   feriantes   itinerantes,   parecían   esconder   algo   más   oscuro.   Espié 
durante   dos   semanas   el   circo   de   Caín   y   pronto   descubrí   que   la   carpa   raída   y   amarillenta 
enmascaraba a una peligrosa banda de embaucadores, criminales y ladrones que practicaban la 
rapiña allí por donde pasaban. Averigüé también que la poca elegancia del Dr. Caín a la hora de 
elegir   a   sus   esclavos   le   había   llevado   a   dejar   tras   de   sí   una   estridente   pista   de   crímenes, 
desapariciones y robos que no escapaba a la policía local, que olfateaba de cerca el hedor a 
corrupción que se desprendía de aquel fantasmagórico circo. 
  
   Por supuesto, Caín era consciente de la situación y por ello había decidido que él y sus amigos 
debían desaparecer del país sin perder tiempo, pero de un modo discreto y, preferiblemente, al 
margen de molestos trámites policiales. De este modo, aprovechando una deuda de juego que 
oportunamente   le   servía   en   bandeja   la   torpeza   del   capitán   holandés,   el   Dr.   Caín   consiguió 
embarcar en el Orpheus aquella noche. Y yo, con él. 
  
    Lo que sucedió la noche de la tormenta es algo que ni yo mismo puedo explicar. Un terrible 
temporal arrastró al Orpheus de vuelta hacia la costa y lo lanzó contra las rocas, abriendo una 
vía de agua en el casco que hundió el buque en cuestión de segundos. Yo estaba oculto en uno 
de los botes salvavidas, que salió despedido al embarrancar el buque en la roca y fue lanzado 
por el oleaje hasta la playa. Sólo así pude salvarme. Caín y sus secuaces viajaban en la sentina, 
ocultos   bajo   cajas   por   temor   a   un   posible   control   militar   en   el   canal   a   media   travesía. 
Probablemente, cuando el agua helada inundó las entrañas del casco, ni siquiera entendieron lo 
que estaba sucediendo"... 

   Aún así ­ interrumpió finalmente Max ­, no se encontraron los cuerpos. 
  
   Víctor Kray negó. 
    
   ­ A menudo, en temporales de esta naturaleza el mar se lleva consigo los cuerpos ­ apuntó el 
farero. 
    
   ­ Pero los devuelve, aunque sea días 
después ­ replico Max ­. Lo he leído. 
    
   ­ No creas todo lo que lees ­ dijo el anciano ­, aunque en este caso sea cierto. 
    
   ­ ¿Qué pudo suceder entonces? ­ inquirió Alicia. 
    
   ­ Durante años he tenido una teoría que ni yo mismo creía. Ahora todo parece confirmarla...

    "Fui   el   único   superviviente   del   naufragio   del   Orpheus.   Sin   embargo,   al   recuperar   el 
conocimiento en el hospital, comprendí que algo extraño había sucedido. Decidí construir este 
faro y quedarme a vivir en este lugar, pero esa parte de la historia ya la conocéis. Sabía que 
aquella   noche   no   significaba   la   desaparición   del   Dr.   Caín,   sino   un   paréntesis.   Por   eso   he 
permanecido aquí todos estos años. Con el tiempo, cuando los padres de Roland murieron, yo 
me hice cargo de él y él, a cambio, ha sido mi única compañía en mi exilio. 
  
   Pero eso no es todo. Con los años cometí otro error fatal. Me puse en contacto con Eva Gray. 
Supongo que quería saber si todo por lo que había pasado tenía algún sentido. Fleischmann se 
adelantó a mí y, al conocer mi paradero, vino a visitarme. Le expliqué lo sucedido y aquello 
pareció   liberarle   de   todos   los   fantasmas   que   le   habían   atormentado   durante   años.   Decidió 
construir la casa de la playa y poco después nació el pequeño Jacob. Fueron los mejores años 
en la vida de Eva. Hasta la muerte del niño. 
  
      El  día  que  Jacob   Fleischmann  se   ahogó,  supe  que  el  Príncipe  de  la   Niebla   no   se  había 
marchado jamás. Había permanecido en la sombra, esperando,sin prisa, a que alguna fuerza le 
trajese de nuevo al mundo de los vivos. Y nada tiene tanta fuerza como una promesa"... 
Capítulo once

   Cuando el viejo farero hubo finalizado su relato, el reloj de Max indicaba que apenas faltaban 
unos minutos para las cinco de la tarde. Afuera, una débil llovizna había empezado a caer sobre 
la bahía y el viento que venía del mar golpeaba con insistencia los postigos de las ventanas de la 
casa del faro. 
    
   Se acerca una tormenta ­ dijo Roland, oteando el horizonte plomizo sobre el océano. 
    
   ­ Max, tendríamos que volver a casa. Papá llamará pronto ­ murmuró Alicia. 
  
    Max asintió sin demasiada convicción. Necesitaba considerar cuidadosamente todo lo que el 
anciano había explicado y tratar de encajar las piezas del rompecabezas. El anciano, al que el 
esfuerzo por recordar su historia parecía haber sumido en un silencio apático, miraba al vacío 
desde su butaca, ausente. 

   ­ Max...  insistió Alicia. 
  
   Max se incorporó y dirigió un saludo silencioso al anciano, que le correspondió con un mínimo 
asentimiento. Roland observó al viejo farero durante unos segundos y luego acompañó a sus 
amigos al exterior. 
    
   ­ ¿Y ahora qué? ­ preguntó Max. 
    
   ­ Yo no sé qué pensar ­ afirmó Alicia, encogiéndose de hombros. 
    
   ­ ¿No crees la historia del abuelo de Roland? ­ inquirió Max. 
    
   ­ No es una historia fácil de creer ­ repuso Alicia ­. Tiene que haber otra explicación. 
  
   Max dirigió una mirada inquisitiva a Roland. 
    
   ­ ¿Tú tampoco crees a tu abuelo, Roland? 
    
     ­ ¿Quieres que te sea sincero? ­ respondió el muchacho ­. No lo sé. Venga. Os acompaño 
antes de que la tormenta se nos caiga encima. 
  
   Alicia montó en la bicicleta de Roland y, sin más palabras, ambos emprendieron el camino de 
vuelta. Max se volvió un instante a contemplar la casa del faro y trató de imaginar si era posible 
que los años de soledad en aquel acantilado hubiesen podido llevar a Víctor Kray a urdir aquella 
siniestra historia que él parecía creer a pies juntillas. Dejó que la llovizna fresca le impregnase el 
rostro y montó en su bicicleta, cuesta abajo. 

   La historia de Caín y Víctor Kray permanecía viva en su mente mientras en filaba la carretera 
que bordeaba la bahía. Pedaleando bajo la lluvia, Max empezó a ordenar los hechos del único 
modo que le resultaba plausible. Suponiendo que todo lo relatado por el anciano fuera cierto, lo 
cual no acababa de resultar fácil de aceptar, la situación quedaba sin aclarar. Un poderoso mago 
sumido en un largo letargo parecía volver lentamente a la vida. Según ese principio, la muerte 
del pequeño Jacob Fleischmann había sido el primer signo de su retorno. Sin embargo, había 
algo en toda aquella historia que el farero había mantenido oculta largo tiempo que no encajaba 
en la mente de Max. 
                                        
     Los primeros relámpagos prendieron de escarlata el cielo y el viento empezó a escupir con 
fuerza gruesas gotas de lluvia contra el rostro de Max. Apretó el paso, aunque sus piernas aún 
no se habían recuperado del maratón matutino. Todavía le quedaban un par de kilómetros de 
camino hasta la casa de la playa. 

    Max comprendió que no sería capaz de aceptar simplemente las explicaciones del anciano y 
suponer   que   aquello   lo   explicaba   todo.   La   presencia   fantasmal   del   jardín   de   estatuas   y   los 
sucesos de aquellos primeros días en el pueblo evidenciaban que un siniestro mecanismo se 
había  puesto   en  marcha  y  que  nadie  podía   predecir  lo  que   iba  a  suceder  a  partir  de   aquel 
momento.   Con   la   ayuda   de   Roland   y   Alicia   o   sin   ella,   Max   estaba   determinado   a   seguir 
investigando hasta llegar al fondo de la verdad, empezando por lo único que parecía conducir 
directamente   al   centro   de   aquel   enigma:   las   películas   de   Jacob   Fleischmann.   Cuantas   más 
vueltas le daba a la historia, más se convencía Max de que Víctor Kray no les había contado toda 
la verdad. Ni mucho menos. 

  Alicia y Roland esperaban bajo el porche de la casa de la playa cuando Max, empapado por la 
lluvia, dejó la bicicleta en el cobertizo del garaje y corrió a refugiarse del fuerte aguacero.
    
     ­ Ya es la segunda vez en lo que va de semana ­ rió Max ­. A este paso, encogeré. ¿No 
pensarás volver ahora, verdad, Roland? 
    
   ­ Me temo que sí ­ contestó Roland observando la densa cortina de agua que caía con furia ­. 
No quiero dejar solo al abuelo. 
    
   ­ Coge al menos un chubasquero. Vas a coger una pulmonía ­ indicó Alicia. 
    
      ­  No   lo  necesito.  Estoy  acostumbrado.  Además,   esta   es  una   tormenta  de  verano.   Pasará 
rápido. 
    
   ­ La voz de la experiencia ­ bromeó Max. 

   ­ Pues sí ­ remató Roland. 
  
   Los tres amigos intercambiaron una mirada en silencio. 
    
    ­ Creo que lo mejor es no volver a hablar del tema hasta mañana ­ sugirió Alicia. Una buena 
noche de sueño nos ayudará a verlo todo mucho más claro. O eso es lo que se dice siempre. 
    
   ­ ¿Y quién va a dormir esta noche después de una historia así? ­ soltó Max. 
    
   ­ Tu hermana tiene razón ­ dijo Roland. 
    
   ­ Pelota ­ atajó Max. 
    
     ­ Cambiando de tema, mañana pensaba volver al barco a bucear. A lo mejor recupero el 
sextante que a alguien se le cayó ayer... ­ explicó Roland. 
  
   Max estaba articulando en su mente una respuesta demoledora para dejar claro que no creía 
que fuese una buena idea ir a bucear al Orpheus de nuevo, pero Alicia se adelantó. 
    
   ­ Allí estaremos ­ murmuro. 
  
   Un sexto sentido le dijo a Max que aquel plural era pura cortesía. 

   ­ Hasta mañana, entonces ­ contestó Roland, los ojos brillantes sobre Alicia. 
    
   ­ Estoy aquí ­ dijo Max, con voz cantarina. 
    
   ­ Hasta mañana, Max ­ dijo Roland, ya de camino a la bicicleta. 
  
   Los dos hermanos vieron partir a Roland en la tormenta y permanecieron bajo el porche hasta 
que su silueta se desvaneció en la carretera de la playa. 
    
   ­ Deberías ponerte ropa seca, Max. Mientras te cambias prepararé algo de cena ­ sugirió Alicia. 
    
   ­ ¿Tú? ­ espetó Max ­. Tú no sabes cocinar. 
    
   ­ ¿Quién te ha dicho que pienso cocinar, señorito? Esto no es un hotel. Adentro ­ ordenó Alicia, 
con una sonrisa maliciosa en los labios. 

   Max optó por seguir los consejos de su hermana y entró en la casa. La ausencia de Irina y de 
sus padres acentuaba aquella sensación de ser un intruso en un hogar extraño que la casa de la 
playa le había inspirado desde el primer día. Mientras ascendía la escalera en dirección a su 
habitación, reparó por un instante en el hecho de que desde hacía un par de días no había visto 
al repelente felino de Irina. No le pareció que aquella fuese una gran pérdida y, tal como la idea 
le había venido a la mente, olvidó el detalle. 

   Fiel a su palabra, Alicia no perdió en la cocina un segundo más de lo estrictamente necesario. 
Preparó unas rodajas de pan de centeno con mantequilla, mermelada y dos vasos de leche. 
  
   Cuando Max reparó en la bandeja de la supuesta cena, la expresión de su rostro habló por sí 
sola. 
    
   ­ Ni una palabra ­ amenazó Alicia ­. No he venido a este mundo para cocinar.
    
   ­ No lo jures ­ replicó Max, quien de todos modos no tenía demasiado apetito. 
  
   Cenaron en silencio a la espera de que el teléfono sonara en cualquier momento con noticias 
del hospital, pero la llamada no se produjo. 
  
   ­ Tal vez han llamado antes, cuando estábamos en el faro ­ sugirió Max. 
    
   ­ Tal vez ­ murmuró Alicia. 
  
   Max leyó el semblante preocupado de su hermana. 
    
   ­ Si algo hubiese pasado ­ argumentó Max ­, habrían vuelto a llamar. Todo irá bien. 
  
     Alicia le sonrió débilmente, confirmando a Max en su innata habilidad para reconfortar a los 
demás con razonamientos que ni él mismo se creía. 
    
   ­ Supongo que sí ­ confirmó Alicia ­. Creo que me voy a ir a dormir. ¿Y tú? 
  
   Max apuró su vaso y señaló la cocina.
    
   ­ En seguida iré, pero antes comeré algo más. Estoy hambriento ­ mintió. 
  
   En cuanto escuchó cerrarse la puerta de la habitación de Alicia, Max dejó el vaso y se dirigió 
hasta el cobertizo del garaje, en busca de más películas de la colección particular de Jacob 
Fleischmann. 

   Max giró el interruptor del proyector y el haz de luz inundó la pared con una imagen borrosa de 
lo   que   parecía   ser   un   conjunto   de   símbolos.   Lentamente,   el   plano   adquirió   foco   y   Max 
comprendió que los supuestos símbolos no eran más que cifras dispuestas en círculos y que 
estaba viendo la esfera de un reloj. Las agujas del reloj estaban inmóviles y proyectaban una 
sombra perfectamente definida sobre la esfera, lo cual permitía suponer que el plano estaba 
rodado a pleno sol o bajo una fuente luminosa intensa.  La película continuaba mostrando la 
esfera durante unos segundos hasta que, muy lentamente al inicio y adquiriendo una velocidad 
progresiva, las agujas del reloj empezaron a girar en sentido inverso. La cámara retrocedía y el 
ojo del espectador podía comprobar que aquel reloj pendía de una cadena. Un nuevo retroceso 
de un metro y medio revelaba que la cadena pendía de una mano blanca. La mano de una 
estatua. 
  
   Max reconoció al instante el jardín de estatuas que ya aparecía en la primera película de Jacob 
Fleischmann que habían visionado días atrás. Una vez más, la disposición de las estatuas era 
diferente a la que Max recordaba. La cámara empezaba a moverse de nuevo a través de las 
figuras, sin cortes ni pausas, al igual que en la primera película. Cada dos metros el objetivo de 
la   cámara   se   detenía   frente   al   rostro   de   una   de   las   estatuas.   Max   examinó   uno   a   uno   los 
semblantes congelados de aquella siniestra banda circense, a cuyos miembros podía imaginar 
ahora pereciendo en la oscuridad absoluta de las bodegas del Orpheus mientras el agua helada 
les arrebataba la vida. 

   Finalmente la cámara se fue aproximando lentamente a la figura que coronaba el centro de la 
estrella de seis puntas. El payaso. El Dr. Caín. El Príncipe de la Niebla. Junto a él, a sus pies, 
Max reconoció la figura inmóvil de un gato que alargaba una garra afilada al vacío. Max, que no 
recordaba haberlo visto en su visita al jardín de estatuas, hubiera apostado doble a nada que la 
inquietante semejanza del felino de piedra con la mascota que Irina había adoptado el primer día 
en la estación no era fruto de la casualidad. Al contemplar aquellas imágenes mientras el sonido 
de la lluvia golpeaba en los cristales y la tormenta se alejaba tierra adentro, resultaba muy fácil 
dar   crédito   a   la   historia   que   el   farero   les   había   relatado   aquella   misma   tarde.   La   siniestra 
presencia de aquellas siluetas amenazantes bastaba para acallar cualquier duda por razonable 
que fuese. 

   La cámara se acercó hasta el rostro del payaso, se detuvo a apenas medio metro y permaneció 
allí durante varios segundos. Max echó un vistazo a la bobina y comprobó que la película estaba 
llegando a su fin y que apenas restaban un par de metros por visionar. Un movimiento en la 
pantalla   recobró   su   atención.   El   rostro   de   piedra   se   estaba   moviendo   de   un   modo   casi 
imperceptible. Max se incorporó y caminó hasta la pared donde se proyectaba la película. Las 
pupilas de aquellos ojos de piedra se dilataron y los labios de piedra se arquearon lentamente en 
una cruel sonrisa, hasta revelar una larga hilera de dientes largos y afilados como los de un lobo. 
Max sintió cómo se le hacía un nudo en la garganta. 
  
   Segundos después, la imagen se desvaneció y Max escuchó el ruido de la bobina del proyector 
girando sobre sí misma. La película había terminado. 

     Max apagó el proyector y respiró profundamente. Ahora creía todo lo que Víctor Kray había 
dicho, pero eso no le hacía sentirse mejor, sino todo lo contrario. Subió a su cuarto y cerró la 
puerta a su espalda. A través de la ventana, a lo lejos, podía entrever el jardín de estatuas. Una 
vez más, la silueta del recinto de piedra estaba su mergida en una niebla densa e impenetrable. 
  
     Aquella noche, sin embargo, la tiniebla danzante no provenía del bosque, sino que parecía 
emanar de su propio interior. 

    Minutos después, mientras luchaba por conciliar el sueño y apartar de su mente el rostro del 
payaso, Max imaginó que aquella niebla no era sino el aliento helado del Dr. Caín, que esperaba 
sonriente la hora de su retorno. 
                                        

Capítulo doce

   A la mañana siguiente, Max despertó con la sensación de tener la cabeza llena de gelatina. Lo 
que se adivinaba desde su ventana prometía un día resplandeciente y soleado. Se incorporó 
perezosamente y tomó su reloj de bolsillo de la mesita. Lo primero que pensó fue que el reloj 
estaba averiado. Se lo llevó al oído y comprobó que el mecanismo funcionaba a la perfección, 
luego era él quien había perdido el rumbo. Eran las doce del mediodía. 

   Saltó de la cama y se precipitó escaleras abajo. Sobre la mesa del comedor había una nota. La 
tomó y leyó la caligrafía afilada de su hermana. 
  
     Buenos días, bella durmiente. Cuando leas esto ya estaré en la playa con Roland. Te he 
tomado prestada la bicicleta, espero que no te importe. Como he visto que anoche estuviste "de 
cine" no te he querido despertar. Papá ha llamado a primera hora y dice que todavía no saben 
cuándo podrán volver a casa. Irina sigue igual, pero los médicos dicen que es probable que 
salga del coma en unos días. He convencido a papá para que no se preocupe por nosotros (y no 
ha sido fácil). 
   Por cierto, no hay nada para desayunar. 
   Estaremos en la playa. Felices sueños... 
   Alicia. 

   Max releyó tres veces la nota antes de dejarla de nuevo en la mesa. Corrió escaleras arriba y 
se lavó la cara a toda prisa. Se enfundó un bañador y una camisa azul y se dirigió al cobertizo 
para coger la otra bicicleta. Antes de llegar al camino de la playa, su estómago pedía a gritos que 
se le administrase su dosis matutina. Al llegar al pueblo, desvió su camino y puso rumbo al horno 
de la plaza del ayuntamiento. Los olores que se percibían a cincuenta metros del establecimiento 
y los consiguientes crujidos de aprobación de su estómago le confirmaron que había tomado la 
decisión adecuada. Tres magdalenas y dos chocolatinas más tarde emprendió el camino hacia la 
playa con la sonrisa de un bendito estampada en el rostro. 

     La bicicleta de Alicia reposaba sobre el caballete al pie del camino que conducía a la playa 
donde Roland tenía su cabaña. Max dejó su bicicleta junto a la de su hermana y pensó que, 
aunque   el   pueblo   no   parecía   ser   un   centro   de   rateros,   no   estaría   de   más   comprar   unos 
candados. Max se paró a observar el faro en lo alto del acantilado y luego se dirigió hacia la 
playa. Un  par de  metros antes de dejar la  senda  de  hierbas  altas  que  desembocaban en la 
pequeña bahía se detuvo. 
 
    En la orilla de la playa, a una veintena de metros del punto donde se encontraba Max, Alicia 
estaba tendida a medio camino entre el agua y la arena. Inclinado sobre ella, Roland, que tenía 
su   mano   sobre   el  costado   de   su   hermana,   se   acercó   a   Alicia   y   la   besó  en   los   labios.   Max 
retrocedió un metro y se ocultó tras las hierbas, esperando no haber sido visto. Permaneció allí 
inmóvil   durante   un   par   de   segundos,   preguntándose   qué   debía   hacer   ahora.   ¿Aparecer 
caminando como un estúpido sonriente y dar los buenos días? ¿O irse a dar un paseo? 

     Max no se tenía por un espía, pero no pudo reprimir el impulso de mirar de nuevo entre los 
tallos  salvajes  hacia  su hermana  y  Roland.  Podía  escuchar  sus  risas  y  comprobar  cómo  las 
manos de Roland recorrían tímidamente el cuerpo de Alicia, con un tembleque que indicaba que 
aquella   era,   a   lo   sumo,   la   primera   o   segunda   vez   que   se   veía   en   un   lance   de   tamaña 
envergadura.   Se   preguntó   si   también   para   Alicia   era   la   primera   vez   y,   para   su   sorpresa, 
comprobó que era incapaz de hallar una respuesta a esa incógnita. Aunque había compartido 
toda su vida bajo el mismo techo, su hermana Alicia era un misterio para él. 

   Verla allí, tendida en la playa, besando a Roland, le resultaba desconcertante y completamente 
inesperado. Había intuido desde el principio que entre Roland y ella había una clara corriente 
recíproca,  pero   una  cosa  era  imaginarlo  y  otra,   muy distinta,   verlo  con  sus  propios  ojos.   Se 
inclinó una vez más a mirar y sintió de pronto que no tenía derecho a estar allí, y que aquel 
momento pertenecía sólo a su hermana y a Roland. Silenciosamente, rehizo sus pasos hasta la 
bicicleta y se alejó de la playa. 

     Mientras lo hacía, se preguntó a sí mismo si tal vez estaba celoso. Quizá fuera tan sólo el 
hecho de haber pasado años pensando que su hermana era una niña grande, sin secretos de 
ningún tipo, y que, por supuesto, no andaba por ahí besando a la gente. Por un segundo se rió 
de su propia ingenuidad y poco a poco empezó a alegrarse de lo que había visto. No podía 
predecir lo que sucedería la semana siguiente, ni qué traería consigo el fin del verano, pero aquel 
día Max estaba seguro de que su hermana se sentía feliz. Y eso era mucho más de lo que se 
había podido decir de ella en muchos años. 

    Max pedaleó de nuevo hasta el centro del pueblo y detuvo su bicicleta junto al edificio de la 
biblioteca municipal. En la entrada había un viejo mostrador de cristal donde se anunciaban los 
horarios públicos y otros comunicados, incluyendo la cartelera mensual del único cine en varios 
kilómetros a la redon da y un mapa del pueblo. Max centró su atención en el mapa y lo estudió 
con detenimiento. La fisonomía del pueblo respondía más o menos al modelo mental que se 
había hecho. 

   El mapa mostraba con todo detalle el puerto, el centro urbano, la playa norte donde los Carver 
tenían su casa, la bahía del Orpheus y el faro, los campos deportivos junto a la estación y el 
cementerio municipal. Una chispa se encendió en su mente. El cementerio municipal. ¿Por qué 
no había pensado antes en ello? Consultó su reloj y comprobó que pasaban diez minutos de las 
dos de la tarde. Tomó su bicicleta y enfiló la rambla principal del pueblo, camino del interior, hacia 
el pequeño cementerio donde esperaba encontrar a Jacob Fleischmann. 

    El cementerio del pueblo era un clásico recinto rectangular que se alzaba al final de un largo 
camino ascendente flanqueado por altos cipreses. Nada especialmente original. Los muros de 
piedra   estaban   moderadamente   envejecidos   y   el   lugar   ofrecía   el   habitual   aspecto   de   los 
cementerios de pequeños pueblos donde, a excepción de un par de días al año, sin contar los 
entierros   locales,   las   visitas   eran   escasas.   Las   verjas   estaban   abiertas   y   un   cartel   metálico 
cubierto de óxido anunciaba que el horario público era de nueve a cinco de la tarde en verano y 
ocho a cuatro en invierno. Si había algún vigilante, Max no supo verlo. 

   De camino hacia allí, había especulado con la idea de hallar un lúgubre y siniestro lugar, pero 
el sol reluciente de principio de verano le confería el aspecto de un pequeño claustro, tranquilo y 
vagamente triste. 
  
   Max dejó la bicicleta apoyada en el muro exterior y se adentró en el camposanto. El cementerio 
parecía estar poblado por modestos mausoleos que probablemente pertenecían a las familias de 
mayor tradición local y alrededor se alzaban paredes de nichos de más reciente construcción. 

   Max se había planteado la posibilidad de que tal vez los Fleischmann hubiesen preferido en su 
momento enterrar al pequeño Jacob lejos de allí, pero su intuición le decía que los restos del 
heredero del doctor Fleischmann reposaban en el mismo pueblo que lo había visto nacer. Max 
necesitó casi media hora para dar con la tumba de Jacob, en un extremo del cementerio a la 
sombra de dos viejos cipreses. Se trataba de un pequeño mausoleo de piedra al que el tiempo y 
las lluvias habían otorgado cierto deje de abandono y olvido. La construcción se erguía en forma 
de  una estrecha  caseta  de mármol  ennegrecido y  mugriento con un portón forjado en  hierro 
flanqueado por las estatuas de dos ángeles que alzaban una mirada lastimera al cielo. Entre los 
barrotes oxidados del portón todavía se conservaba un manojo de flores secas desde tiempo 
inmemorial.
  
     Max sintió que aquel lugar proyectaba un aura patética y, aunque resultaba evidente que en 
mucho tiempo no había sido visitado, los ecos del dolor y la tragedia parecían todavía recientes. 
Max se adentró en el pequeño camino de losas que conducía hasta el mausoleo y se detuvo en 
el umbral. El portón estaba entreabierto y un intenso olor a cerrado exhalaba del interior. A su 
alrededor,   el   silencio   era   absoluto.   Dirigió   una   última   mirada   a   los   ángeles   de   piedra   que 
custodiaban la tumba de Jacob Fleischmann y entró, consciente de que, si esperaba un minuto 
más, se marcharía de aquel lugar a toda prisa. 

     El interior del mausoleo estaba sumido en la penumbra y Max pudo vislumbrar un rastro de 
flores marchitas en el suelo que acababa al pie de una lápida, sobre la que el nombre Jacob 
Fleischmann había sido esculpido en relieve. Pero había algo más. Bajo el nombre, el símbolo de 
la estrella de seis puntas sobre el círculo presidía la losa que 
guardaba los restos del niño. 
                                        
   Max experimentó un desagradable hormigueo en la espalda y se preguntó por primera vez por 
que había acudido a aquel lugar solo. A su espalda, la luz del sol pareció palidecer débilmente. 
Max   extrajo   su   reloj   y   consultó   la   hora,   barajando   la   absurda   idea   de   que   tal   vez   se   había 
entretenido más de la cuenta y el guardián del cementerio había cerrado las puertas dejándole 
atrapado en el interior. Las agujas de su reloj indicaban que pasaban un par de minutos de las 
tres de la tarde. Max inspiró profundamente y se tranquilizó. 

     Echó un último vistazo y, tras comprobar que no había nada allí que le aportase nueva luz 
sobre la historia del Dr. Caín, se dispuso a marcharse. Fue entonces cuando advirtió que no 
estaba solo en el interior del mausoleo y que una silueta oscura se movía en el techo,avanzando 
sigilosamente como un insecto.

   Max sintió cómo su reloj resbalaba entre el sudor frío de sus manos y alzó la vista. Uno de los 
ángeles de piedra que había visto a la entrada caminaba invertido sobre el techo. La figura se 
detuvo y, contemplando a Max, mostró una sonrisa canina y extendió un afilado dedo acusador 
hacia él. Lentamente, los rasgos de aquel rostro se transformaron y la fisonomía familiar del 
payaso que enmascaraba al Dr. Caín afloró a la superficie. Max pudo leer una rabia y un odio 
ardientes en su mirada. Quiso correr hacia la puerta y huir, pero sus miembros no respondieron. 
Tras   unos   instantes,   la   aparición   se   desvaneció   en   la   sombra   y   Max   permaneció   paralizado 
durante cinco largos segundos. 

   Una vez recuperado el aliento, corrió a la salida sin detenerse a mirar atrás hasta que se montó 
en su bicicleta y hubo puesto cien metros de distancia entre él y la verja del cementerio. Pedalear 
sin descanso le ayudó a recuperar paulatinamente el control de sus nervios. Comprendió que 
había sido objeto de un truco, de una macabra manipulación de sus propios temores. Aun así, la 
idea de volver allí a recuperar su reloj de momento estaba fuera de discusión. Recobrada la 
calma,   Max   emprendió  de   nuevo   el   camino   hacia   la   bahía.   Pero   esta   vez  no   buscaba   a   su 
hermana Alicia y a Roland, sino al viejo farero para el cual tenía reservadas algunas preguntas.

     El anciano escuchó lo sucedido en el cementerio con suma atención. Al término del relato, 
asintió gravemente e indicó a Max que tomase asiento junto a él. 
    
   ­ ¿Puedo hablarle con franqueza? ­ preguntó Max. 
    
   ­ Espero que lo hagas, jovencito ­ respondió el anciano ­. Adelante. 
    
   ­ Tengo la impresión de que ayer no nos explicó usted todo lo que sabe. Y no me pregunte por 
qué creo eso. Es una corazonada ­ dijo Max. 
  
   El rostro del farero permaneció imperturbable. 
    
   ­ ¿Qué más crees, Max? ­ preguntó Víctor Kray. 
    
    ­ Creo que ese tal Dr. Caín, o quien quiera que sea, va a hacer algo. Muy pronto ­ continuó 
Max ­. Y creo que todo lo que está sucediendo estos días no son más que signos de lo que ha 
de venir. 
    
   ­ Lo que ha de venir ­ repitió el farero ­. Es un modo interesante de expresarlo, Max. 
    
    ­ Mire, señor Kray ­ cortó Max ­, acabo de llevarme un susto de muerte. Hace ya varios días 
que están sucediendo cosas muy extrañas y estoy seguro de que mi familia, usted, Roland y yo 
mismo corremos algún peligro. Lo último que estoy dispuesto a aguantar son más misterios. 
  
   El anciano sonrió. 
    
     ­ Así me gusta. Directo y contundente ­ rió Víctor Kray sin convicción ­. Verás, Max, si os 
expliqué ayer la historia del Dr. Caín no fue para divertiros ni para recordar viejos tiempos. Lo 
hice para que supieseis lo que está sucediendo y os andaseis con cuidado. Tú llevas unos días 
preocupado; yo llevo veinticinco años en este faro con un único propósito: vigilar a esa bestia. Es 
el único  propósito  de mi vida. Yo  también  te seré  franco, Max.  No  voy a echar por la borda 
veinticinco años porque un chaval recién llegado decida jugar a los detectives. Tal vez no debí 
haberos dicho nada. Tal vez lo mejor es que olvides cuanto te dije y te alejes de esas estatuas y 
de mi nieto. 
  
   Max quiso protestar, pero el farero alzó la mano, indicándole que no abriese la boca. 
    
   ­ Lo que os conté es más de lo que necesitáis saber ­ sentenció Víctor Kray ­. No fuerces las 
cosas, Max. Olvídate de Jacob Fleischmann y quema estas películas hoy mismo. Es el mejor 
consejo que puedo darte. Y ahora, jovencito, largo de aquí. 

   Víctor Kray observó cómo Max se alejaba camino abajo en su bicicleta. Había tenido palabras 
duras e injustas con el muchacho, pero en el fondo de su alma creía que aquello era lo más 
prudente que podía hacer. El chico era inteligente y no le había podido engañar. Sabía que les 
estaba  ocultando algo  pero  incluso así  no podía  llegar a comprender la envergadura  de ese 
secreto. Los acontecimientos se estaban precipitando y, después de cinco lustros, el temor y la 
angustia por la nueva venida del Dr. Caín se materializaban ante él en el ocaso de su vida, 
cuando más débil y solo se sentía. 

    Víctor Kray trató de apartar de su mente el amargo recuerdo de toda una existencia unida a 
aquel personaje siniestro, desde el sucio suburbio de su infancia hasta su prisión en el faro. El 
Príncipe de la Niebla le había arrebatado al mejor amigo de su infancia, a la única mujer que 
había amado y, finalmente, le había robado cada minuto de su larga madurez, convirtiéndole en 
su sombra. Durante las interminables noches en el faro acostumbraba a imaginar cómo podría 
haber sido su vida si el destino no hubiese decidido cruzar en su camino a aquel poderoso mago. 
Ahora sabía que los recuerdos que le acompañarían en sus últimos años de vida serían sólo las 
fantasías de la biografía que nunca vivió. 

    Su única esperanza ahora estaba en Roland y en la firme promesa que se había hecho a sí 
mismo de brindarle un futuro alejado de aquella pesadilla. Quedaba ya muy poco tiempo y sus 
fuerzas no eran las que le habían sustentado años atrás. En apenas dos días se cumplirían los 
veinticinco años de la noche en que el Orpheus había naufragado a escasos metros de allí y 
Víctor Kray podía sentir cómo Caín cobraba mayor poder a cada minuto que pasaba. 

      El   anciano   se   acercó  a   la   ventana   y   contempló   la   silueta   oscura   del   casco   del   Orpheus 
sumergido en las aguas azules de la bahía. Todavía quedaban unas horas de sol antes de que 
oscureciese y cayera la que podía ser su última noche en la atalaya del faro. 

   Cuando Max entró en la casa de la playa, la nota de Alicia seguía sobre la mesa del comedor, 
lo que indicaba que su hermana aún no había vuelto y estaba todavía en compañía de Roland. 
La soledad reinante en la casa se sumó a la que sentía en su interior en aquel momento. Todavía 
resonaban   en   su   mente   las   palabras   del   anciano.   Aunque   el   trato   que   el   farero   le   había 
dispensado le había dolido, Max no sentía resentimiento alguno hacia él. Tenía la certeza de que 
el   farero   ocultaba   algo;   pero   estaba   seguro   de   que,   si   procedía   de   aquel   modo,tenía   una 
poderosa razón para hacerlo. Subió a su habitación y se tendió en la cama, pensando que aquel 
asunto le venía grande y que, aunque las piezas del enigma estaban a la vista, se sentía incapaz 
de encontrar la manera de encajarlas. 
  
   Tal vez debía seguir los consejos de Víctor Kray y olvidar todo el asunto, aunque fuera sólo por 
unas horas. Miró en la mesita de noche y vio que el libro de Copérnico seguía allí, después de 
unos días de abandono, como un antídoto racional a todos los enigmas que le circundaban. 
Abrió   el   libro   por   el   punto   en   que   había   dejado   su   lectura   e   intentó   concentrarse   en   las 
disquisiciones   sobre   el   rumbo   de   los   planetas   en   el   cosmos.   Probablemente,   la   ayuda   de 
Copérnico le habría venido de perlas para desbrozar la trama de aquel misterio. Pero, una vez 
más,   parecía   evidente   que   Copérnico   había   elegido   la   época   equivocada   para   pasar   sus 
vacaciones en el mundo. En un universo infinito, había demasiadas cosas que escapaban a la 
comprensión humana. 

Capítulo trece

   Horas más tarde, cuando Max ya hubo cenado y apenas le quedaban diez páginas por leer del 
libro,   el   sonido   de   las   bicicletas   entrando   en   el   jardín   delantero   llegó   hasta   sus   oídos.   Max 
escuchó el murmullo de las voces de Roland y Alicia susurrando durante casi una hora abajo en 
el porche. Cerca de la media noche, Max dejó el libro sobre la mesita de nuevo y apagó la 
lamparilla. Finalmente, oyó la bicicleta de Roland alejarse por el camino de la playa y los pasos 
de Alicia ascendiendo pausadamente la escalera. Los pasos de su hermana se detuvieron un 
instante frente a su puerta. Segundos después, continuaron unos metros hasta la habitación de 
Alicia. Escuchó cómo su hermana se tendía en la cama y dejaba los zapatos sobre el piso de 
madera. Recordó la imagen de Roland besando a Alicia aquella misma mañana en la playa y 
sonrió en la penumbra. Por una vez, estaba seguro de que su hermana tardaría mucho más que 
él en conciliar el sueño. 

   A la mañana siguiente, Max decidió madrugar más que el Sol y al alba ya estaba pedaleando 
en su bicicleta rumbo al horno del pueblo, con la intención de comprar un delicioso desayuno y 
evitar que Alicia preparase algo (pan con mermelada, mantequilla y leche) por su cuenta. De 
buena   mañana   el  pueblo   estaba   sumido   en   una   calma   que   le   recordaba   a   las   mañanas   de 
domingo en la ciudad. Apenas algunos caminantes silenciosos rompían el estado narcótico de 
las calles, en las que incluso las casas, con los postigos entornados, parecían dormidas. 

   A lo lejos, más allá de la bocana del puerto, los pocos barcos de pesca que formaban la flota 
local ponían proa mar adentro para no volver hasta el crepúsculo. El panadero y su hija, una 
rolliza jovencita de mejillas rosadas que hacía tres de su hermana Alicia, saludaron a Max y, 
mientras   le   servían   una   deliciosa   bandeja   de   bollos   recién   horneados,   se   interesaron   por   el 
estado de Irina. Las noticias volaban y, al parecer, el médico del pueblo hacía algo más que 
poner el termómetro en sus visitas a domicilio. 

      Max   consiguió   volver   a   la   casa   de   la   playa   mientras   el   desayuno   todavía   conservaba   el 
calorcillo irresistible de los pasteles aún humeantes. Sin su reloj no sabía a ciencia cierta qué 
hora era, aunque imaginaba que debían de faltar pocos minutos para las ocho. Ante la poco 
deseable   perspectiva   de   esperar   a   que   Alicia   se   despertase   para   poder   desayunar,   decidió 
adoptar un astuto ardid. Así, con la excusa del desayuno caliente, preparó una bandeja con las 
capturas del horno, leche y un par de servilletas, y subió hasta el cuarto de Alicia. Llamó a la 
puerta con los nudillos hasta que la voz somnolienta de su hermana contestó en un murmullo 
ininteligible. 
    
   ­ Servicio de habitaciones ­ dijo Max ­. ¿Puedo pasar? 
  
   Empujó la puerta y entró en la habitación. Alicia había sepultado la cabeza bajo una almohada. 
Max echó un vistazo a la habitación, la ropa colgada sobre las sillas y la galería de objetos 
personales de Alicia. La habitación de una mujer siempre resultaba un fascinante misterio para 
Max. 
    
   ­ Contaré hasta cinco ­ dijo Max ­ y luego empezaré a comerme el desayuno. 
  
   El rostro de su hermana asomó bajo la almohada, olfateando el aroma de la mantequilla en el 
aire. 

     Roland los esperaba en la orilla de la playa, ataviado con unos viejos pantalones a los que 
había cortado las perneras y que hacían las veces de traje de baño. Junto a él había un pequeño 
bote   de   madera   cuya   eslora   no   debía   de   alcanzar   los   tres   metros.   La   barca   parecía   haber 
pasado 30 años al sol varada en una playa y la madera había adquirido un tono grisáceo que las 
pocas manchas de pintura azul que aún no se habían desprendido a duras penas conseguían 
disimular. Con todo, Roland parecía admirar su bote como si se tratase de un yate de lujo. Y 
mientras los dos hermanos sorteaban las piedras de la playa en dirección a la orilla, Max pudo 
comprobar que Roland había escrito en la proa el nombre de la nave, Orpheus II, con pintura 
reciente, probablemente de aquella misma mañana. 
    
   ­ ¿Desde cuándo tienes una barca? ­ preguntó Alicia, señalando el raquítico esquife en el que 
Roland ya había cargado el equipo de buceo y un par de cestas de contenido misterioso. 
    
   ­ Desde hace tres horas. Uno de los pescadores del pueblo iba a desguazar el bote para hacer 
leña, pero le he convencido y me lo ha regalado a cambio de un favor ­ explicó Roland. 
    
   ­ ¿Un favor? ­ preguntó Max ­. Yo creo que el favor se lo has hecho tú a él. 
     
     ­ Puedes quedarte en tierra si lo prefieres ­ replicó Roland en tono burlón ­. Venga, todo el 
mundo a bordo. 
  
   La expresión "a bordo" resultaba un tanto inapropiada para la nave en cuestión, pero pasados 
quince metros, Max comprobó que sus previsiones de naufragio instantáneo no se cumplían. De 
hecho, el bote navegaba con firmeza al comando de cada boga de remo que Roland imprimía 
enérgicamente. 
    
   ­ He traído un pequeño invento que os va a sorprender ­ dijo Roland. 
  
   Max miró una de las cestas tapadas y  alzó la cubierta unos centímetros. 
    
   ­ ¿Qué es esto? ­ murmuró. 
    
   ­ Una ventana submarina ­ aclaró Roland ­. En realidad es una caja con un cristal en la base. Si 
lo apoyas en la superficie del agua, puedes ver el fondo sin sumergirte. Es como una ventana. 
  
   Max señaló a su hermana Alicia. 
    
   ­ Así al menos podrás ver algo ­ insinuó, con tono burlón. 
    
   ­ ¿Quién te ha dicho que pienso quedarme aquí? Hoy bajo yo ­ respondió Alicia. 

   ­ ¿Tú? ¡Si no sabes bucear! ­ exclamó Max, tratando de enfurecer a su hermana. 
    
     ­ Si llamas bucear a lo que hiciste el otro día, no ­ bromeó Alicia, sin recoger el hacha de 
guerra. 
  
   Roland siguió remando sin añadir cizaña a la discusión de los dos hermanos y detuvo el bote a 
unos   cuarenta   metros   de   la   orilla.   Bajo   ellos,   la   sombra   oscura   del   casco   del   Orpheus   se 
extendía en el fondo como la de un gran tiburón tendido en la arena, expectante. 
  
      Roland   abrió   una   de   las   cestas   y   extrajo   un   áncora   oxidada   unida   a   un   cabo   grueso   y 
visiblemente desgastado. A la vista de tamaños aparejos, Max supuso que todos aquellos saldos 
marinos venían con el lote que Roland había negociado para salvar el mísero bote de un fin 
digno y apropiado a su estado. 
    
      ­   ¡Cuidado,  que   salpico!   ­   exclamó  Roland   lanzando   al  mar  el  áncora,   cuyo  peso   muerto 
descendió en vertical y levantó una pequeña nube de burbujas, llevándose casi quince metros de 
cabo. 

   Roland dejó que la corriente arrastrase el bote un par de metros y ató el cabo del áncora a una 
pequeña anilla que pendía de la proa. El bote se meció suavemente con la brisa y el cabo se 
tensó, haciendo crujir la estructura del bote. Max echó un vistazo sospechoso a las junturas del 
casco. 
    
    ­ No se va a hundir, Max. Confía en mí ­ afirmó Roland, sacando la ventana submarina de la 
cesta y colocándola sobre el agua. 
    
   ­ Eso es lo que dijo el capitán del Titanic antes de zarpar ­ replicó Max. 
  
     Alicia se inclinó para mirar a través de la caja y vio por primera vez el casco del Orpheus 
descansando en el fondo.
    
   ­ ¡Es increíble! ­ exclamó ante el espectáculo submarino. 
  
   Roland sonrió complacido y le tendió unas gafas de buceo y unas aletas. 
    
   ­ Pues espera a verlo de cerca ­ dijo Roland, colocándole su equipo. 
  
    La primera en saltar al agua fue Alicia. Roland, sentado al borde del bote, dirigió una mirada 
tranquilizadora a Max. 
                                        
   ­ Tranquilo. La vigilaré. No le va a pasar nada ­ aseguró. 
  
    Roland saltó al mar y se reunió con Alicia, que esperaba a unos tres metros del bote. Ambos 
saludaron a Max y, segundos después, desaparecieron bajo la superficie. 

   Bajo el agua, Roland asió la mano de Alicia y la guió lentamente sobre los restos del Orpheus. 
La   temperatura   del   agua   había   descendido   ligeramente   desde   la   última   vez   que   se   habían 
sumergido   allí  y  el  enfriamiento   se   hacía   más  palpable   a   mayor   profundidad.   Roland  estaba 
habituado a ese fenómeno, que se producía eventualmente durante los primeros días del verano, 
especialmente cuando corrientes frías que venían de mar adentro fluían con fuerza por debajo 
de   los   seis   o   siete   metros   de   profundidad.   A   la   vista   de   la   situación,   Roland   decidió 
automáticamente que aquel día no permitiría que Alicia ni Max se sumergieran con él hasta el 
casco del Orpheus, ya habría días de sobra durante el resto del verano para intentarlo.

     Alicia y Roland nadaron a lo largo del buque hundido. Se detenían de vez en cuando para 
ascender a tomar aire y contemplar con calma el barco, que yacía en la medialuz espectral del 
fondo. Roland intuía la excitación de Alicia ante el espectáculo y no le quitaba el ojo de encima. 
Sabía que para bucear a gusto y con tranquilidad, debía hacerlo solo. 

   Cuando se zambullía con alguien, especialmente con novatos en la materia como lo eran sus 
nuevos amigos, no podía evitar asumir el papel de niñera submarina. Con todo, le satisfacía 
especialmente   compartir   con   Alicia   y  su   hermano   aquel   mágico   mundo   que   durante   años  le 
había pertenecido sólo a él. Se sentía como el guía de un museo embrujado acompañando a 
unos visitantes en un paseo alucinante por una catedral sumergida. 

   El panorama submarino, sin embargo, ofrecía otros alicientes. Le gustaba contemplar el cuerpo 
de Alicia moverse bajo el agua. A cada brazada, podía ver cómo los músculos del torso y las 
piernas se tensaban y su piel adquiría una palidez azulada. De hecho, se sentía más cómodo 
observándola así, cuando ella no advertía su mirada nerviosa. Subieron de nuevo a recuperar el 
aliento y comprobaron que el bote y la silueta inmóvil de Max a bordo estaban a más de veinte 
metros. Alicia le sonrió eufórica. Roland correspondió a su sonrisa, pero interiormente pensó que 
lo mejor sería volver al bote. 
    
   ­ ¿Podemos bajar al barco y entrar? ­ pregunto Alicia, con la respiración entrecortada. 
  
     Roland advirtió que los brazos y las piernas de la muchacha estaban recubiertos de piel de 
gallina. 
   ­ Hoy no ­ respondió . Volvamos al bote. 
  
   Alicia dejó de sonreír, intuyendo una sombra de preocupación en Roland. 
    
   ­ ¿Pasa algo, Roland? 
                             
   Roland sonrió plácidamente y negó. No quería hablar ahora de corrientes submarinas de cinco 
grados. En aquel momento, mientras Alicia daba sus primeras brazadas en dirección al bote, 
Roland sintió que el corazón le daba un vuelco. Una sombra oscura se movía en el fondo de la 
bahía,   a   sus   pies.   Alicia   se   volvió   a   mirarle.   Roland   le   indicó   que   siguiese   sin   detenerse   y 
sumergió la cabeza para inspeccionar el fondo. 

    Una silueta negra, semejante a la de un gran pez, nadaba sinuosamente alrededor del casco 
del Orpheus. Por un segundo, Roland pensó que se trataba de un tiburón, pero una segunda 
mirada le permitió comprender que estaba equivocado. Continuó nadando tras Alicia sin apartar 
la mirada de aquella forma extraña que parecía seguirlos. La silueta serpenteaba a la sombra del 
casco del Orpheus, sin exponerse directamente a la luz. Todo cuanto Roland podía distinguir era 
un cuerpo alargado, semejante al de una gran serpiente y una extraña luz parpadeante que lo 
envolvía   como   un   manto   de   reflejos  mortecinos.   Roland   miró  hacia   el   bote   y   comprobó  que 
todavía les separaban más de diez metros de él. La sombra bajo sus pies pareció cambiar su 
rumbo. Roland inspeccionó el fondo y comprobó que aquella forma estaba saliendo a la luz y, 
lentamente, ascendía hacia ellos. 
  
   Rogando que Alicia no la hubiese visto, aferró a la muchacha por el brazo y se lanzó a nadar 
con todas sus fuerzas hacia el bote. Alicia, alertada, le miró sin comprender. 
    
   ­ ¡Nada al bote! ¡Aprisa! ­ gritó Roland. 
  
     Alicia no comprendía lo que estaba sucediendo, pero el rostro de Roland había reflejado tal 
pánico que no se paró a pensar o a discutir e hizo lo que se le había ordenado. En el bote, el 
grito de Roland alertó a Max, que observó cómo su amigo y Alicia nadaban desesperadamente 
hacia él. Un instante después vio la sombra oscura ascendiendo bajo las aguas. 

   ­ ¡Dios mío! ­ murmuró, paralizado. 
                                     
    En el agua, Roland empujó a Alicia hasta sentir que la muchacha había tocado el casco del 
bote. Max se apresuró a asir a su hermana bajo los hombros y tirar de ella hacia arriba. Alicia 
batió las aletas con fuerza y con su impulso consiguió caer sobre Max en el interior del bote. 
Roland respiró profundamente y se dispuso a hacer lo mismo. Max le tendió su mano desde la 
barca, pero Roland pudo leer en el rostro de su amigo el terror ante lo que veía tras él. Roland 
sintió cómo su mano resbalaba por el antebrazo de Max y tuvo la corazonada de que no volvería 
a salir con vida del agua. Lentamente, un frío abrazo le agarró las piernas y, con una fuerza 
incontenible, le arrastró hacia las profundidades. 

   Superados los primeros instantes de pánico, Roland abrió los ojos y contempló qué era lo que 
le   llevaba   consigo   hacia   la   oscuridad   del   fondo.   Por   un   instante   creyó   ser   presa   de   una 
alucinación. Lo que veía no era una forma sólida, sino una extraña silueta formada por lo que 
parecía ser agua concentrada a muy alta densidad. Roland observó aquella delirante escultura 
móvil de agua que cambiaba constantemente de forma y trató de revolverse de su abrazo mortal. 

    La criatura de agua se retorció y el rostro fantasmal que había visto en sueños, el semblante 
del payaso, se volvió hacia él. El payaso abrió unas enormes fauces plagadas de colmillos largos 
y afilados como cuchillos de carnicero y sus ojos se agrandaron hasta adquirir el tamaño de un 
plato   de   té.   Roland   sintió   que   le   faltaba   el   aire.   Aquella   criatura,   fuera   lo   que   fuese,   podía 
moldear su apariencia a capricho y sus intenciones parecían claras: llevaba a Roland hacia el 
interior   del   buque   hundido.   Mientras   Roland   se   preguntaba   cuánto   tiempo   sería   capaz   de 
contener   la   respiración   antes   de   sucumbir   y   aspirar   agua,   comprobó   que   la   luz   había 
desaparecido a su alrededor. Estaba en las entrañas del Orpheus y la oscuridad circundante era 
absoluta.

    Max tragó saliva mientras se colocaba las gafas de buceo y se preparaba para saltar al agua 
en  busca  de  su  amigo  Roland.  Sabía que  el  intento  de  rescate  era  absurdo.  De entrada,  él 
apenas sabía bucear y, aun en el caso de que supiera, no quería ni imaginarse qué sucedería si 
una vez bajo el agua aquella extraña forma acuosa que había atrapado a Roland venía tras él. 
Sin embargo, no podía quedarse tranquilamente sentado en el bote y dejar morir a su amigo. 
Mientras   se   colocaba   las   aletas   su   mente   le   sugirió   mil   explicaciones   razonables   a   lo   que 
acababa de suceder. Roland había sufrido un calambre; un cambio de temperatura en el agua le 
había  provocado  un  ataque...   Cualquier  teoría  era  mejor  que  aceptar  que  lo  que  había  visto 
arrastrar a Roland a las profundidades era real. 

   Antes de zambullirse intercambió una última mirada con Alicia. En el rostro de su hermana se 
leía claramente la lucha entre la voluntad de salvar a Roland y el pánico de que su hermano 
corriese idéntica suerte. Antes de que el sentido común les disuadiese a ambos, Max saltó y se 
sumergió en las aguas cristalinas de la bahía. A sus pies, el casco del Orpheus se extendía 
hasta donde la visión se nublaba. Max aleteó hacia la proa del buque, en el lugar en que había 
visto perderse la silueta de Roland bajo el agua por última vez. A través de las fisuras del casco 
hundido,Max creyó ver luces parpadeantes que parecían desembocar en un débil remanso de 
claridad que emanaba de la brecha abierta por las rocas en la sentina veinticinco años atrás. 
Max se dirigió hacia aquella abertura del barco. Parecía que alguien hubiese prendido la llama 
de cientos de velas en el interior del Orpheus. 

   Cuando estuvo situado en vertical sobre la entrada a la nave, subió a la superficie a tomar aire 
y se sumergió de nuevo sin detenerse hasta alcanzar el casco. Descender aquellos diez metros 
resultó mucho más difícil de lo que había imaginado. A medio camino, empezó a experimentar 
una dolorosa presión en los oídos que le hizo temer que sus tímpanos estallarían bajo el agua. 
Cuando alcanzó la corriente fría, los músculos de todo el cuerpo se le tensaron como cables de 
acero y tuvo que batir las aletas con todo su empeño para evitar que la corriente le arrastrase 
igual que a una hoja seca. Max se aferró con fuerza al borde del casco y luchó por calmar sus 
nervios. Los pulmones le ardían y sabía que estaba a un paso del pánico. Miró a la superficie y 
vio el diminuto casco del bote, infinitamente lejano. Comprendió que si no actuaba ahora, de 
nada habría servido bajar hasta allí. 
  
   La claridad parecía provenir del interior de las bodegas y Max siguió aquel rastro que revelaba 
el fantasmal espectáculo del buque hundido y lo hacía aparecer como una macabra catacumba 
submarina.   Recorrió   un   pasillo   en   el   que   jirones   de   lona   raída   flotaban   suspendidos   como 
medusas. En el extremo del corredor Max distinguió una compuerta semiabierta, tras la cual 
parecía ocultarse la fuente de aquella luz. Ignorando las repulsivas caricias de la lona podrida 
sobre su piel, asió la manilla de la compuerta y tiró con toda la fuerza que fue capaz de reunir. 

     La compuerta daba a uno de los depósitos principales de la bodega. En el centro, Roland 
luchaba por zafarse del abrazo de aquella criatura de agua que ahora había adoptado la forma 
del payaso del jardín de estatuas. La luz que Max había visto emanaba de sus ojos crueles y 
desproporcionadamente grandes para su rostro. Max irrumpió en el interior de la bodega y la 
criatura alzó la cabeza y le miró. Max sintió el impulso instintivo de huir a toda prisa, pero la 
visión de su amigo atrapado le obligó a enfrentarse a aquella mirada de rabia enloquecida. La 
criatura cambió de rostro y Max reconoció al ángel de piedra del cementerio local. 

   El cuerpo de Roland dejó de retorcerse y quedó inerte. La criatura le soltó y Max, sin esperar la 
reacción de la criatura, nadó hasta su amigo y lo cogió por el brazo. Roland había perdido el 
conocimiento. Si no lo sacaba a la superficie en unos segundos, perdería la vida. Max tiró de su 
amigo hasta la compuerta. En aquel momento, la criatura en forma de ángel y rostro de payaso 
de largos colmillos se lanzó sobre él, extendiendo dos afiladas garras. Max alargó el puño y 
atravesó el rostro de la criatura. No era más que agua, tan fría que el solo contacto con la piel 
producía un dolor ardiente. Una vez más, el Dr. Caín estaba mostrando sus trucos. 
  
     Max retiró su brazo y la aparición se desvaneció y con ella, su luz. Max, apurando el poco 
aliento que le quedaba en los pulmones, arrastró a Roland por el corredor de la bodega hasta el 
exterior del casco. Cuando llegaron allí, sus pulmones parecían a punto de estallar. Incapaz de 
contener un segundo más la respiración, soltó todo el aire que había retenido. Agarró el cuerpo 
inconsciente de Roland y aleteó hacia la superficie, creyendo que perdería el conocimiento en 
cualquier momento por la falta de aire. 
  
     La agonía de aquellos últimos diez metros de ascenso se hizo eterna. Cuando finalmente 
emergió a la superficie, había nacido de nuevo. Alicia se lanzó al agua y nadó hasta ellos. Max 
inspiró profundamente varias veces, luchando con el dolor punzante que sentía en el pecho. 
Subir a Roland al bote no fue fácil y Max advirtió que Alicia, al luchar por levantar el peso muerto 
del cuerpo, se desgarraba la piel de los brazos contra la madera astillada del bote. 
  
   Una vez consiguieron izarle a bordo, colocaron a Roland boca abajo y presionaron su espalda 
repetidamente, obligando a sus pulmones a expirar el agua que habían inhalado. Alicia, cubierta 
de sudor y con los brazos sangrando, asió a Roland de los brazos e intentó forzar la respiración. 
Finalmente,  inspiró aire profundamente  y,  tapando los  orificios  nasales  del muchacho,  exhaló 
todo el aire enérgicamente en la boca de Roland. Fue necesario repetir esta operación cinco 
veces hasta que el cuerpo de Roland, con una violenta sacudida, reaccionó y empezó a escupir 
agua de mar y a convulsionarse, mientras su amigo trataba de sujetarle. 

    Finalmente, Roland abrió los ojos y su tez amarillenta empezó a recobrar muy lentamente el 
color. Max le ayudó a incorporarse y a recuperar poco a poco la respiración normal. 
    
   ­ Estoy bien ­ balbuceó Roland, alzando una mano para intentar tranquilizar a sus amigos. 
  
   Alicia dejó caer sus brazos y rompió a llorar, gimiendo como nunca Max la había visto hacerlo. 
Max esperó un par de minutos hasta que Roland pudo sostenerse por sí mismo, tomó los remos 
y puso rumbo a la orilla. Roland le miraba en silencio. Le había salvado la vida. Max supo que 
aquella mirada desesperada y llena de gratitud siempre le acompañaría. 

   Los dos hermanos acostaron a Roland en el catre de la cabaña de la playa y le cubrieron con 
mantas. Ninguno de ellos sentía deseos de hablar de lo que había sucedido, al menos por el 
momento.   Era   la   primera   vez   que   la   amenaza   del   Príncipe   de   la   Niebla   se   hacía   tan 
dolorosamente palpable y resultaba difícil encontrar palabras que pudieran expresar la inquietud 
que sentían en aquellos momentos. El sentido común parecía indicar que lo mejor era atender a 
las necesidades inmediatas, y así lo hicieron. Roland tenía preparado un mínimo botiquín en la 
cabaña, del que  Max  dispuso  para  desinfectar  las  heridas de Alicia. Roland  se durmió a los 
pocos minutos. Alicia lo observaba con el rostro descompuesto. 
    
   ­ Se va a poner bien. Está agotado, eso es todo ­ dijo Max. 
                          
   Alicia miró a su hermano. 
    
   ­ ¿Y tú qué? Le has salvado la vida ­ dijo Alicia, cuya voz delataba sus nervios a flor de piel ­. 
Nadie hubiera sido capaz de hacer lo que has hecho, Max. 
    
   ­ Él lo hubiera hecho por mí ­ dijo Max, que prefería evitar el tema. 
    
   ­ ¿Cómo te encuentras? ­ insistió su hermana. 
    
   ­ ¿La verdad? ­ preguntó Max. 
  
   Alicia asintió. 
    
   ­ Creo que voy a vomitar ­ sonrió Max ­. En toda mi vida no me he encontrado peor. 
  
   Alicia abrazó a su hermano con fuerza. Max se quedó inmóvil, con los brazos caídos, sin saber 
si se trataba de una efusión de cariño fraternal o una expresión del terror que su hermana había 
experimentado minutos atrás, cuando intentaban reanimar a Roland. 
    
   ­ Te quiero, Max ­ le susurró Alicia ­. ¿Me has oído? 
  
   Max guardó silencio, perplejo. Alicia le liberó de su abrazo fraternal y se volvió hacia la puerta 
de la cabaña, dándole la espalda. Max advirtió que su hermana estaba llorando. 
    
   ­ No lo olvides nunca, hermanito ­ murmuró ­. Y ahora duerme un poco. Yo haré lo mismo. 
    
   ­ Si me duermo ahora, no me vuelvo a levantar ­ suspiró Max. 
  
    Cinco minutos después, los tres amigos estaban profundamente dormidos en la cabaña de la 
playa y nada en el mundo hubiera podido despertarlos. 
                                        
Capítulo catorce

    Al caer el crepúsculo, Víctor Kray se detuvo a cien metros de la casa de la playa, donde los 
Carver habían fijado su nuevo hogar. Aquella era la misma casa donde la única mujer a la que 
había amado realmente, Eva Gray, había dado a luz a Jacob Fleischmann. El ver de nuevo la 
fachada blanca de la villa reabrió heridas en su interior que creía cerradas para siempre. Las 
luces   de   la   casa   estaban   apagadas   y   el   lugar   parecía   vacío.   Víctor   Kray   supuso   que   los 
muchachos debían de estar todavía en el pueblo con Roland. 

    El farero recorrió el trayecto hasta la casa y cruzó la cerca blanca que la rodeaba. La misma 
puerta y las mismas ventanas que recordaba perfectamente relucían bajo los últimos rayos del 
Sol. El anciano cruzó el jardín hasta el patio trasero y salió al campo que se extendía tras la casa 
de la playa. A lo lejos se alzaba el bosque y, en su umbral, el jardín de estatuas. Hacía mucho 
tiempo que no volvía a aquel lugar y se detuvo de nuevo a observarlo de lejos, temeroso de lo 
que se ocultaba tras sus muros. Una densa niebla se esparcía en dirección a la vivienda a través 
de los oscuros barrotes de la verja del jardín de estatuas. 

   Víctor Kray estaba asustado y se sentía viejo. El miedo que le carcomía el alma era el mismo 
que había experimentado décadas atrás en los callejones de aquel suburbio industrial, donde 
oyó por vez primera la voz del Príncipe de la Niebla. Ahora, en el ocaso de su vida, aquel círculo 
parecía cerrarse y, a cada jugada, el anciano sentía que ya no le quedaban ases para la apuesta 
final. 

    El farero avanzó con paso firme hasta la entrada del jardín de estatuas. Pronto, la niebla que 
brotaba del interior le cubrió hasta la cintura. Víctor Kray introdujo la mano temblorosa en el 
bolsillo de su abrigo y extrajo su viejo revólver, cargado concienzudamente antes de partir, y una 
potente linterna. Con el arma en la mano, se adentró en el recinto, encendió la linterna y alumbró 
el interior del jardín. El haz de luz reveló un panorama insólito. Víctor Kray bajó el arma y se frotó 
los ojos, pensando que estaba siendo víctima de alguna alucinación. Algo había ido mal, o al 
menos, aquello no era lo que esperaba encontrar. Dejó que el haz de la linterna rebanase de 
nuevo la niebla. No era una ilusión: el jardín de estatuas estaba vacío. 
  
     El anciano se acercó a observar desconcertado los pedestales yermos y abandonados. Al 
tiempo   que   trataba   de   restablecer   el   orden   en   sus   pensamientos,   Víctor   Kray   percibió   el 
murmullo lejano de una nueva tormenta que se aproximaba y alzó la vista hacia el horizonte. Un 
manto amenazador de nubes oscuras y turbias se extendía sobre el cielo como una mancha de 
tinta en un estanque. Un rayo escindió el cielo en dos y el eco de un trueno llegó a la costa como 
el   redoble   premonitorio   de   una   batalla.   Víctor   Kray   escuchó   la   letanía   del   temporal   que   se 
fraguaba mar adentro y, finalmente, recordando haber contemplado aquella misma visión a bordo 
del Orpheus veinticinco años atrás, comprendió lo que iba a suceder. 

      Max   despertó   empapado   en   sudor   frío   y   tardó   unos   segundos   en   averiguar   dónde   se 
encontraba. Sentía su corazón palpitar como el motor de una vieja motocicleta. A pocos metros 
de él, reconoció un rostro familiar: Alicia, dormida junto a Roland; y recordó que estaba en la 
cabaña de la playa. Hubiera jurado que su sueño apenas había durado más de unos minutos, 
aunque en realidad había dormido por espacio de casi una hora. Max se incorporó sigilosamente 
y salió al exterior en busca de aire fresco, mientras las imágenes de una angustiosa pesadilla de 
asfixia   en   la   que   él   y   Roland   quedaban   atrapados   en   el   interior   del   casco   del   Orpheus   se 
desvanecían en su mente. 
  
   La playa estaba desierta y la marea alta se había llevado el bote de Roland mar adentro, donde 
muy pronto la corriente lo arrastraría consigo y el pequeño esquife se perdería en la inmensidad 
del   océano   irremisiblemente.   Max   se   aproximó   hasta   la   orilla   y   se   humedeció   la   cara   y   los 
hombros con el agua fresca del mar. Luego se acercó hasta el recodo que formaba una pequeña 
cala y se sentó entre las rocas, con los pies hundidos en el agua, con la esperanza de recobrar 
la calma que el sueño no había podido proporcionarle. 

     Max intuía que tras los acontecimientos de los últimos días se escondía alguna lógica. La 
sensación de un peligro inminente se palpaba en el aire y, si se detenía a pensar en ello, podía 
trazarse una línea ascendente en las  apariciones del  Dr.  Caín. A cada hora que  pasaba,  su 
presencia parecía adquirir mayor poder. A los ojos de Max, todo formaba parte de un complejo 
mecanismo que iba ensamblando sus piezas una a una y cuyo centro convergía en torno al 
oscuro pasado de Jacob Fleischmann, desde las enigmáticas visitas al jardín de esta tuas que 
había   presenciado   en   las   películas   del   cobertizo   a   aquella   criatura   indescriptible   que   había 
estado a punto de acabar con sus vidas aquella misma 
tarde. 

    Habida cuenta de lo sucedido aquel día, Max comprendía que no podían permitirse el lujo de 
esperar   un   nuevo   en   cuentro   con   el   Dr.   Caín   para   actuar:   era   preciso   anticiparse   a   sus 
movimientos y tratar de prever cuál sería su próximo paso. Para Max sólo había un modo de 
averiguarlo: seguir la pista que Jacob Fleischmann había dejado años atrás en sus películas. 

   Sin molestarse en despertar a Alicia y a Roland, Max montó en su bicicleta y se dirigió hacia la 
casa de la playa. A lo lejos, sobre la línea del horizonte, un punto oscuro emergió de la nada y 
empezó a expandirse como una nube de gas letal. La tormenta se estaba formando. 

   De vuelta en la casa de los Carver, Max enhebró el rollo de película en la bobina del proyector. 
La temperatura había bajado ostensiblemente mientras cubría el trayecto en bicicleta y seguía 
descendiendo.   Los   primeros   ecos   de   la   tormenta   podían   escucharse   entre   las   ráfagas 
ocasionales de viento que golpeaban los postigos de la casa. Antes de proyectar la película, Max 
se   apresuró   escaleras   arriba   y   se   enfundó   ropa   seca   de   abrigo.   La   estructura   de   madera 
envejecida  de  la casa crujía  bajo sus  pies  y  parecía hacerse  vulnerable al acoso  del  viento. 
Mientras se cambiaba de ropa, Max advirtió desde la ventana de su habitación que la tormenta 
que   se   acercaba   estaba   cubriendo   el   cielo   con   un   manto   de   oscuridad   que   anticipaba   el 
anochecer en un par de horas. Aseguró el cierre de la ventana y bajó de nuevo a la sala para 
encender el proyector. 
  
   Una vez más, las imágenes cobraron vida sobre la pared y Max se concentró en la proyección. 
En esta ocasión la cámara recorría un escenario familiar:  los pasillos de la casa de la playa. Max 
reconoció el interior de la sala en la que se encontraba ahora mismo, viendo la película. La 
decoración y los muebles eran diferentes y la casa ofrecía un aspecto lujoso y opulento a los ojos 
de la cámara, que trazaba lentos círculos y mostraba paredes y ventanas de la casa, como si 
hubiese   abierto   una   puerta   en   la   trampa   del   tiempo   que   permitiese   visitar   la   casa   casi   una 
década atrás. 
  
   Tras un par de minutos en la planta baja, la película trasladaba al espectador al piso superior. 
  
    Una vez en el umbral del pasillo, la cámara se aproximaba hasta la puerta del extremo, que 
conducía a la habitación ocupada por Irina hasta el accidente.  La puerta se abría y la cámara 
penetraba en la estancia sumida en la penumbra. La sala estaba vacía y la cámara se detenía 
frente a la puerta del armario en la pared. 

      Transcurrieron   varios   segundos   de   película   sin   que   nada   sucediese   y   sin   que   la   cámara 
registrase movimiento alguno en la estancia desocupada. Repentinamente, la puerta del armario 
se abría con fuerza y golpeaba la pared, balanceándose sobre los goznes. Max forzó la vista 
para dilucidar qué es lo que se entreveía en el interior del armario oscuro y observó cómo una 
mano enfundada  en  un  guante  blanco emergía de entre las  sombras, sosteniendo  un  objeto 
brillante que pendía de una cadena. Max adivinó lo que venía a continuación: el Dr. Caín salía 
del armario y sonreía a la cámara. 
  
    Max reconoció la esfera que el Príncipe de la Niebla tenía en sus manos: era el reloj que su 
padre   le   había   regalado   y   que   él   había   perdido   en   el   interior   del   mausoleo   de   Jacob 
Fleischmann. Ahora estaba en poder del mago, que de algún modo se había llevado consigo su 
más   preciada   posesión   a   la   dimensión   fantasmal   de   las   imágenes   en   blanco   y   negro   que 
brotaban del viejo proyector.

      La   cámara   se   acercó   al   reloj   y   Max   pudo   ver   nítidamente   cómo   las   agujas   de   la   esfera 
retrocedían a una velocidad inverosímil y creciente hasta que se hizo imposible distinguirlas. Al 
poco, la esfera empezó a desprender humo y chispas y finalmente el reloj prendió en llamas. 
Max contempló hechizado la escena, incapaz de apartar sus ojos del reloj ardiente. Un instante 
después, la cámara se desplazaba bruscamente hasta la pared de la habitación y enfocaba un 
viejo tocador sobre el que se distinguía un espejo. La cámara se acercaba a él y se detenía para 
revelar con toda claridad la imagen de quien sostenía la cámara sobre la lámina de cristal. 

   Max tragó saliva; por fin se enfrentaba cara a cara con quien había filmado aquellas películas 
años atrás,  en  aquella  misma  casa.  Podía reconocer aquel  rostro  infantil  y  sonriente que  se 
estaba filmando a sí mismo. Había en él unos años menos, pero las facciones y la mirada eran 
las mismas que había aprendido a reconocer en los últimos días: Roland. 

     La película se encalló en el interior del proyector y el fotograma atascado frente a la lente 
empezó a fundirse lentamente en la pantalla. Max apagó el proyector y apretó los puños para 
detener el temblor que se había apoderado de sus manos. Jacob Fleischmann y Roland eran 
una misma persona. 

   La luz de un relámpago inundó la sala en sombras por una fracción de segundo y Max advirtió 
que tras la ventana una figura golpeaba en el cristal con los nudillos, haciendo señas para entrar. 
Max encendió la luz de la sala y reconoció el semblante cadavérico y aterrorizado de Víctor Kray, 
que a juzgar por su aspecto parecía haber presenciado una aparición. Max se dirigió a la puerta 
y dejó entrar al anciano. Tenían mucho de qué hablar. 

                                        

Capítulo quince

   Max tendió una taza de té caliente al viejo farero y espero que el anciano entrase en calor. 
  
    Víctor Kray estaba tiritando y Max no sabía si atribuir aquel estado al viento frío que traía la 
tormenta o al miedo que el anciano parecía ya incapaz de ocultar. 
    
   ­ ¿Qué estaba haciendo ahí afuera, señor Kray? ­ preguntó Max. 
    
   ­ He estado en el jardín de estatuas ­ contestó el anciano, recobrando la calma. 
  
   Víctor Kray sorbió un poco de té de la taza humeante y la dejó reposar en la mesa. 
    
   ­ ¿Dónde está Roland, Max? ­ preguntó el anciano nerviosamente. 
    
   ­ ¿Por qué quiere saberlo? ­ replicó Max en un tono que no enmascaraba la desconfianza que 
le inspiraba el anciano a la luz de sus últimas averiguaciones. 
                                       
      El   farero   pareció   intuir   su   recelo   y  empezó  a   gesticular   con   las   manos,   como   si   quisiera 
explicarse y no hallara las palabras. 
    
    ­ Max, algo terrible va a suceder esta noche si no lo impedimos ­ dijo finalmente Víctor Kray, 
consciente   de   que   su   afirmación   no   sonaba   muy   convincente   ­.Necesito   saber   dónde   está 
Roland. Su vida corre gran peligro. 
  
    Max guardó silencio y escrutó el rostro implorante del anciano. No creía una sola palabra de 
cuanto el farero acababa de decir. 
    
     ­ ¿Qué vida, señor Kray, la de Roland o la de Jacob Fleischmann? ­ interpeló, esperando la 
reacción de Víctor Kray. 
  
   El anciano entornó los ojos y suspiró, abatido. 
    
   ­ Creo que no te entiendo, Max ­ murmuró. 
    
   ­ Yo creo que sí. Sé que me mintió, señor Kray ­ dijo Max clavando una mirada acusadora en el 
rostro del anciano ­. Y sé quién es Roland en realidad. Nos ha estado usted engañando desde el 
principio. ¿Por qué? 
  
    Víctor Kray se incorporó y caminó hasta una de las ventanas, echando un vistazo al exterior, 
como si esperase la llegada de alguna visita. Un nuevo trueno estremeció la casa de la playa. La 
tormenta estaba cada vez más próxima a la costa y Max podía escuchar el sonido del oleaje 
rugiendo en el océano. 
    
   ­ Dime dónde está Roland, Max ­ insistió una vez más el anciano, sin dejar de vigilar el exterior 
­. No hay tiempo que perder. 
    
     ­ No sé si puedo confiar en usted. Si quiere que le ayude, primero tendrá que contarme la 
verdad ­ exigió Max, que no estaba dispuesto a permitir que el farero le dejase de nuevo a media 
luz. 
  
   El anciano se volvió a él y le miró con severidad. Max sostuvo su mirada con dureza, indicando 
que no le intimidaba en absoluto. Víctor Kray pareció comprender la situación y se derrumbó en 
una butaca, derrotado. 
    
   ­ Está bien, Max. Te contaré la verdad, si eso es lo que quieres ­ murmuró. 

   Max se sentó frente a él y asintió, dispuesto a escucharle de nuevo., 
    
    ­ Casi todo lo que os conté el otro día en el faro era cierto ­ empezó el anciano ­. Mi antiguo 
amigo Fleischmann había prometido al Dr. Caín que le entregaría su primer hijo a cambio de 
conseguir a Eva Gray. Un año después de la boda, cuando yo ya había perdido el contacto con 
ambos, Fleischmann empezó a recibir las visitas del Dr. Caín, que le recordaba la naturaleza de 
su   pacto.   Fleischmann   trató   por   todos   los   medios   de   evitar   aquel   hijo,   hasta   el   extremo   de 
destrozar   su   matrimonio.   Después   del   naufragio   del   Orpheus,   me   creí   en   la   obligación   de 
escribirles   y   liberarles   de   la   condena   que   durante   años   les   había   hecho   desgraciados.   Yo 
confiaba en que la amenaza del Dr. Caín había quedado sepultada para siempre bajo el mar. O 
al menos, fui tan insensato como para convencerme a mí mismo de ello. Fleischmann se sentía 
culpable y en deuda conmigo y pretendía que los tres, Eva, él y yo volviésemos a estar juntos, 
como   en   los   años   de   la   universidad.   Aquello   era   absurdo,   claro   está.   Habían   sucedido 
demasiadas cosas. Aun así, tuvo el capricho de hacer construir la casa de la playa, bajo cuyo 
techo habría de nacer su hijo Jacob poco tiempo después. El pequeño fue la bendición del cielo 
que les devolvió la alegría de vivir a ambos. O eso parecía, porque desde la misma noche de su 
nacimiento, yo supe que algo iba mal. Aquella misma madrugada volví a soñar con el Dr. Caín. 
Mientras   el   niño   crecía,   Fleischmann   y   Eva   estaban   tan   cegados   por   la   alegría   que   eran 
incapaces  de  reconocer   la  amenaza  que  se   cernía  sobre  ellos.   Ambos  estaban   volcados  en 
procurar la felicidad del niño y en complacer todos sus caprichos. Nunca hubo un niño en la 
Tierra tan consentido y mimado como Jacob Fleischmann. Pero, poco a poco, los signos de la 
presencia de Caín se fueron haciendo más palpables. Un día, cuando Jacob tenía cinco años, el 
niño   se   perdió   mientras   jugaba   en   el   patio   de   atrás.   Fleischmann   y   Eva   lo   buscaron 
desesperados durante horas, pero no había señal de él. Al caer la noche, Fleischmann tomó una 
linterna   y   se   adentró   en   el   bosque,   temiendo   que   el   pequeño   se   hubiera   extraviado   en   la 
espesura   y   sufrido   un   accidente.   Cuando   habían   construido   la   casa,   seis   años   atrás, 
Fleischmann recordaba que en el umbral del bosque existía un pequeño recinto cerrado y vacío 
que   al   parecer   había   pertenecido,   mucho   tiempo   atrás,   a   un   antigua   perrera   derribada   a 
principios de siglo. Era el lugar donde se encerraba a los animales que iban a ser sacrificados. 
Aquella noche,una intuición llevó a Fleischmann a pensar que tal vez el niño había entrado allí y 
había quedado atrapado. Su corazonada era en parte acertada, pero no sólo encontró a su hijo 
allí. El recinto que años atrás había estado desierto, estaba ahora poblado por estatuas. Jacob 
estaba jugando entre las figuras cuando su padre le encontró y le sacó de allí. Un par de días 
después, Fleischmann me visitó en el faro y me explicó lo sucedido. Me hizo jurar que, si algo le 
sucedía a él, yo me haría cargo del pequeño. Aquello fue sólo el principio. Fleischmann ocultaba 
a su esposa los incidentes inexplicables que se sucedían en torno al niño, pero en el fondo él 
comprendía que no había escapatoria y que tarde o temprano Caín volvería a buscar lo que le 
pertenecía. 

    ­ ¿Qué sucedió la noche en que Jacob se ahogó? ­ interrumpió Max, intuyendo la respuesta, 
pero deseando que las palabras del anciano probasen que sus temores eran erróneos. 
  
   Víctor Kray bajó la cabeza y se tomó unos segundos para responder. 

     ­ Tal día como hoy, el 23 de junio, el mismo día en que el Orpheus se hundió, una terrible 
tormenta se desató en el mar. Los pescadores corrieron a asegurar sus barcas y la gente del 
pueblo cerró puertas y ventanas, al igual que lo habían hecho la noche del naufragio. El pueblo 
se   transformó   en   una   aldea   fantasma   bajo   la   tormenta.   Yo   estaba   en   el   faro   y   una   terrible 
intuición me asaltó: el niño estaba en peligro. Crucé las calles desiertas y vine hacia aquí a toda 
prisa. Jacob había salido de la casa y caminaba por la playa, hacia la orilla, donde el oleaje 
rompía con furia. Caía un fuerte aguacero y la visibilidad era casi nula, pero pude entrever una 
silueta brillante que brotaba del agua y tendía dos largos brazos al niño, como tentáculos. Jacob 
parecía caminar hipnotizado hacia aquella criatura de agua, a la que casi no pude ver en la 
oscuridad.   Era   Caín,   de   eso   estaba   seguro,   pero   parecía   como   si,   por   una   vez,   todas   sus 
identidades se hubiesen fundido en una silueta cambiante... Me cuesta mucho describir lo que 
vi... 
    
   ­ He visto esa forma ­ interrumpió Max, ahorrándole al anciano las descripciones de la criatura 
que él mismo había visto tan sólo unas horas antes ­. Continúe. 
    
   ­ Me pregunté por qué Fleischmann y su mujer no estaban allí, tratando de sacar al niño y miré 
hacia la casa. Una banda de figuras circenses que parecían cuerpos de piedra móvil los retenían 
bajo el porche. 
                                        
   ­ Las estatuas del jardín ­ corroboró Max. 
  
   El anciano asintió. 
    
   ­ Lo único que pensé en aquel momento fue en salvar al niño. Aquella cosa lo había tomado en 
sus brazos y lo arrastraba mar adentro. Me lancé contra la criatura y la atravesé. La enorme 
silueta   de   agua   se   desvaneció   en   la   oscuridad.   El   cuerpo   de   Jacob   se   había   hundido.   Me 
sumergí varias veces hasta que lo palpé en la oscuridad y pude rescatar su cuerpo para llevarlo 
de   nuevo   hasta   la   superficie.   Arrastré   al   niño   hasta   la   arena,   lejos   de   las   olas   y   traté   de 
reanimarle. Las estatuas habían desaparecido con Caín. Fleischmann y Eva corrieron junto a mí 
para socorrer al niño, pero cuando llegaron ya no tenía pulso. Lo llevamos al interior de la casa y 
tratamos de reanimarle inútilmente: el niño estaba muerto. Fleischmann estaba fuera de sí y salió 
al exterior, gritándole a la tormenta y ofreciendo su vida a Caín a cambio de la del niño. Minutos 
después,   inexplicablemente,   Jacob   abrió   los   ojos.   Estaba   en   estado   de   "shock".   No   nos 
reconocía y no parecía recordar ni su propio nombre. Eva arropó al niño y lo llevó arriba, donde 
le dejó dormir. Cuando volvió a bajar, un rato más tarde, se 
acercó a mí y, muy serenamente, me dijo que, si el niño seguía con ellos, su vida correría peligro. 
Me pidió que me hiciese cargo de él y lo criase como haría con mi propio hijo, como al hijo que, 
si  el  destino  hubiera  tomado  otro  camino,  hubiera  podido  ser  el  nuestro.  Fleischmann  no  se 
atrevió a entrar en la casa. Acepté lo que me pedía Eva Gray y pude ver en sus ojos cómo 
renunciaba   a   lo   único   que   había   dado   sentido   a   su   vida.   Al   día   siguiente   me   llevé   al   niño 
conmigo. No volví a ver los Fleischmann. 

   Víctor Kray hizo una larga pausa. Max tuvo la impresión de que el anciano trataba de contener 
las lágrimas, pero Víctor Kray ocultaba su rostro entre sus manos blancas y envejecidas. 
                                        
    ­ Supe un año después que él había muerto, víctima de una extraña infección que contrajo a 
través de la mordedura de un perro salvaje. Y aun ahora, no sé si Eva Gray vive todavía en algún 
lugar del país. 

   Max examinó el semblante abatido del anciano y supuso que le había juzgado erróneamente, 
aunque hubiera preferido confirmarle como un villano y no tener que enfrentarse a lo que sus 
palabras ponían en evidencia. 
    
     ­ Usted inventó la historia de los padres de Roland, incluso inventó su nombre... ­ concluyó 
Max. 
  
   Kray asintió, admitiendo ante un muchacho de trece años al que apenas había visto un par de 
veces el mayor secreto de su vida. 
    
   ­ Entonces, ¿Roland no sabe quién es en realidad? ­ preguntó Max. 
  
    El anciano negó repetidamente y Max advirtió que finalmente había lágrimas de rabia en sus 
ojos, castigados por de masiados años vigilando en lo alto del faro. 

     ­ ¿Quién está enterrado entonces en la tumba de Jacob Fleischmann en el cementerio? ­ 
preguntó Max. 
    
     ­ Nadie ­ respondió el anciano ­. Nunca se construyó esa tumba ni se ofició un funeral. La 
tumba que viste el otro día apareció en el cementerio local a la semana siguiente de la tormenta. 
Las gentes del pueblo creen que Fleischmann la mandó construir para su hijo. 
    
   ­ No lo entiendo ­ replicó Max ­. Si no fue Fleischmann, ¿quién la construyó y para qué? 
  
   Víctor Kray sonrió amargamente al muchacho. 
    
    ­ Caín ­ respondió finalmente ­. Caín la colocó allí y la ha estado reservando desde entonces 
para Jacob. 
    
   ­ Dios mío ­ murmuró Max, comprendiendo que tal vez había desperdiciado un tiempo precioso 
al obligar al anciano a confesar toda la verdad ­. Hay que sacar a Roland de la cabaña ahora 
mismo... 

  
    El envite de las olas que rompían en la playa despertó a Alicia. Ya había caído la noche y, a 
juzgar por el intenso repiqueteo del agua sobre el tejado de la cabaña, una fuerte tormenta se 
había desencadenado sobre la bahía mientras dormían. Alicia se incorporó, aturdida todavía, y 
comprobó   que   Roland   seguía   tendido   en   el   catre,   murmurando   palabras   ininteligibles   en   su 
sueño. Max no estaba allí y Alicia supuso que su hermano estaría afuera, contemplando la lluvia 
sobre el mar; a Max le fascinaba la lluvia. Se dirigió hasta la puerta y la abrió, echando un vistazo 
a la playa. 
  
   Una densa niebla azulada reptaba desde el mar hacia la cabaña como un espectro acechante 
y Alicia pudo percibir docenas de voces que parecían susurrar desde su interior. Cerró la puerta 
con   fuerza   y   se   apoyó   contra   ella,   decidida   a   no   dejarse   llevar   por   el   pánico.   Roland, 
sobresaltado   por   el   ruido   del   portazo,   abrió   los   ojos   y   se   incorporó   trabajosamente,   sin 
comprender muy bien cómo había llegado hasta allí. 

   ­ ¿Qué está pasando? ­ consiguió murmurar Roland. 
  
     Alicia despegó los labios para contestar, pero algo la detuvo. Roland contempló estupefacto 
cómo una densa niebla se filtraba por todas las junturas de la cabaña y envolvía a Alicia. La 
muchacha gritó y la puerta sobre la que había estado apoyada salió despedida hacia el exterior, 
arrancada de los goznes por una fuerza invisible. Roland saltó del catre y corrió hacia Alicia, que 
se alejaba en dirección al mar envuelta en aquella garra formada por la niebla vaporosa. Una 
figura se interpuso en su camino y Roland reconoció al espectro de agua que le había arrastrado 
a las profundidades. El rostro lobuno del payaso se iluminó. 
    
   ­ Hola, Jacob ­ susurró la voz tras los labios gelatinosos ­. Ahora sí que vamos a divertirnos. 
  
   Roland golpeó la forma acuosa y la silueta de Caín se desintegró en el aire, dejando caer en el 
vacío litros y litros de agua. Roland se precipitó al exterior y recibió el golpe de la tormenta. Una 
gran cúpula de espesas nubes purpúreas se había formado sobre la bahía. Desde su cima, un 
rayo   cegador   cayó   sobre   uno   de   los   picos   del   acantilado   y   pulverizó   toneladas   de   roca, 
esparciendo una lluvia de briznas incandescentes sobre la playa. 

   Alicia gritó, luchando por zafarse del abrazo letal que la aprisionaba y Roland corrió sobre las 
piedras   hasta   la   orilla.   Intentó   alcanzar   su   mano   hasta   que   una   fuerte   sacudida   del   mar   le 
derribó.   Cuando   se   puso   en   pie   de   nuevo,   toda   la   bahía   temblaba   bajo   sus   pies   y   Roland 
escuchó   un   enorme   rugido   que   pareció   ascender   desde   las   profundidades.   El   muchacho 
retrocedió unos pasos, luchando por mantener el equilibrio y pudo ver que una gigantesca forma 
luminosa ascendía desde el fondo del mar hacia la superficie, levantando olas de varios metros 
en   todas   direcciones.   En   el   centro   de   la   bahía,   Roland   reconoció   la   silueta   de   un   mástil 
emergiendo de entre las aguas. Lentamente, ante sus ojos incrédulos, el casco del Orpheus salió 
a flote, envuelto en un halo espectral. 
  
    Sobre el puente, Caín, envuelto en su capa, alzó un bastón plateado al cielo y un nuevo rayo 
cayó sobre él, prendiendo de luz resplandeciente todo el casco del Orpheus. El eco de la cruel 
carcajada del mago inundó la bahía mientras la garra fantasmal soltaba a Alicia a sus pies. 
    
   ­ Es a ti a quien quiero, Jacob ­ susurró la voz de Caín en la mente de Roland ­. Si no quieres 
que ella muera, ven a buscarla... 

Capítulo dieciséis
   Max pedaleaba bajo la lluvia cuando el resplandor del rayo le sobresaltó y reveló la visión del 
Orpheus,   resurgido   de   las   profundidades   e   impregnado   de   una   luminosidad   hipnótica   que 
emanaba   del   propio   metal.   El   viejo   buque   de   Caín   navegaba   de   nuevo   sobre   las   aguas 
enfurecidas de la bahía. Max pedaleó hasta perder el aliento, temiendo que, cuando llegara a la 
cabaña, ya fuera demasiado tarde. Había dejado atrás al viejo farero, que no podía ni mucho 
menos igualar su ritmo. Al llegar al borde de la playa, Max saltó de la bicicleta y corrió hacia la 
cabaña de Roland. Descubrió que la puerta había sido arrancada de cuajo y localizó la silueta 
paralizada de su amigo en la orilla, mirando hechizado el buque fantasma que surcaba el oleaje. 
Max dio gracias al cielo y corrió a abrazarle. 
                                        
   ­ ¿Estás bien? ­ gritó contra el viento que azotaba la playa. 
  
   Roland le devolvió una mirada de pánico, como la de un animal herido e incapaz de escapar de 
su depredador. Max vio en él aquel rostro infantil que había sostenido la cámara frente al espejo 
y sintió un escalofrío. 
    
   ­ Tiene a Alicia ­ dijo Roland finalmente. 
  
     Max sabía que su amigo no comprendía lo que estaba sucediendo realmente e intuyó que 
intentar explicárselo sólo complicaría la situación. 
    
   ­ Pase lo que pase ­ dijo Max ­, aléjate de él. ¿Me has oído? Aléjate de Caín. 
  
     Roland ignoró sus palabras y se adentró en el agua hasta que el oleaje le cubrió la cintura. 
Max fue tras él y le retuvo, pero Roland, más fuerte que su amigo, se zafó fácilmente de él y le 
empujó con fuerza antes de lanzarse a nadar. 
    
   ­ ¡Espera! ­ gritó Max ­. ¡No sabes lo que está pasando! ¡Te busca a ti! 
      
   ­ Ya lo sé ­ replicó Roland sin darle tiempo a pronunciar una palabra más. 
  
   Max vio zambullirse a su amigo en las olas y emerger unos metros más allá, nadando hacia el 
Orpheus.   La   mitad   prudente   de   su   alma   le   pedía   a   gritos   correr   de   vuelta   a   la   cabaña   y 
esconderse bajo el catre hasta que todo hubiera pasado. Como siempre, Max escuchó a la otra 
mitad y se lanzó tras su amigo con la seguridad de que, esta vez, no volvería a tierra con vida. 

     Los largos dedos enfundados en un guante de Caín se cerraron sobre la muñeca de Alicia 
como una tenaza y la muchacha sintió que el mago tiraba de ella, arrastrándola sobre la cubierta 
resbaladiza del Orpheus. Alicia intentó librarse de la presa forcejeando con fuerza. Caín se volvió 
y, alzándola en el aire sin ningún esfuerzo, acercó su rostro a escasos centímetros del de Alicia, 
hasta   que   la   muchacha   pudo   ver   cómo   las   pupilas   de   aquellos   ojos   ardientes   de   rabia   se 
dilataban y cambiaban de color, del azul al dorado. 
    
   ­ No te lo repetiré ­ amenazó el mago con voz metálica y carente de vida ­. Estáte quieta o te 
arrepentirás. ¿Me has entendido? 
  
      El   mago   incrementó   dolorosamente   la   presión   de   sus   dedos   y   Alicia   temió   que,   de   no 
detenerse, Caín le pulverizaría los huesos de la muñeca como si fueran de arcilla seca. Alicia 
comprendió  que   era   inútil  oponer   resistencia   y   asintió  nerviosamente.   Caín   aflojó  la   presa   y 
sonrió. No había compasión ni cortesía en aquella sonrisa, sólo odio. El mago la soltó y Alicia 
cayó de nuevo sobre la cubierta, golpeándose la frente contra el metal. Se palpó la piel y sintió el 
escozor punzante de un corte abierto por la caída. Sin concederle un instante de tregua, Caín la 
asió de nuevo por su brazo magullado y la arrastró hacia las entrañas del buque. 

     ­ Levántate ­ ordenó el mago, empujándola a través de un corredor que se extendía tras el 
puente del Orpheus y conducía a los camarotes de cubierta. 
  
   Las paredes estaban ennegrecidas y cubiertas de óxido y una capa viscosa de algas oscuras. 
El   interior   del   Orpheus   estaba   sumergido   en   un   palmo   de   agua   cenagosa   que   desprendía 
vapores nauseabundos. Decenas de despojos flotaban y se balanceaban con el fuerte vaivén del 
barco entre el oleaje. El Dr. Caín agarró a Alicia por el pelo y abrió una de las compuertas que 
daba a un camarote. Una nube de gases y agua corrompida aprisionados en el interior durante 
veinticinco años llenaron el aire. Alicia contuvo la respiración. El mago estiró con fuerza de su 
pelo y la arrastró hasta la puerta del camarote. 
    
   ­ La mejor suite del barco, querida. El camarote del capitán para mi invitada de honor. Disfruta 
de la compañía. 
  
   Caín la empujó brutalmente al interior y cerró la compuerta a su espalda. Alicia cayó de rodillas 
y   palpó   la   pared   a   su   espalda,   en   busca   de   un   punto   de   apoyo.   El   camarote   estaba 
prácticamente sumido en la oscuridad y la única claridad que conseguía abrirse paso provenía 
de un estrecho ojo de buey al que los años bajo las aguas habían cubierto de una gruesa costra 
semitransparente de algas y restos orgánicos. Las continuas sacudidas del barco en la tormenta 
la empujaban contra las paredes del camarote. Alicia se aferró a una tubería oxidada y escrutó la 
penumbra, luchando por apartar de su mente el hedor penetrante que reinaba en aquel lugar. 
Sus ojos tardaron un par de minutos en habituarse a las mínimas condiciones de luz y permitirle 
examinar la celda que Caín le había reservado. No había más salida a la vista que la compuerta 
que  el  mago  había  sellado  al  irse.   Alicia  buscó  desesperadamente  una  barra  de  metal  o  un 
objeto contundente con que intentar forzar la compuerta del camarote, pero no pudo hallar nada. 
Mientras palpaba en la penumbra en pos de una herramienta que le permitiese liberarse, sus 
manos rozaron algo que había estado apoyado contra la pared. Alicia se apartó, sobresaltada. 
Los restos irreconocibles del capitán del Orpheus cayeron a sus pies y Alicia comprendió a quién 
se refería Caín al hablar de su compañía. El destino no había jugado a favor del viejo holandés 
errante. El estruendo del mar y el temporal ahogaron sus gritos. 

      Por   cada   metro   que   Roland   ganaba   en   su   camino   hasta   el   Orpheus,   la   furia   del   mar   le 
arrastraba bajo el agua y le devolvía a la superficie en el rompiente de una ola, envolviéndole en 
un torbellino de espuma cuya fuerza no podía combatir. Frente a él, el barco se debatía con los 
muros de oleaje que el temporal lanzaba contra el casco. 

   A medida que se aproximaba al buque, la violencia del mar le hacía más dificultoso el controlar 
la dirección en que la corriente le zarandeaba y Roland temió que un golpe repentino de oleaje 
pudiera estrellarle contra el casco del Orpheus y hacerle perder el sentido. Si eso sucedía, el mar 
le engulliría vorazmente y jamás volvería a la superficie. Roland se zambulló para esquivar la 
cresta de una ola que se cernía sobre él y emergió de nuevo, comprobando que la ola se alejaba 
hacia la costa formando un valle de agua turbia y agitada. 

      El   Orpheus   se   alzaba   a   menos   de   una   docena   de   metros   de   donde   se   encontraba   y   al 


contemplar la pared de acero teñida de luz incandescente supo que le resultaría imposible trepar 
hasta la cubierta. El único camino viable era la brecha que las rocas habían abierto en el casco, 
provocando el hundimiento del barco veinticinco años atrás. La brecha se encontraba en la línea 
de flotación y aparecía y se sumergía bajo las aguas a cada envite del oleaje. Los jirones de 
metal  del   fuselaje   que   rodeaban   el   agujero   negro   semejaban   las  fauces   de   una   gran   bestia 
marina. La sola idea de introducirse en aquella trampa aterraba a Roland, pero era su única 
oportunidad de llegar hasta Alicia. Luchó por no ser arrastrado por la siguiente ola y, una vez la 
cresta  hubo   pasado  sobre   él,   se   lanzó  hacia   el  agujero  del  casco   y  penetró  en   él  como   un 
torpedo humano hacia las tinieblas. 

     Víctor Kray atravesó sin aliento las hierbas salvajes que separaban la bahía del camino del 
faro.   La   lluvia   y   el   viento   caían   con   fuerza   y   frenaban   su   avance   como   manos   invisibles 
empeñadas en alejarle de aquel lugar. Cuando consiguió llegar hasta la playa, el Orpheus se 
alzaba en el centro de la bahía,navegando en línea recta hacia el acantilado y envuelto en un 
aura de luz sobrenatural. La proa del barco rompía el oleaje que barría la cubierta y levantaba 
una nube de espuma blanca a cada nueva sacudida del océano. Una sombra de desesperación 
se abatió sobre él: sus peores temores se habían hecho realidad y había fracasado; los años 
habían debilitado su mente y el Príncipe de la Niebla le había engañado una vez más. Sólo pedía 
ya al cielo que no fuera demasiado tarde para salvar a Roland del destino que el mago tenía 
reservado para él. En aquel momento, Víctor Kray hubiera entregado gustoso su vida si con ello 
garantizase a Roland una mínima oportunidad de escapar. Sin embargo, una oscura premonición 
le hacía sospechar que había faltado a la promesa que hizo a la madre del niño. 

   Víctor Kray se encaminó hacia la cabaña de Roland, con la vana esperanza de encontrarle allí. 
No había rastro de Max ni de la muchacha y la visión de la puerta de la cabaña derribada en la 
playa le hizo albergar los peores augurios. Entonces, una chispa de esperanza se encendió ante 
él al comprobar que había luz en el interior de la cabaña. El farero se apresuró hacia la entrada, 
voceando el nombre de Roland. La figura de un lanzador de cuchillos de piedra pálida y viva 
salió a recibirle. 
                                
     ­ Un poco tarde para lamentarse, abuelo ­ dijo, permitiendo al anciano re conocer la voz de 
Caín. 
  
      Víctor   Kray   dio   un   paso   atrás,   pero   había   alguien   a   su   espalda   y,   antes   de   que   pudiera 
reaccionar, sintió un golpe seco en la nuca. Después, cayo la oscuridad. 

   Max advirtió que Roland penetraba en el casco del Orpheus a través del agujero en el fuselaje 
y sintió que sus fuerzas flaqueaban a cada nueva sacudida de las olas. Él no era un nadador 
comparable   a   Roland   y   a   duras   penas   conseguiría   mantenerse   a   flote   durante   mucho   más 
tiempo en  medio de  aquel temporal, a menos que  encontrase el modo de subir a bordo del 
buque. Por otro lado, la certeza de que el peligro les esperaba en las entrañas del barco se le 
hacía más evidente a cada minuto que pasaba y comprendía que el mago les estaba llevando a 
su terreno como moscas a la miel. 

   Tras escuchar un estruendo ensordecedor, Max contempló cómo una inmensa pared de agua 
se   alzaba   por   la   popa   del   Orpheus   y   se   aproximaba   a   gran   velocidad   al   buque.   En   pocos 
segundos, el impacto de la ola arrastró al barco hasta el acantilado y la proa se incrustó en las 
rocas, provocando una violenta sacudida en todo el casco. El mástil que sostenía las señales 
luminosas del puente se desplomó al costado del barco y su extremo cayo a unos metros de 
Max, que se sumergió en las aguas. 
  
      Max   nadó  trabajosamente   hasta   allí,   se   aferró  al   mástil   y  descansó  unos  segundos  para 
recuperar el aliento. Cuando alzó la mirada, vio que la trayectoria del mástil abatido le tendía un 
puente hasta la cubierta del barco. Antes de que una nueva ola le arrancase de allí y se lo llevara 
para siempre, Max empezó a trepar hacia él Orpheus sin advertir que, apoyada en la baranda de 
estribor del buque, una silueta le esperaba inmóvil.
                                       

    El impulso de la corriente empujó a Roland a través de la sentina inundada del Orpheus y el 
muchacho se protegió la cara con los brazos para evitar los golpes que su avance entre los 
restos del naufragio le propinaba. Roland se meció a merced del agua hasta que una sacudida 
en el casco le lanzó contra la pared, donde pudo asirse a una escalerilla metálica que ascendía 
hacia la parte superior del barco. 

     Roland trepó por la angosta escalerilla y cruzó una escotilla que desembocaba en la oscura 
sala de máquinas que albergaba los motores destruidos del Orpheus. Atravesó los restos de la 
maquinaria hasta el corredor de ascenso a la cubierta y, una vez allí, cruzó a toda prisa el pasillo 
de camarotes hasta llegar al puente del buque. Paradójicamente, Roland reconocía cada rincón 
de la sala y todos los objetos que tantas veces había observado buceando bajo el agua. Desde 
aquel puesto de observación, Roland obtenía una visión completa de la cubierta delantera del 
Orpheus, donde las olas barrían la superficie y venían a morir contra la plataforma del puente. 
Súbitamente,   Roland   sintió   que   el   Orpheus   era   impulsado   hacia   adelante   con   una   fuerza 
imparable   y   contempló  atónito   cómo   de   entre   las  sombras  emergía   el  acantilado   a   proa   del 
barco. Iban a chocar contra las rocas en cuestión de segundos. 

   Roland se apresuró a sujetarse a la rueda del timón y sus pies resbalaron sobre la película de 
algas que recubría el piso. Rodó varios metros hasta golpearse con el antiguo aparato de radio y 
su   cuerpo   experimentó   la   tremenda   vibración   del   impacto   del   casco   contra   los   acantilados. 
Pasado el peor momento, se incorporó y escuchó un sonido cercano, una voz humana en el 
fragor de la tormenta. El sonido se repitió y Roland lo reconoció: era Alicia pidiendo ayuda a 
gritos en algún lugar del buque. 

                                        
     Los diez metros que Max hubo de trepar por el mástil hasta la cubierta del Orpheus se le 
antojaron más de cien. La madera estaba prácticamente podrida y tan astillada que, al alcanzar 
finalmente la borda del buque, sus brazos y piernas estaban plagados de pequeñas heridas que 
le   producían   un   fuerte   escozor.   Max   juzgó   más   prudente   no   detenerse   a   examinar   sus 
magulladuras y extendió una mano hasta la barandilla metálica. 
  
     Una vez estuvo sólidamente aferrado, saltó torpemente sobre la cubierta y cayó de bruces. 
Una forma oscura cruzó frente a él y Max alzó la mirada, con la esperanza de ver a Roland. La 
silueta de Caín desplegó su capa y le mostró un objeto dorado que se balanceaba del extremo 
de una cadena. Max reconoció su reloj. 
    
   ­ ¿Buscas esto? ­ preguntó el mago, arrodillándose junto al muchacho y meciendo el reloj que 
Max había perdido en el mausoleo de Jacob Fleischmann ante sus ojos. 

   ­ ¿Dónde está Jacob? ­ interrogó Max, ignorando la mueca burlona que parecía fijada al rostro 
de Caín como una mascarilla de cera. 
    
   ­ Ésa es la pregunta del día ­ respondió el mago ­, y tú me ayudarás a responderla. 
  
   Caín cerró su mano sobre el reloj y Max escuchó el crujido del metal. Cuando el mago mostró 
de nuevo la palma abierta, apenas quedaba del regalo que su padre le había hecho un amasijo 
irreconocible de tornillos y tuercas aplastadas. 
    
      ­   El   tiempo,   querido   Max,   no   existe;   es   una   ilusión.   Incluso   tu   amigo   Copérnico   hubiese 
adivinado eso si hubiese tenido precisamente tiempo. ¿Irónico, verdad? 
  
     Max calculó mentalmente las posibilidades que tenía de saltar por la borda y escapar del 
mago. El guante blanco de Caín se cerró sobre su garganta antes de que pudiera respirar. 
    
   ­ ¿Qué es lo que va a hacer conmigo? ­ gimió Max. 

   ­ ¿Qué harías contigo si estuvieses en mi lugar? ­ preguntó el mago. 
  
   Max sintió cómo la presa letal de Caín le cortaba la respiración y circulación a la cabeza. 
    
   ­ ¿Es una buena pregunta, verdad? 
  
    El mago soltó a Max sobre la cubierta. El impacto del metal herrumbroso contra su cuerpo le 
nubló la visión por unos segundos y un espasmo de nausea se apoderó de él. 
    
   ­ ¿Por qué persigue a Jacob? ­ balbuceó Max, tratando de ganar tiempo para Roland. 
    
   ­ Los negocios son los negocios, Max ­ respondió el mago ­. Yo ya cumplí mi parte del trato. 
    
   ­ ¿Pero qué importancia puede tener la vida de un chico para usted? ­ espetó Max ­. Además, 
ya se vengó matando al Dr. Fleischmann, ¿no es cierto? 
  
   El rostro del Dr. Caín se iluminó, como si Max acabase de formularle la pregunta que ansiaba 
responder desde que habían iniciado su diálogo. 

   ­ Cuando no se salda la deuda de un préstamo, hay que pagar intereses. Pero eso no anula la 
deuda. Es mi ley ­ siseó la voz del mago ­. Y es mi alimento. La vida de Jacob y la de muchos 
como él. ¿Sabes cuántos años hace que recorro el mundo, Max? ¿Sabes cuántos nombres he 
tenido? 
  
   Max negó agradeciendo cada segundo que el mago perdía hablando con él. 
    
      ­   Dígamelo   ­   respondió   con   un   hilo   de   voz,   fingiendo   una   temerosa   admiración   ante   su 
interlocutor. 
  
   Caín sonrió eufórico. En aquel momento, sucedió lo que Max había estado temiendo. Entre el 
estruendo   de   la   tormenta,   se   escuchó   la   voz   de   Roland   llamando   a   Alicia.   Max   y   el   mago 
cruzaron una mirada; ambos lo habían oído. La sonrisa se desvaneció del rostro de Caín y su 
rostro recuperó la oscura faz de un depredador hambriento y sanguinario. 
    
   ­ Muy listo ­ murmuró. 
  
   Max tragó saliva, preparado para lo peor. 
                                   
    El mago desplegó una mano frente a él y Max contempló petrificado cómo cada uno de sus 
dedos se transformaban en una larga aguja. A pocos metros de allí, Roland gritó de nuevo. Caín 
se volvió a mirar a sus espaldas y Max se abalanzó hacia la borda del buque. La garra del mago 
se cerró sobre su nuca y le hizo girar lentamente, hasta enfrentarle cara a cara con el Príncipe de 
la Niebla. 
    
   ­ Lástima que tu amigo no sea la mitad de hábil que tú. Quizá debería hacer los tratos contigo. 
Otra   vez   será   ­   escupieron   los   labios   del   mago   ­.   Hasta   la   vista,   Max.   Espero   que   hayas 
aprendido a bucear desde la última vez. 
  
     Con la fuerza de una locomotora, el mago lanzó a Max por los aires, de vuelta al mar. El 
cuerpo de Max trazó un arco de más de diez metros y cayó sobre el oleaje, sumergiéndose en la 
fuerte corriente helada. Max luchó por salir a flote y batió brazos y piernas con todas sus fuerzas 
para escapar de la letal fuerza de succión que parecía arrastrarle hacia la negra oscuridad del 
fondo.  Nadando  a   ciegas,   sintió  que  sus pulmones  estaban  a  punto  de  estallar  y  finalmente 
emergió a pocos metros de las rocas. Inspiró una bocanada de aire y, peleando por mantenerse 
a flote, consiguió que lentamente las olas le llevaran hasta el borde de la pared rocosa donde 
consiguió asirse a un saliente desde el que trepar y ponerse a salvo. Las aristas afiladas de las 
rocas le mordieron la piel y Max sintió cómo abrían pequeñas heridas en sus miembros, tan 
entumecidos por el frío que apenas podían sentir el dolor. Luchando por no desfallecer, ascendió 
unos   metros   hasta   encontrar   un   recodo   entre   las   rocas   fuera   del   alcance   del   oleaje.   Sólo 
entonces pudo tenderse sobre la dura piedra y descubrir que estaba tan aterrorizado que no era 
capaz de creer que había salvado su vida. 
 Capítulo diecisiete

   La puerta del camarote se abrió lentamente y Alicia, acurrucada en un rincón de las sombras, 
permaneció inmóvil y contuvo la respiración. La sombra del Príncipe de la Niebla se proyectó 
sobre el interior de la sala y sus ojos, encendidos como brasas, cambiaron de color, del dorado a 
un rojo profundo. Caín entró en el camarote y se acercó a ella. Alicia luchó por ocultar el temblor 
que se había apoderado de ella y encaró al visitante con una mirada desafiante. El mago mostró 
una sonrisa canina ante tal despliegue de arrogancia. 
    
   ­ Debe de ser algo de familia. Todos con vocación de héroe ­ comentó amablemente el mago ­. 
Me estáis empezando a gustar. 
    
   ­ ¿Qué es lo que quiere? ­ dijo Alicia, impregnando su voz temblorosa de todo el desprecio que 
pudo reunir. 
 
      Caín   pareció   considerar   la   pregunta   y   se   desenfundó   los   guantes   con   parsimonia.   Alicia 
advirtió que sus uñas eran largas y afiladas como la punta de una daga. Caín la señaló con una 
de ellas. 
    
    ­ Eso depende. ¿Qué me sugieres tú? ­ ofreció el mago dulcemente, sin apartar sus ojos del 
rostro de Alicia. 
    
   ­ No tengo nada que darle ­ replicó Alicia, dirigiendo una mirada furtiva a la compuerta abierta 
del camarote. 
  
   Caín negó con el índice, leyendo sus intenciones. 
    
    ­ No sería una buena idea ­ sugirió ­. Volvamos a lo nuestro. ¿Por qué no hacemos un trato? 
Una entente entre adultos, por así decirlo. 
    
     ­ ¿Qué trato? ­ respondió Alicia, esforzándose por rehuir la mirada hipnótica de Caín que 
parecía succionar su voluntad con la voracidad de un parásito de almas. 
    
   ­ Así me gusta, que hablemos de negocios. Dime, Alicia, ¿te gustaría salvar a Jacob, perdón, a 
Roland? Es un muchacho apuesto, diría yo ­ dijo el mago relamiendo cada una de las palabras 
de su oferta con infinita delicadeza. 
    
   ­ ¿Qué quiere a cambio? ¿Mi vida? ­ repuso Alicia, cuyas palabras brotaban de su garganta sin 
apenas darle tiempo a pensar. 
 
   El mago cruzó las manos y frunció el ceño, pensativo. Alicia advirtió que nunca parpadeaba. 
    
    ­ Yo tenía pensada otra cosa, querida ­ explicó el mago, acariciándose el labio inferior con la 
yema de su dedo índice ­. ¿Qué hay de la vida de tu primer hijo? 
  
     Caín se aproximó lentamente a ella y acercó su rostro al de la muchacha. Alicia sintió un 
intenso hedor dulzón y nauseabundo que emanaba de Caín. 
  
   Enfrentando su mirada, Alicia escupió en la cara del mago. 
    
   ­ Váyase al infierno ­ dijo, conteniendo la rabia. 
  
      Las  gotas  de   saliva   se   evaporaron   como   si  las  hubiese   lanzado  a  una  plancha   de  metal 
ardiente. 
    
   ­ Querida niña, de allí vengo ­ replicó Caín. 

   Lentamente, el mago extendió su mano desnuda hacia el rostro de Alicia. La muchacha cerró 
los ojos y notó el contacto helado de sus dedos y las largas y afiladas uñas sobre su frente 
durante unos instantes. La espera se hizo interminable. Finalmente, Alicia oyó cómo sus pasos 
se alejaban y la compuerta del camarote se cerraba de nuevo. El hedor a podredumbre escapó 
por las junturas de la escotilla del camarote como el vapor desde una válvula a presión. Alicia 
sintió deseos de llorar y golpear las paredes hasta aplacar su furia, pero hizo un esfuerzo por no 
perder el  control y mantener la mente  clara.  Tenía  que  salir de allí  y no disponía de mucho 
tiempo para hacerlo. 

    Fue hasta la compuerta y palpó el contorno en busca de una brecha o algún resquicio por el 
que  tratar  de  forzarla.  Nada.   Caín   la  había  sellado   en   un   sarcófago  de  aluminio  oxidado   en 
compañía de los huesos del viejo capitán del Orpheus. En aquel momento, una fuerte conmoción 
sacudió  el  barco   y   Alicia   cayó  de   bruces   contra   el   suelo.   A   los   pocos   segundos,   un   sonido 
apagado empezó a hacerse audible desde las entrañas del barco. Alicia apoyó el oído en la 
compuerta y escuchó atentamente; era el siseo inconfundible del agua fluyendo. Gran cantidad 
de agua. Alicia, presa del pánico, comprendió lo que sucedía; el casco se inundaba y el Orpheus 
se  hundía de nuevo, empezando por las bodegas.  Esta vez  no  pudo contener  su alarido  de 
terror. 

      Roland   había   recorrido   todo   el   buque   en   busca   de   Alicia   sin   éxito.   El  Orpheus   se   había 
transformado en una laberíntica catacumba submarina de interminables corredores y compuertas 
atrancadas. El mago podía haberla ocultado en decenas de lugares. Volvió al puente y trató de 
deducir   dónde   podía   estar   atrapada.   La   sacudida   que   atravesó   el   barco   le   hizo   perder   el 
equilibrio y Roland cayó sobre el piso húmedo y resbaladizo. De entre las sombras del puente 
apareció Caín, como si su silueta hubiese emergido del metal resquebrajado del piso. 
    
    ­ Nos hundimos, Jacob ­ explicó el mago con parsimonia, señalando a su alrededor ­. Nunca 
has tenido sentido de la oportunidad, ¿verdad? 
    
   ­ No sé de qué está usted hablando. ¿Dónde está Alicia? ­ exigió Roland, dispuesto a lanzarse 
sobre su oponente. 
  
   El mago cerró los ojos y juntó las palmas de las manos como si fuese a entornar una oración. 
    
   ­ En algún lugar de este barco ­ respondió tranquilamente Caín ­. Si has sido lo suficientemente 
estúpido como para llegar hasta aquí, no lo estropees ahora. ¿Quieres salvarle la vida, Jacob? 
    
   ­ Mi nombre es Roland ­ atajó el muchacho. 
    
     ­ Roland, Jacob... ¿Qué más da un nombre que otro? ­ rió Caín ­. Yo mismo tengo varios. 
¿Cuál es tu deseo, Roland? ¿Quieres salvar a tu amiga? ¿Es eso, no? 
    
   ­ ¿Dónde la ha metido? ­ repitió Roland ­. ¡Maldito sea! ¿Dónde está? 
  
   El mago se frotó las manos, como si tuviera frío. 
    
     ­ ¿Sabes lo que tarda un barco como éste en hundirse, Jacob? No me lo digas. Un par de 
minutos, como mucho. ¿Sorprendente, verdad? Dímelo a mí ­ rió Caín. 
    
   ­ Usted quiere a Jacob o como quiera que me llame ­ afirmó Roland ­. Ya lo tiene; no voy a huir. 
Suéltala a ella. 
    
     ­ Qué original Jacob ­ sentenció el mago, acercándose hacia el muchacho ­. Se te acaba el 
tiempo. Un minuto. 
  
   El Orpheus empezó a escorar lentamente a estribor. El agua que inundaba el barco rugía bajo 
sus pies y la debilitada estructura de metal vibraba fuertemente ante la furia con que las aguas 
se abrían camino a través de las entrañas del buque, como ácido sobre un juguete de cartón. 
    
   ­ ¿Qué tengo que hacer? ­ imploró Roland ­. ¿Qué espera de mí? 
    
   ­ Bien, Jacob. Veo que vamos entrando en razón. Espero que cumplas la parte del trato que tu 
padre fue incapaz de cumplir ­ respondió el mago ­. Nada más. Y nada menos. 
    
   ­ Mi padre murió en un accidente, yo... ­ empezó a explicar Roland desesperadamente. 
  
      El   mago   colocó  su   mano   paternalmente   sobre   el   hombro   del  muchacho.   Roland   sintió  el 
contacto metálico de sus dedos. 
    
   ­ Medio minuto, chico. Un poco tarde para las historias de familia ­ cortó Caín. 
  
    El agua golpeaba con fuerza el piso sobre el que se sostenía el puente y Roland dirigió una 
última mirada suplicante al mago. Caín se arrodilló frente a Roland y sonrió al muchacho. 
    
   ­ ¿Hacemos un trato, Jacob? ­ susurró el mago. 
  
   Las lágrimas brotaron del rostro de Roland y lentamente el muchacho asintió. 
    
   ­ Bien, bien, Jacob ­ murmuró Caín ­.Bienvenido a casa... 
  
   El mago se incorporó y señaló hacia uno de los pasillos que partían del puente. 
    
   ­ La última puerta de ese corredor ­ señaló Caín ­. Pero escucha un consejo. Cuando consigas 
abrirla, ya estaremos bajo el agua y tu amiga no tendrá ni una gota de aire que respirar. Tú eres 
un buen buceador, Jacob. Sabrás lo que hay que hacer. Recuerda tu trato... 

      Caín  sonrió  por  última   vez  y,   envolviéndose   en  su   túnica,   se   desvaneció  en   la   oscuridad 
mientras pasos invisibles se alejaban sobre el puente y dejaban huellas de metal fundido en el 
casco del barco. El muchacho permaneció paralizado unos segundos, recuperando el aliento, 
hasta que una nueva sacudida del buque le empujó contra la rueda petrificada del timón. El agua 
había empezado a inundar el nivel del puente. 

      Roland   se   lanzó   hacia   el   pasillo   que   el   mago   le   había   indicado.   El   agua   brotaba   de   las 
escotillas   de   ascenso   a   presión   e   inundaba   el   corredor   mientras   el   Orpheus   se   hundía 
progresivamente en el mar. Roland golpeó en vano la compuerta con los puños. 
    
     ­ ¡Alicia! ­ grito, aunque era consciente de que ella apenas podría oírle al otro lado de la 
compuerta de acero ­. Soy Roland. ¡Contén la respiración! ¡Voy a sacarte de aquí! 

      Roland   aferró   la   rueda   de   la   compuerta   e   intentó   con   todas   sus   fuerzas   hacerla   girar, 
desgarrándose las palmas de las manos en el empeño mientras el agua helada le cubría por 
encima de la cintura y seguía subiendo. La rueda apenas cedió un par de centímetros. Roland 
inspiró profundamente y forzó de nuevo la rueda, consiguiendo que girara progresivamente hasta 
que  el agua  helada le cubrió  el  rostro  e inundó finalmente todo el corredor.  La oscuridad se 
apoderó del Orpheus. 

   Cuando la compuerta se abrió, Roland buceó en el interior del camarote tenebroso palpando a 
ciegas en busca de Alicia. Por un terrible momento pensó que el mago le había engañado y que 
no   había   nadie   allí.   Abrió   los   ojos   bajo   el   agua   y   trató   de   vislumbrar   algo   entre   la   niebla 
submarina luchando contra el escozor. Finalmente, sus manos alcanzaron un girón de tela del 
vestido de Alicia que se debatía frenéticamente entre el pánico y la asfixia. La abrazo y trató de 
tranquilizarla, pero la muchacha no podía ni saber quién o qué la había aferrado en la oscuridad. 
Consciente de que le quedaban apenas unos segundos, Roland la rodeó por el cuello y tiró de 
ella hacia el exterior del corredor. El buque seguía precipitándose en su descenso inexorable 
hacia   las  profundidades.   Alicia   forcejeaba   inútilmente   y   Roland   la   arrastró  hasta   el  puente   a 
través del corredor por el que flotaban los despojos que el agua había arrancado de lo más 
profundo del Orpheus. Sabía que no podían salir del buque hasta que el casco hubiera tocado 
fondo  porque,  de  intentarlo,   la   fuerza  de  succión  los  arrastraría   a  la   corriente  submarina  sin 
remedio.   Sin   embargo,   no   ignoraba   que   habían   transcurrido   por   lo   menos   treinta   segundos 
desde que Alicia había respirado por última vez y que, a estas alturas y en su estado de pánico, 
habría empezado a inhalar agua. El ascenso a la superficie probablemente sería el camino a una 
muerte segura para ella. Caín había planeado cuidadosamente su juego. 

   La espera a que el Orpheus tocase fondo se hizo infinita y, cuando llegó el impacto, parte de la 
techumbre del puente se desplomó sobre Alicia y Roland. Un fuerte dolor ascendió por su pierna 
y Roland comprendió que el metal le había aprisionado un tobillo. El resplandor del Orpheus se 
desvanecía lentamente en las profundidades. 
   Roland luchó contra la punzante agonía que le atenazaba las piernas y buscó el rostro de Alicia 
en la penumbra. Alicia tenía los ojos abiertos y se debatía al borde de la asfixia. Ya no podía 
contener la respiración ni un segundo más y sus últimas burbujas de aire se escaparon de entre 
sus labios como perlas portadoras de los últimos instantes de una vida que se extinguía. 
  
    Roland le tomó el rostro y trató de que Alicia le mirase a los ojos. Sus miradas se unieron en 
las profundidades y ella comprendió al instante lo que Roland se proponía. Alicia negó con la 
cabeza, tratando de alejar a Roland de sí. Roland señaló el tobillo aprisionado bajo el abrazo 
mortal de las vigas metálicas del techo. Alicia nadó a través de las aguas heladas hacia la viga 
abatida   y  luchó  por   liberar   a   Roland.   Ambos  muchachos  cruzaron   una   mirada   desesperada. 
Nada ni nadie podría mover las toneladas de acero que retenían a Roland. Alicia nadó de vuelta 
hasta él y lo abrazo, sintiendo cómo su propia consciencia se desvanecía por la falta de aire. Sin 
esperar   un   instante,   Roland   tomó   el   rostro   de   Alicia   y,   posando   sus   labios   sobre   los   de   la 
muchacha, 
expiró en la boca el aire que había reservado para ella, tal y como Caín había previsto desde 
principio. Alicia aspiró el aire de sus labios y apretó con fuerza las manos de Roland, unida a él 
en aquel beso de salvación. 

   El muchacho le dirigió una mirada desesperada de adiós y la empujó contra su voluntad fuera 
del puente, donde, lentamente, Alicia inició su ascenso hacia la superficie. Aquella fue la última 
vez que Alicia vio a Roland. Segundos después, la muchacha emergió en el centro de la bahía y 
pudo   ver   que   la   tormenta   se   alejaba   lentamente   mar   adentro,   llevándose   consigo   todas   las 
esperanzas que había puesto en el futuro. 

   Cuando Max vio aflorar el rostro de Alicia sobre la superficie, se lanzó de nuevo al agua y nadó 
apresuradamente   hasta   ella.   Su   hermana   apenas   podía   mantenerse   a   flote   y   balbuceaba 
palabras incomprensibles, tosiendo violentamente y escupiendo el agua que había tragado en su 
ascenso desde el fondo. Max la rodeó por los hombros y la arrastró hasta que pudo hacer pie a 
un par de metros de la orilla. El viejo farero esperaba en la playa y corrió a socorrerlos. Juntos 
sacaron a Alicia del agua y la tendieron sobre la arena. Víctor Kray buscó el pulso de Alicia en la 
muñeca, pero Max retiró delicadamente la mano temblorosa del anciano. 
    
   ­ Está viva, señor Kray ­ explicó Max, acariciando la frente de su hermana ­. Está viva. 
   El anciano asintió y dejó a Alicia al cuidado de Max. Tambaleándose, como un soldado tras una 
larga batalla, Víctor Kray caminó hasta la orilla y se adentró en el mar hasta que el agua lecubrió 
la cintura. 
    
   ­ ¿Dónde está mi Roland? ­ murmuró el anciano, volviéndose a Max ­. ¿Dónde está mi nieto? 
  
     Max le miró en silencio, viendo cómo el alma del pobre anciano y la fuerza que le había 
mantenido todos aquellos años en lo alto del faro se perdían igual que un puñado de arena entre 
los dedos. 
    
     ­ No volverá, señor Kray ­ respondió finalmente  el  muchacho, con  lágrimas en los  ojos ­. 
Roland ya no volverá. 
  
   El viejo farero le miró como si no pudiera comprender sus palabras. Luego asintió, pero volvió 
la   vista   a   mar   a   la   espera   de   que   su   nieto   emergiese   de   las   aguas   para   reunirse   con   él. 
Lentamente, las aguas recobraron la calma y una guirnalda de estrellas se encendió sobre el 
horizonte. Roland nunca volvió. 
Capítulo dieciocho

   Al día siguiente a la tormenta que asoló la costa durante la larga noche del 23 de junio de 1943, 
Maximilian y Andrea Carver volvieron a la casa de la playa con la pequeña Irina, que ya estaba 
fuera   de   peligro,   aunque   tardaría   unas  semanas   en   recobrarse   completamen   te.   Los   fuertes 
vientos   que   habían   azotado   el   pueblo   hasta   poco   antes   del   amanecer   dejaron   un   rastro   de 
árboles y postes eléctricos caídos, barcas arrastradas desde el mar hasta el paseo y ventanas 
rotas en buena parte de las fachadas del pueblo. Alicia y Max esperaban en silencio, sentados 
en el porche, y desde el instante en que Maximilian Carver descendió del coche que les había 
conducido desde la ciudad, pudo ver en sus rostros y en sus ropas raídas que algo terrible había 
sucedido. 

    Antes de que pudiese formular la primera pregunta, la mirada de Max le permitió comprender 
que   las   explicaciones,   si   alguna   vez   llegaban   a   producirse,   tendrían   que   esperar   para   más 
adelante. Fuera lo que fuese que había acontecido, Maximilian Carver supo, del modo en que 
pocas veces en la vida se nos permite comprender sin necesidad de palabras o razones, que 
tras la mirada triste de sus dos hijos terminaba una etapa en sus vidas que nunca volvería. 

   Antes de entrar en la casa de la playa, Maximilian Carver miró en el pozo sin fondo de los ojos 
de Alicia, que contemplaba ausente la línea del horizonte como si esperase encontrar en ella la 
solución a todas las preguntas, preguntas que ni él ni nadie podrían ya contestar. De repente, y 
en silencio, se dio cuenta de que su hija había crecido y algún día, no muy lejano, emprendería 
un nuevo camino en busca de sus propias respuestas. 

   La estación del tren estaba sumida en la nube de vapor que exhalaba la máquina. Los últimos 
viajeros se apresuraban a subir a los vagones y a despedirse de los familiares y amigos que los 
habían acompañado hasta el andén. Max observó el viejo reloj que le había dado la bienvenida 
al pueblo y comprobó que, esta vez, sus agujas se habían parado para siempre. El mozo del tren 
se acercó a Max y a Víctor Kray, con la palma extendida y claras intenciones de conseguir una 
propina. 
    
   ­ Las maletas ya están en el tren señor. 
  
     El viejo farero le tendió unas monedas y el mozo se alejó, contándolas. Max y Víctor Kray 
intercambiaron una sonrisa, como si la anécdota les resultara divertida y aquélla no fuese más 
que una despedida rutinaria. 

   ­ Alicia no ha podido venir porque... ­ empezó Max. 
    
   ­ No es necesario. Lo entiendo ­ atajó el farero ­. Despídeme de ella. Y cuídala. 

   ­ Lo haré  respondió ­ Max. 
    
   El jefe de estación hizo sonar su silbato. El tren estaba a punto de partir. 
    
   ­ ¿No me va a decir dónde va? ­ preguntó Max, señalando al tren que esperaba en los raíles. 
  
   Víctor Kray sonrió y tendió su mano al muchacho. 
    
   ­ Vaya a donde vaya ­ respondió el anciano ­, nunca podré alejarme de aquí. 
  
   El silbato sonó de nuevo. Tan sólo Víctor Kray restaba para subir al tren. El revisor esperaba al 
pie de la puerta del vagón. 
    
   ­ Tengo que irme, Max ­ dijo el anciano. 
  
   Max le abrazó con fuerza y el farero le rodeó con sus brazos. 
    
   ­ Por cierto, tengo algo para ti. 
  
    Max acepto una pequeña caja de manos del farero. Max la agitó suavemente; algo tintineaba 
en su interior. 
    
   ­ ¿No vas a abrirla? ­ preguntó el anciano. 
    
   ­ Cuando usted se haya ido ­ respondió Max. 
  
   El farero se encogió de hombros. 
   
     Víctor Kray se dirigió hacia el vagón y el revisor le tendió la mano para ayudarle a subir. 
Cuando el farero estaba en el último escalón Max corrió súbitamente hacia él. 
    
   ­ ¡Señor Kray! ­ exclamó Max. 
  
   El anciano se volvió a mirarle, con aire divertido. 
    
   ­ Me ha gustado conocerle, señor Kray ­ dijo max. 
  
   Víctor Kray le sonrió por última vez y se golpeó el pecho suavemente con el índice. 
    
   ­ A mí también, Max ­ respondió ­. A mí también. 
  
    Lentamente, el tren arrancó y su rastro de vapor se perdió en la distancia para siempre. Max 
permaneció en el andén hasta que ya se hizo imposible distinguir aquel punto en el horizonte. 
Sólo  entonces  abrió  la  caja  que  el  anciano  le  había  entregado y  descubrió  que  contenía  un 
manojo de llaves. Max sonrió. Eran las llaves del faro. 
Epílogo

    Las últimas semanas del verano trajeron nuevas noticias de aquella guerra, que según todos 
decían, tenía los días contados. Maximilian Carver había inaugurado su relojería en un pequeño 
local cerca de la plaza de la iglesia y, al poco tiempo, no quedaba habitante del pueblo que no 
hubiese visitado el pequeño bazar de las maravillas del padre de Max. La pequeña Irina se había 
recuperado completamente y no parecía recordar el accidente que había sufrido en las escaleras 
de la casa de la playa. Ella y su madre acostumbraban a hacer largos paseos por la playa en 
busca de conchas y pequeños fósiles con los que habían empezado una colección que aquel 
otoño prometía ser la envidia de sus nuevas compañeras de clase. 

   Max, fiel al legado del viejo farero, acudía con su bicicleta cada atardecer hasta la casa del faro 
y prendía la llama del haz de luz que habría de guiar a los barcos hasta el nuevo amanecer. Max 
subía a la atalaya y desde allí contemplaba el océano, tal y como hizo Víctor Kray durante casi 
toda su vida. Durante una de esas tardes en el faro, Max descubrió que su hermana Alicia solía 
volver a playa donde se había alzado la cabaña de Roland. Venía sola y se sentaba junto a la 
orilla, extraviando su mirada en el mar y dejando pasar las horas en silencio. Ya nunca hablaban 
como   lo   habían   hecho   durante   los   días   que   habían   compartido   con   Roland   y   Alicia   nunca 
mencionaba lo sucedido aquella noche en la bahía. Max había respetado su silencio desde el 
primer día. Al llegar los últimos días de septiembre que presagiaban el principio del otoño, el 
recuerdo del Príncipe de la Niebla parecía haberse desvanecido definitivamente de su memoria 
como un sueño a la luz del día. 

   A menudo, cuando Max observaba a su hermana Alicia abajo en la playa, evocaba las palabras 
de Roland cuando su amigo le había confesado el temor de que aquél fuera su último verano en 
el   pueblo   si   era   reclutado.   Ahora,   aunque   los   hermanos   apenas   cruzaban   una   palabra   al 
respecto, Max sabía que el recuerdo de Roland y de aquel verano en que descubrieron juntos la 
magia permanecía con ellos y los uniría para siempre. 

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