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Regla Masónica de Wilhelmsbad 1782

Este documento presenta la Regla Masónica aprobada en 1782, la cual describe los deberes de un masón hacia Dios, la humanidad y la sociedad. En menos de 3 oraciones, resume lo siguiente: La Regla Masónica establece los deberes de un masón hacia Dios, incluyendo adorarlo y cumplir sus leyes; hacia el soberano y la patria, como honrar su autoridad legítima; y hacia toda la humanidad, mediante el amor compasivo hacia todos los hombres y naciones.

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Regla Masónica de Wilhelmsbad 1782

Este documento presenta la Regla Masónica aprobada en 1782, la cual describe los deberes de un masón hacia Dios, la humanidad y la sociedad. En menos de 3 oraciones, resume lo siguiente: La Regla Masónica establece los deberes de un masón hacia Dios, incluyendo adorarlo y cumplir sus leyes; hacia el soberano y la patria, como honrar su autoridad legítima; y hacia toda la humanidad, mediante el amor compasivo hacia todos los hombres y naciones.

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LA REGLA MASÓNICA

Aprobada en el transcurso del Convento de


Wilhelmsbad de 1782

¡Oh, tú, que acabas de iniciarte en las lecciones de la sabiduría! ¡Hijo


de la virtud y de la amistad! ¡Presta oído atento a nuestras
instrucciones, y que tu alma se abra a los nobles preceptos de la
Verdad! Te enseñaremos el camino que lleva a la vida dichosa y feliz;
te enseñaremos a complacer al Autor de tus días y a utilizar con
energía y éxito todos los medios que la Providencia te ofrece para ser
útil a los hombres y saborear los encantos de la beneficencia.

ARTÍCULO I. DEBERES CON DIOS Y LA RELIGIÓN

ARTÍCULO II. INMORTALIDAD DEL ALMA

ARTÍCULO III. DEBERES HACIA EL SOBERANO Y LA PATRIA

ARTÍCULO IV. DEBERES CON TODA LA HUMANIDAD

ARTÍCULO V. BENEFICENCIA

ARTÍCULO VI. OTROS DEBERES MORALES CON LOS HOMBRES

ARTÍCULO VII. PERFECCIÓN MORAL DE UNO MISMO

ARTÍCULO VIII. DEBERES CON LOS HERMANOSARTÍCULO IX.


DEBERES PARA CON LA ORDEN
ARTÍCULO I. DEBERES CON DIOS Y LA
RELIGIÓN

ARTÍCULO I.
DEBERES CON DIOS Y LA RELIGIÓN
I
Tu primera ofrenda pertenece a la Divinidad. Adora al Ser pleno de
majestad que creó el universo por un acto de su voluntad, que lo
conserva por efecto de su acción continuada, que llena tu corazón, y
que tu espíritu limitado no puede concebir ni definir. Compadece el
triste delirio de aquel que cierra sus ojos a la luz y se pasea por las
espesas tinieblas del azar. Que tu corazón enternecido y reconociendo
los beneficios paternales de tu Dios, rechace con desprecio estos
vanos sofismas, que prueban la degradación del espíritu humano
cuando se aleja de su origen. Eleva siempre que puedas tu alma por
encima de los seres materiales que te rodean, y lanza una mirada
plena de deseo hacia las regiones superiores que son tu herencia y tu
verdadera patria. Ofrece a Dios el sacrificio de tu voluntad y de tus
deseos, hazte digno de esas influencias vivificantes, cumple las leyes
que Él quiere que cumplas como hombre en tu existencia terrenal.
Complacer a Dios, he ahí tu dicha; estar siempre unido a Él, ésta debe
ser tu mayor ambición y la brújula de tus acciones.
II
¿Cómo osarías sostener su mirada, tú, ser frágil, que infringes a
cada instante sus leyes y ofendes su santidad, si su bondad
paternal no te proporcionara un reparador infinito? Abandonado a
los extravíos de tu razón, ¿dónde hallarías la certeza de un porvenir
consolador? Entregado a la justicia de tu Dios, ¿dónde estará tu
refugio? Da pues gracias a tu Redentor; prostérnate ante el Verbo
encarnado, y bendice a la Providencia que te ha hecho nacer entre
los cristianos. Profesa en todo lugar la Divina Religión de Cristo, y
no te avergüences de pertenecer a ella. El Evangelio es la base de
nuestras obligaciones; si no creyeras en Él dejarías de ser Masón.
Muestra en todas tus acciones una piedad esclarecida y activa, sin
hipocresía ni fanatismo; el Cristianismo no se limita a unas
verdades especulativas; practica todos los deberes morales que
enseña, y serás feliz; tus contemporáneos te bendecirán y te
presentarás sin turbación ante el trono del Eterno
III
Sobre todo, imbúyete de este principio de caridad y de amor, base de
esta Santa Religión; lamenta el error sin odiarlo ni perseguirlo, deja
únicamente a Dios el acto de juzgar, y conténtate con amar y tolerar.
¡Masones! ¡Hijos de un mismo Dios! ¡Reunidos por una creencia
común en nuestro Divino Salvador!, que este vínculo de amor nos una
estrechamente y haga desaparecer todo prejuicio contrario a nuestra
concordia fraternal.
ARTÍCULO II. INMORTALIDAD DEL
ALMA
ARTÍCULO II.
INMORTALIDAD DEL ALMA
I
¡Hombre! ¡Rey del mundo! ¡Obra maestra de la creación que Dios
animó con su Aliento!, medita tu sublime destino. Todo lo que vegeta
alrededor de ti, y que sólo tiene una vida animal, perece con el tiempo,
y está sometido a su dominio: sólo tu alma inmortal, emanada del
seno de la Divinidad, sobrevivirá a las cosas materiales y no morirá
jamás. He ahí tu verdadero título de nobleza; siente con fuerza tu
dicha, pero sin orgullo: él pierde a tu raza y te precipita otra vez en el
abismo. ¡Ser degradado!, a pesar de tu primitiva grandeza, ¿quién
eres tú delante del Eterno? Adórale desde el polvo y separa
cuidadosamente este principio celeste e indestructible de mezclas
extrañas; cultiva tu alma inmortal y perfeccionable, y hazla susceptible
de ser unida al origen puro del bien, entonces será liberada de los
groseros vapores de la materia. Es así que serás libre en medio de la
esclavitud, dichoso en el centro mismo de la desgracia, inamovible en
el más fuerte de los temporales y podrás morir sin temor.
II
¡Masón!, si jamás llegas a dudar de la naturaleza inmortal de tu alma,
y de tu alto destino, la iniciación será estéril para ti; dejarás de ser el
hijo adoptivo de la sabiduría, y serás confundido con la multitud de
seres materiales y profanos, que deambulan entre las tinieblas.
ARTÍCULO III. DEBERES HACIA EL
SOBERANO Y LA PATRIA
ARTÍCULO III.
DEBERES HACIA EL SOBERANO Y LA PATRIA
I
El Ser Supremo confía de forma muy cierta sus poderes sobre la
Tierra al Soberano; respeta y ama su autoridad legítima sin importar
dónde esté el rincón de la Tierra que habites; tu primera ofrenda
pertenece a Dios, el segundo, a tu Patria.
El hombre errante en las selvas, sin cultura y huyendo de sus
semejantes, sería impropio para cumplir con los designios de la
Providencia y alcanzar toda la dicha que le está reservada. Su ser se
engrandece en medio de sus semejantes; su espíritu se fortifica
contrastando opiniones; pero una vez en medio de la sociedad, tendrá
que combatir sin cesar el interés personal y las pasiones
desordenadas; y la inocencia pronto sucumbiría bajo la fuerza o bajo
las astucias. Son necesarias, pues, las leyes para guiarle, y
responsables para mantenerlas.
II
¡Hombre sensible!, que honras y respetas a tus padres; honra del
mismo modo a los padres del Estado y ruega por su conservación; son
los representantes de la Divinidad en la Tierra. Si se desvían,
responderán de ello ante el Juez de los Reyes; mas tu propio juicio te
puede engañar, y jamás te exime de obedecer. Si faltas a este deber
sagrado, si tu corazón no se estremece con el dulce nombre de la
Patria y de tu Soberano, la Masonería te rechazará de su seno como
refractario al orden público, como indigno de participar de los
privilegios de una asociación que merece la confianza y la estima de
los gobiernos, ya que uno de sus principales móviles es el patriotismo
y que, celosa de formar a los mejores ciudadanos, exige que sus
afiliados cumplan, con el máximo celo y por los motivos más
depurados, todos los deberes de su estado civil. El soldado con más
coraje, el juez más íntegro, el maestro más afable, el servidor más fiel,
el padre más amoroso, el esposo más constante, el hijo más sumiso,
debe ser el Masón, ya que, las obligaciones usuales y comunes del
ciudadano han sido santificadas y reforzadas por los votos libres y
voluntarios del Masón, y quien no las cumpla juntará a esa flaqueza, la
hipocresía y el perjurio.
ARTÍCULO IV. DEBERES CON TODA LA
HUMANIDAD
ARTÍCULO IV.
DEBERES CON TODA LA HUMANIDAD
I
Pero si el círculo patriótico que te abre un camino tan fecundo y
satisfactorio, no ocupa toda tu actividad; si tu corazón sensible quiere
rebasar los límites patrios y abrasar con este calor humano, a todos
los hombres, a todas las naciones; si, remontándote a nuestro común
origen, te complaces en amar tiernamente a todos aquellos que tienen
los mismos órganos, la misma necesidad de amar, el mismo deseo de
ser útiles y un alma inmortal como la tuya, ven entonces a nuestros
templos a ofrecer tu homenaje a la santa humanidad; el universo es la
patria del Masón, y nada de lo que tenga que ver con el hombre, le es
extraño.
II
Mira con respeto este edificio majestuoso, destinado a estrechar los
lazos demasiado relajados de la moral; ama a una asociación general
de almas virtuosas, capaces de exaltarse, repartidas por todos los
países donde la razón y las luces han penetrado, reunidas bajo el
estandarte santo de la humanidad, regida por leyes sencillas y
uniformes. Siente, en definitiva, el objetivo sublime de nuestra Santa
Orden: consagra tu actividad y toda tu vida a la beneficencia;
ennoblece, purifica y fortifica esta generosa resolución, trabajando sin
descanso por tu perfeccionamiento y uniéndote mucho más
íntimamente con la Divinidad.
ARTÍCULO V. BENEFICENCIA
ARTÍCULO V.
BENEFICENCIA
I
Creado a imagen de Dios, quien se ha dignado comunicarse a los
hombres y derramar sobre ellos la dicha, acércate a ese modelo
infinito, por una voluntad constante de verter sin cesar sobre todos los
otros hombres todo cuanto de dichoso esté en tu poder. Todo lo que el
espíritu puede concebir de bueno es el patrimonio de la Masonería.
II
Contempla la penuria impotente de la infancia, que reclama tu ayuda;
considera la inexperiencia funesta de la juventud, que solicita tus
consejos; cifra tu felicidad en preservarla de los errores y de las
seducciones que la amenazan; estimula en ellos la llama del fuego
sagrado del ingenio y ayúdales a desarrollarse para la felicidad del
mundo.
III
Todo ser que sufre o gime tiene derechos sagrados sobre ti, guárdate
de ignorarlos: no esperes más que el grito punzante de la miseria te
reclame; prevé de antemano y reconforta al infortunado tímido; no
envenenes, con la ostentación de tus dones, las fuentes de agua viva
donde los desventurados deben calmar su sed; no busques la
recompensa de tu beneficencia en los vanos aplausos de la multitud;
el Masón la encuentra en la aprobación tranquila de su conciencia y
en la sonrisa fortificante de la Divinidad, bajo cuya mirada se
encuentra sin cesar.
IV
Si la Providencia generosa te concede algo que te sea superfluo,
guárdate de hacer de ello un uso frívolo y derrochador; Ella quiere que
por iniciativa libre y espontánea de tu alma generosa, te vuelvas
sensible a la distribución equitativa de bienes, que entra en sus
planes; goza de esta bella prerrogativa. Que jamás la avaricia, la más
sórdida de las pasiones, no envilezca tu carácter, y que tu corazón se
eleve por encima de los fríos y áridos cálculos que ella sugiere. Si
jamás viniera a desecar tu corazón con su soplo triste e interesado,
huye de nuestros talleres de caridad, no tendrían atractivo para ti, y
nosotros ya no podríamos reconocer en ti la pasada imagen de la
Divinidad.
V
Que tu beneficencia sea esclarecida por la religión, la sabiduría y la
prudencia; tu corazón querría abarcar las necesidades de la
humanidad entera, pero tu espíritu debe escoger las más apremiantes
y las más importantes. Instruye, aconseja, protege, da, alivia todo a tu
alrededor; no creas jamás haber hecho bastante, y no descanses en
tus obras, si no es para mostrar una renovada energía. Entregándote
así a los impulsos de este apasionamiento sublime, una fuente
inagotable de gozo se prepara para ti: tendrás en esta Tierra el sabor
anticipado de la felicidad celeste, tu alma se engrandecerá y
satisfacerás todos los instantes de tu vida.
ARTÍCULO VI. OTROS DEBERES
MORALES CON LOS HOMBRES
ARTÍCULO VI.
OTROS DEBERES MORALES CON LOS
HOMBRES
I
Ama a tu prójimo como a ti mismo, y no le hagas jamás aquello que no
quieras que te hagan. Sírvete del don sublime de la palabra, signo
exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso de las
necesidades del prójimo, y para encender en todos los corazones el
fuego sagrado de la virtud. Sé afable y servicial, edifica con tu
ejemplo, comparte la felicidad de los demás sin celos. No permitas
jamás a la envidia elevarse ni un solo instante en tu interior,
enturbiaría el manantial puro de tu dicha, y tu alma sería presa de la
más triste furia de remordimientos.
II
Perdona a tu enemigo; no te vengues de él más que por tus buenas
obras: este sacrificio generoso, sublime precepto que debemos a la
religión, te proporcionará los placeres más puros y deliciosos; volverás
a ser la viva imagen de la Divinidad, que perdona con bondad celeste
las ofensas del hombre, y lo colma de gracias a pesar de su ingratitud.
Acuérdate siempre que éste es el triunfo más bello que la razón pueda
obtener sobre el instinto, y que el Masón olvida las injurias, pero jamás
las buenas obras.
ARTÍCULO VII. PERFECCIÓN MORAL
DE UNO MISMO
ARTÍCULO VII.
PERFECCIÓN MORAL DE UNO MISMO
I
En tu entrega al bien del prójimo, no olvides nunca tu propia
perfección y no descuides satisfacer las necesidades de tu alma
inmortal. Desciende a menudo hasta el fondo de tu corazón, para
escudriñar en él hasta los rincones más escondidos. El conocimiento
de ti mismo es el gran eje de los preceptos masónicos. Tu alma es la
piedra bruta que es necesario desbastar: ofrece a la Divinidad el
homenaje de tus sentimientos ordenados, y de tus pasiones vencidas.
II
Que las costumbres castas y severas sean tus compañeras
inseparables, y te vuelvan respetable a los ojos de los profanos; que tu
alma sea pura, recta, veraz y humilde. El orgullo es el enemigo más
peligroso del hombre, lo mantiene en una confianza ilusoria de sus
fuerzas. No tener en cuenta el fin para el cual has venido, retrasa tu
progreso: mantente firme hacia el lugar que debes alcanzar; la corta
duración de tu paso por este mundo, apenas te permite la esperanza
de alcanzarlo. Quita a tu amor propio el alimento peligroso de la
comparación con aquellos que están detrás de ti: siente más bien el
estímulo de una imitación virtuosa, mirando a modelos más perfectos
que van por delante de ti.
III
Que jamás tu boca altere los pensamientos secretos de tu corazón,
que sea siempre el órgano veraz y fiel: un Masón que se despoje de
su candor, para tomar la máscara de la hipocresía y de las artimañas,
será indigno de estar entre nosotros, y sembrando la desconfianza y la
discordia en nuestros apacibles templos, pronto se convertirá en el
horror y el azote.
IV
Que la idea sublime de la omnipresencia de Dios te fortifique, te
sostenga; renueva cada mañana el deseo de ser mejor: vela y reza. Y
cuando al anochecer tu corazón satisfecho te recuerde una buena
acción, o alguna victoria conseguida sobre ti mismo, únicamente
entonces, reposa tranquilamente en el seno de la Providencia y repón
nuevas fuerzas.
V
Estudia el sentido de los símbolos y los emblemas que la Orden te
presenta. La naturaleza misma vela la mayor parte de sus secretos;
ella debe ser observada, comparada y algunas veces sorprendida en
sus efectos. De entre todas las ciencias que presenten los resultados
más brillantes en la industria y en el progreso de la sociedad, observa
a aquella que te enseñe las relaciones entre Dios, el universo y tú,
colmará los deseos de tu alma celeste, y te enseñará a cumplir mejor
con tus deberes.
ARTÍCULO VIII. DEBERES CON LOS
HERMANOS
ARTÍCULO VIII.
DEBERES CON LOS HERMANOS
I
De la multitud inmensa de seres de que este universo está poblado, tú
has elegido por un deseo libre a los Masones como tus hermanos. No
olvides jamás que todo Masón, de cualquier comunión cristiana, país o
condición que sea, al presentarte su mano derecha, símbolo de la
franqueza fraternal, tiene derechos sagrados sobre tu asistencia y
sobre tu amistad. Fiel al deseo de la naturaleza, que es la igualdad, el
Masón restablece en sus templos los derechos originales de la familia
humana, no sacrificándolos jamás a los prejuicios populares, y el nivel
sagrado iguala aquí todas las condiciones. Respeta en la sociedad
civil las distancias establecidas o toleradas por la Providencia; a
menudo el orgullo las imagina, y sería muestra de orgullo el criticarlas,
y querer desconocerlas. Pero guárdate, sobre todo, de establecer
entre nosotros distinciones ficticias que desaprobamos; deja tus
dignidades y tus decoraciones profanas en la puerta, y no entres más
que con la escolta de tus virtudes. Sea cual sea tu rango en el mundo,
cede el paso en nuestras Logias al más virtuoso, al más esclarecido.
II
No te avergüences nunca en público de un hombre oscuro pero
honesto, que a nuestro amparo, tú abrazaste como Hermano unos
instantes antes; la Orden se avergonzaría de ti por tus actos y te
enviaría con tu orgullo, para lucirlo en las farsas profanas del mundo.
Si tu hermano está en peligro, corre en su ayuda, y no dudes en
arriesgar tu vida por él. Si está necesitado, vierte sobre él tus tesoros,
y alégrate de poder emplearlos tan satisfactoriamente; has jurado
ejercer la beneficencia con todos los hombres en general, la debes
con preferencia a tu Hermano que sufre. Si está en el error y se
extravía, ve a él con las luces del sentimiento, de la razón y de la
persuasión; conduce a la virtud a los seres que titubean, y levanta a
los que están caídos.
III
Si tu corazón herido por ofensas verdaderas o imaginarias, alimenta
alguna enemistad secreta en contra de uno de tus Hermanos, haz que

se desvanezca al instante la nube que se levanta entre vosotros; llama


en tu ayuda a algún árbitro desinteresado, reclama su mediación
fraternal: pero no traspases nunca el umbral del templo sin antes
haber depuesto todo sentimiento de odio o de venganza. Invocarías
en vano el nombre del Eterno, pues para que Él se digne estar en
nuestros templos, deben estar purificados por las virtudes de los
hermanos y santificados por su concordia.
ARTÍCULO IX. DEBERES PARA CON LA
ORDEN
ARTÍCULO IX.
DEBERES PARA CON LA ORDEN
I
Desde que fuiste admitido a participar de los privilegios que resultan
de la asociación Masónica, tú le has ofrecido tácitamente a cambio
una parte de tu libertad natural; cumple pues, estrictamente, las
obligaciones morales que ella impone; ajústate a sus sabios
reglamentos y respeta a aquellos que la confianza general ha
designado, para ser los guardianes de las leyes y los intérpretes del
punto de vista general. Tu voluntad en la Orden está sometida a la de
la Ley y a los superiores: serás un mal hermano si pretendes
desconocer esta subordinación necesaria en toda sociedad, la nuestra
se vería forzada a excluirte de su seno.
II
De entre todas las leyes, hay una que tú has prometido ante el Cielo
su más escrupulosa observancia: es la del secreto absoluto e
inviolable de nuestros rituales, ceremonias, signos y la forma de
nuestra asociación. Guárdate de creer que este compromiso sea
menos sagrado que los juramentos que hayas prestado en la sociedad
civil. Fuiste libre para pronunciarlo, pero no lo eres para romper el
secreto que te compromete. El Eterno, que invocas como testigo, la ha
ratificado: teme a las penas destinadas al perjuro: no escaparías
jamás al suplicio de tu corazón, y perderías la estima y la confianza de
una sociedad numerosa, que tendría derecho a declararte sin fe y sin
honor.
Si las lecciones que la Orden te ofrece, para facilitarte el camino de la
verdad y la felicidad, se graban profundamente en tu alma dócil y
abierta a los efectos de la virtud; si las máximas saludables, que
marcan, por así decirlo, cada paso que des en tu carrera masónica, se
vuelven tus propios principios y la regla invariable de tus acciones,
¡oh, hermano mío!, ¡cuál será nuestra alegría! Cumplirás tu sublime
destino, recobrarás esa semejanza divina, que formaba parte del
hombre en su estado de inocencia, que es el objetivo del Cristianismo,
y del cual la iniciación Masónica hace su objeto principal. Te volverás
la criatura amada del Cielo: sus bendiciones fecundas recaerán sobre
ti, y mereciendo el título glorioso de sabio, siempre libre, feliz y
estable, pasarás por ésta Tierra como los reyes, benefactor de los
hombres, y modelo de tus hermanos.

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