La Batalla de Junín
La Batalla de Junín, también conocida como la “batalla silenciosa”, se desarrolló el 6 de
agosto de 1824 en una elevación del terreno ubicada a orillas del lago Chinchaycocha,
inmediaciones de la pampa peruana de Junín, y constituyó el penúltimo gran combate
antes del crucial en Ayacucho. Conozca la trascendencia de esa gesta.
La batalla de Junín enfrentó a las caballerías de las tropas patriotas al mando de Simón
Bolívar (unos 900 jinetes), quienes pretendían aislar a las fuerzas españolas al mando
de José Canterac, aproximadamente 7.000 infantes y 1.200 efectivos de caballería.
Los escuadrones patriotas Húsares de Colombia y Granaderos a Caballo fueron
arrollados por el enemigo, en tanto resistieron con sus largas lanzas los Granaderos
de Colombia. Tras lo cual los Húsares del Perú, al mando del mayor José Andrés Rázuri,
atacaron, el grueso de la caballería patriota se reagrupó y envolvió al enemigo, que se
vio obligado a huir y dispersarse.
Combate estratégico de caballerías
La victoria en la Batalla de Junín puso fin a una serie de derrotas consecutivas del
ejército rebelde como las acontecidas en Torata y Moquegua o Zepita, las cuales
conllevaron a la ocupación de La Paz en el Alto Perú, y de Arequipa, además de haber
provocado dispersión en las fuerzas independentistas.
Ese triunfo significó una inyección de moral para las fuerzas patriotas, y un revés,
fundamentalmente de posteriores efectos psicológicos, para los realistas que además
cedieron sus posiciones y dominio estratégico en la Sierra Central peruana.
La victoria de las tropas patriotas en Junín tuvo notorias consecuencias en el curso
posterior de la independencia, la primera en el plano militar, causando la muerte de
más de 350 realistas y tomando casi un centenar de prisioneros. También
sucumbieron 45 patriotas y otros 100 resultaron heridos.
Desenlace y consecuencias
El reconocimiento de Bolívar a la acción heroica de los escuadrones de la caballería
peruana, capaces de desarticular a la caballería realista y hacerla perder a sus mejores
hombres. Desde entonces, ese regimiento fue bautizado como Húsares de Junín.
El retroceso desordenado del ejército de Canterac provocó el abandono de armas,
pertrechos y municiones que cayeron en manos de los patriotas, además de la pérdida
posterior de unos 3.000 efectivos del ejército español por enfermedad o deserción, en
su trayecto hacia el Cuzco.
El revés de Canterac en Junín le restó prestigio como estratega, forzó al virrey la Serna
a tomar personalmente el mando del ejército, y obligó a las fuerzas españolas a
detener su campaña ofensiva dirigida por el general Gerónimo Valdés en Alto Perú, y
reagruparse bajo las órdenes de la Serna.
El triunfo en Junín allanó el camino para la victoria posterior de los independentistas
en la batalla de Ayacucho, la cual el 9 de diciembre de 1824 consolidó la
independencia definitiva del Perú y de la América del Sur.
Al punto de que la Asamblea Deliberante de Chuquisaca y la redacción del acta de
independencia por los representantes de Charcas, Potosí, La Paz, Cochabamba y Santa
Cruz, tuvieron lugar el propio 6 de agosto, pero de 1925 en honor a Junín. En
Chuquisaca, las antiguas provincias del Alto Perú se proclaman como un Estado libre.
Fin parte 2
Batalla de Junín
La batalla de Junín fue un enfrentamiento bélico que tuvo lugar el 06 de agosto de 1824, en la pampa
de Junín, en el centro del Perú. Poco se conoce, aparte de que fue a sablazos y de que se ganó gracias
a la intervención de Andrés Rázuri. Pero la bibliografía reciente e incluso la tradicional parten de
una narración notablemente distinta, al saber común que tenemos en el país.
Para empezar la coyuntura política cambió bruscamente y fue bien aprovechada por Simón Bolívar.
En España en el año de 1823 hubo un golpe de Estado absolutista, donde el Rey Fernando VII
restableció sus fueros, aboliendo por segunda vez la Constitución liberal de Cádiz.
La noticia provocó una profunda división de las fuerzas realistas en el Perú, por su parte estas se
habían fortalecido en la sierra central y sur, además de la actual Bolivia. La vanguardia realista aún
combatía por el Norte Argentino y con el Virrey establecido en el Cusco controlaban el corazón
andino del continente.
Pero en el Alto Perú, se sublevó el General Pedro Olañeta, quien era un obstinado absolutista y
detestaba al Virrey La Serna, quien era partidario de los liberales. El levantamiento de Olañeta,
obligó al Virrey a contenerlo con una división acantonada en Puno. Entre los sublevados y las
fuerzas de contención el Ejército realista se redujo en 5,000 hombres y sus efectivos se igualaron a
las fuerzas disponibles por los patriotas.
Así, ambos ejércitos quedaron con aproximadamente 10,000 hombres de infantería y unos 1,000 de
caballerías, pero las fuerzas del virrey estaban divididas entre quienes estaban alrededor de su última
capital el Cusco y los que guarecían la sierra central.
Bolívar detectó a tiempo la debilidad de los realistas y decidió aprovechar su oportunidad. Por su
parte en el año de 1823 los patriotas se habían reorganizado después de dolorosos enfrentamientos
internos.
El primer conflicto de los colombianos en el Perú fue con el presidente Riva Agüero, quien fue
destituido y acusado de negociar con el Virrey quien había sido deportado; luego Bolívar se enfrentó
a la aristocracia limeña y fusiló a uno de los suyos quien fue Berindoaga.
En medio de una grave crisis, el segundo presidente, Bernardo de Torre Tagle, se pasó al bando
realista y con parte de la nobleza colonial, se asiló en los Castillos del Callao, al mando del General
Rodil; allí moriría, reconvertido a favor del Rey. El campo patriota se había desangrado y vuelto a
renacer durante 1823. La reorganización fue liderada por el liberal radical José Faustino Sánchez
Carrión, quien con decisión salvó la República.
Bolívar subió a la sierra central y encontró a Canterac, que comandaba a los realistas en los
alrededores del lago Junín. El Ejército del Rey estaba retrocediendo y sus infantes caminaban
adelante. Mientras que los patriotas avanzaban y sus caballos trataban de alcanzar al enemigo. En la
tarde del 06 de junio, ambas caballerías fueron al choque.
Canterac, inició el ataque arrollando a los patriotas, cuyo jefe el General Argentino Mariano
Necochea, cayó herido e incluso fue hecho prisionero, pero cuando la batalla no había concluido,
cargó la reserva patriota, integrada por los Húsares del Perú, luego llamados de Junín y cambió el
curso de la lucha.
Hoy se cumplen 197 años de la Batalla de Junín, uno de los enfrentamientos finales de la Campaña
Libertadora, en el que el Ejército Patriota; bajo el mando de nuestro padre Simón Bolívar, derrota a
las tropas realistas en la Pampa de Junín, en la Cordillera Peruana, dando un paso irreversible a
nuestra Independencia.
Parte 3
La victoria obtenida en la pampa de Junín el 6 de agosto de 1824 por el Ejército
Unido Libertador del Perú fue un paso decisivo para poner fin a años de guerra
por la independencia, preludio del triunfo final en Ayacucho. ¿Cómo se
desarrolló este importante suceso histórico? Conozcamos más en el parte de
batalla registrado por el general Andrés de Santa Cruz, jefe del Estado mayor de
la división peruana. El mismo es tomado de la publicación “Homenaje a la
victoria de Junín”, editado en 1974 con motivo del sesquicentenario de la
mencionada batalla, y que se encuentra disponible en el Repositorio
Bicentenario.
PARTE DE LA BATALLA DE JUNÍN
EJÉRCITO UNIDO LIBERTADOR DEL PERÚ
ESTADO MAYOR GENERAL LIBERTADOR
El Ejército Libertador, reunido en las cercanías del mineral de Pasco,
emprendió sus operaciones el 2 del corriente, a tiempo que el enemigo, erguido
por sus anteriores sucesos, dejó en los primeros días de este mes sus
acantonamientos de Jauja y Tarma para buscarnos. Mientras que el ejército
español marchaba por el camino de Reyes, el Ejército Unido se movía por la
derecha del río de Jauja, con el objeto de tomarlo por la espalda. En la segunda
jornada se recibieron los primeros partes de la marcha del enemigo y, no
obstante, se continuó la nuestra por la misma ruta que llevábamos, con la mira
de interponernos en caso de que contramarchase. Informado de nuestra
dirección, S. E. el Libertador supo ayer en Conocancha que todas las fuerzas
españolas, compuestas de ocho batallones, nueve escuadrones y nueve piezas de
campaña, al mando del General Canterac, se hallaban en Carhuamayo. S. E.
dispuso hacer una marcha forzada y directa a Reyes, donde los enemigos debían
tocar en su retirada, pensando celebrar hoy el aniversario de Boyacá con la
libertad del Perú; porque S. E. contaba con dar una batalla, puesto que el
enemigo la procuraba. Por precipitado que fue nuestro movimiento, no pudimos
lograr esta ventaja, ni satisfacer los deseos del ejército; los españoles habían
vuelto sobre sus pasos con una velocidad indecible. Al llegar a la altura que
domina estas llanuras, observó el Libertador que el ejército enemigo seguía
rápidamente para Tarma, estando aún nuestra infantería distante dos leguas del
campo de Junín. En consecuencia, trató retardarles la marcha, presentándoles
algunos cuerpos de caballería. Siete escuadrones, mandados inmediatamente
por el intrépido general Necochea, comandante general de la caballería, se
adelantaron a las cinco de la tarde al trote hasta la llanura donde estaba el
enemigo. El general Canterac, confiado en la superioridad de su caballería, o
bien obligado a batirse por no ser desordenado en su retirada, formó tres
cuerpos y, por una brillante maniobra, cargó al galope la nuestra por el frente y
por el flanco izquierdo. Aunque inferiores en número, e impedidos por la
naturaleza del terreno para desplegar, nuestra caballería resistió la carga con el
mayor denuedo. El choque de estos dos cuerpos fue terrible, porque ambos
estaban satisfechos de su bizarría. Ambos empezaron a acuchillarse, y por el
momento ellos arrollaron algunos de nuestros escuadrones, a tiempo que los
Granaderos de Colombia que formaban la cabeza de la columna, y estaban en
batalla, estimulados por el heroico ejemplo de su comandante accidental, mayor
Felipe Braun, rompieron la izquierda del enemigo. Los Húsares de Colombia, al
mando de su coronel Laurencio Silva, y el primer regimiento del Perú a las del
señor general Miller, sostuvieron el centro y la derecha. El enemigo empezó a
desordenarse y los nuestros lo cargaron, y lo acuchillaban por todas partes. Sus
escuadrones, que poco antes contaban ufanos con destruirnos, dispersos por una
inmensa llanura, ofrecían la más completa idea del desorden. La caballería
española fue destrozada y perseguida hasta las mismas filas de su infantería, que
durante el combate estuvo en inacción, y después se puso en completa fuga. La
pérdida del enemigo ha sido la de dos jefes, diecisiete oficiales, y trescientos
cuarenta y cinco hombres de tropa, ochenta prisioneros, más de cuatrocientos
caballos ensillados, la mayor parte de sus armas, muchos dispersos y gran
número de heridos.
La nuestra ha consistido en cuarenta y cinco muertos y noventa y nueve heridos;
entre los primeros, el capitán Urbina, de Granaderos de Colombia; el teniente
Cortés, del primer escuadrón, del Perú, y el sargento mayor Lizárraga, edecán
del señor general Miller; de los segundos, el señor general Necochea, el
comandante Sawbry, el capitán Vargas y alférez Rodríguez, del regimiento del
Perú; el alférez Ferrer, de Granaderos de Colombia; el teniente Allende de
Granaderos de los Andes y el capitán Peraza, teniente Tapia y alférez Lanza, de
Húsares de Colombia. Toda la caballería enemiga ha quedado reducida a un
tercio de su fuerza, y su infantería fugitiva ha sufrido mucha dispersión, dejando
en el tránsito algún armamento y varios útiles. Ayer debió ser completamente
destruido el ejército español, si una tan larga como penosa jornada no hubiera
privado a nuestra infantería de llegar a tiempo para completar la más brillante
victoria, y si la noche, caminos difíciles, un terreno desconocido, no impidieran
haberlo perseguido. Tal ha sido el primer suceso de la campaña; algunos de
nuestros escuadrones, solamente, han destruido la orgullosa caballería española
y toda la moral de su ejército. S. E. el Libertador, testigo del valor heroico de los
bravos que se distinguieron en el día de ayer, recomienda a la admiración de la
América al señor general Necochea, que se arrojó a las filas enemigas con una
impetuosidad heroica, hasta recibir siete heridas; al Sr. general Miller, que con
el primer regimiento del Perú, flanqueó al enemigo con mucha habilidad y
denuedo; al Sr. coronel Carbajal, que con su lanza dio muerte a muchos
enemigos; al Sr. coronel Silva, que en medio de la confusión del combate rehizo
parte de su cuerpo que estaba en desorden y rechazó los escuadrones que lo
envolvían; al señor coronel Bruix, que con el capitán Pringles, algunos oficiales
y Granaderos de los Andes, se mantuvo firme en medio de los peligros; al
comandante del primer escuadrón del regimiento de caballería de línea del Perú,
Suárez, que condujo su cuerpo con la destreza y resolución que honrarán
siempre a los bravos del Perú; al comandante Sawbry, del 2.° escuadrón, que
gravemente enfermo se arrojó a las lanzas enemigas hasta recibir una herida; al
comandante Blanco, del 3.° escuadrón; al mayor Olavarría; al bravo
comandante Medina, edecán de S. E. el Libertador; y al capitán Allende, del
primer escuadrón del primer regimiento del Perú; al capitán Camacaro, de
Húsares de Colombia, que con su compañía tomó la espalda de los escuadrones
enemigos y les cortó el vuelo de su instantáneo triunfo; a los capitanes Escobar y
Sandoval, de Granaderos, y a los capitanes Jiménez y Peraza, de Húsares de
Colombia; a los tenientes Segovia y Tapia, y alférez Lanza, que con el mayor
Braun persiguieron a los escuadrones enemigos hasta su infantería. Sería, en fin,
necesario nombrar a todos nuestros bravos de caballería, si hubiésemos de
mencionar a los que se distinguieron en este combate memorable, que ha
decidido ya de la suerte del Perú.