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Trabajo Humano

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Sección tomada del Capitulo IV de

Neffa, Julio César (2003) El trabajo humano. Contribuciones al estudio de un valor que
permanece. Buenos Aires: Asociación Trabajo y Sociedad, CEIL-PIETTE-CONICET,
Lumen. ISBN 987-00-0373-7

2. Reflexiones y propuestas sobre la concepción del trabajo


2.1. El trabajo humano es multidimensional
El trabajo es para nosotros una actividad tan propiamente humana como el juego, el arte y la vida
contemplativa. Es una actividad corporal y espiritual, física y “metafísica.” Pero la actividad laboriosa implica
la intervención del cuerpo humano, que encuentra resistencias y obstáculos para superar, presentes en la
tenacidad de la materia para transformarsey en el aprendizaje requerido para el uso de las herramientas y
maquinarias. Hasta las tareas laborales consideradas “intelectuales” requieren valerse de órganos corporales
para llevarse a cabo.
Señalaremos algunas de sus principales dimensiones, clasificándolas, tentativamente, según se refieran al
resultado objetivo externo, es decir la obra, o al sujeto que la realiza.

2.1.1. Dimensiones objetivas


1. El trabajo, por estar orientado a producir algo exterior a la persona que lo ejecuta, tiene una dimensión social,
está orientado hacia otros, y su finalidad por lo tanto es utilitaria. Para lograrlo el sujeto debe conocer y
someterse a las leyes propias de la materia (físicas, químicas, biológicas) al intentar transformarla. Crea bienes y
servicios dotados de una utilidad social, pues el esfuerzo humano voluntario y consciente busca que la materia,
una vez transformada, sea útil para satisfacer necesidades humanas (Vialatoux, 1953).
2. El trabajo requiere de manera manifiesta en primer lugar un gasto de energía humana, -el esfuerzo, las
posturas y los gestos-, y un despliegue de funciones biológicas osteomusculares y viscerales, psíquicas y
cognitivas, y por eso provoca fatiga. Como es toda la persona la que está involucrada en el acto de trabajar,
también intervienen sus facultades psíquicas (afectivas y relacionales) y mentales (cognitivas) e implica la
presencia consciente de una intención voluntaria y determinada, el objetivo que se desea alcanzar. La energía
que se va a gastar trabajando no se consume, como en el caso del juego, por el simple gusto de utilizarla: está
orientada a obtener un objetivo, “está finalizada” (Vialatoux, 1953). Ya hemos visto algunas posiciones sobre
la esencialidad o no del trabajo vinculadas con esta dimensión (Gorz, 1988; Rifkin, 1996).
3. El trabajo es una actividad socialmente necesaria, porque en su carácter de mediador entre la naturaleza y
los seres humanos, al transformar y dominarla, el trabajador es creador o transformador de bienes y servicios
necesarios para la supervivencia y reproducción de la especie humana. Por eso, es también fuente de derechos.
En consecuencia, el trabajo puede considerarse una necesidad y un deber social. Se trabaja co-laborando y, para
producir, el trabajador debe asociarse con otros, se trata de una experiencia de solidaridad humana. En el trabajo
se crean lazos, porque varias voluntades cooperan en una obra común, actúan en conformidad buscando
alcanzar un objetivo exterior a ellos (Borne y Henry, 1944)
4. Es una actividad trascendente, pues los productos (las obras) tienen una existencia objetiva propia y
separada del productor, -aún cuando lleven su impronta o su marca-, permanece más allá de su vida, y le
permiten superar los limites geográficos que el espacio impone a la movilidad de las personas, trascender el
medio local y las fronteras geográficas. Las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones
(NTIC) han contribuido mucho a potencializar estos alcances.
5. Por medio del trabajo los seres humanos establecen una relación particular de intermediación con la
naturaleza.
Proudhon había definido al trabajo como “una emisión del espíritu”. Veía el aprendizaje del trabajo como el fin
del hombre mientras viva sobre la tierra. Por su acción inteligente sobre la materia el hombre se distingue de los
animales; ellos pueden hacer cosas útiles para los seres humanos, pero sólo por instinto. Los animales no
trabajan, porque no tienen una conciencia reflexiva, voluntaria y libre, pues no son sujetos (Proudhon, Création
de l’ordre dans l’humanité, citado por Vialatoux, 1953).
El trabajo en los sectores productivos se ejerce sobre una materia que el hombre in-forma (incorpora la forma a
la materia) y transforma, como decía Aristóteles (Borne y Henry, 1944). Desde esa perspectiva el trabajo
requiere una intervención del pensamiento inteligente, que concibe el objetivo, organiza los medios, se moviliza
voluntariamente para alcanzar una finalidad y “dirige la mano”.
Dice H. Marcuse, en Etica de la revolución, que el trabajo es un hacer, y no una simple actividad. Al trabajar las
personas actúan como mediadoras entre sí mismas y la naturaleza, para dominarla, tratan de hacer el mundo
para sí, de objetivarse en el producto mientras que los objetos se humanizan. A diferencia del juego, el trabajo
requiere constancia, su resultado tiene una realidad permanente y está objetivado. Quien trabaja, cualquiera sea
su estatuto, se orienta a producir una cosa o a prestar un servicio, que tiene una existencia independiente y fuera
de sí mismo (Vialatoux, 1953). Las obras del trabajo, los fines directos e inmediatos, son vías o medios, es decir
mediaciones.
2.1.2. Dimensiones propias del sujeto
1. El trabajo es siempre la actividad de un ser humano, porque es una actividad voluntaria orientada hacia
una finalidad, laboriosa, fabricante, que significa un esfuerzo sobre sí mismo y sobre la materia (Borne y Henry,
1944). El hombre es definido como un “animal laborioso” (animal laborens), que gracias a sus facultades
cognitivas lleva a cabo una actividad transformadora del mundo. Para el filósofo Bergson, por su naturaleza el
ser humano es también un animal fabricante (homo faber) capaz de fabricar herramientas y de emplearlas como
instrumentos para hacer otras herramientas y maquinarias. La mano seria “el instrumento de los instrumentos” y
como decía Anaxágoras “el hombre piensa porque tiene manos” (Vialatoux, 1953).
El trabajo sujeta de alguna manera el trabajador a la materia pero por otra parte lo libera al generar un producto.
Es una mezcla de necesidad y de libertad.
2. El trabajo va siempre acompañado de sufrimiento y/o placer. Se piensa a menudo que el trabajo
intelectual, como actividad libre proporciona si no alegrías, al menos placer, mientras que por el contrario el
trabajo manual provocaría pena y fatiga, aun cuando ya no signifique un castigo, ni maldición divina.
Pero en la realidad, el trabajo se despliega acompañado siempre de estados afectivos tales como la pena, el
sufrimiento, el placer, la alegría y tiene una dimensión ascética, que implica aceptar voluntariamente un
esfuerzo necesariamente generador de fatiga.
El intento de vencer las resistencias de la materia u orientar su dinamismo en otra dirección y de adquirir las
destrezas para el uso de las herramientas y máquinas es de por sí penoso y provoca fatiga, pero como al mismo
tiempo es una actividad creativa, que proyecta la personalidad fuera de sí, si el trabajador toma conciencia de
ello puede dar lugar al placer y a la alegría, aún sin llegar a constituir un fin en sí mismo (Vialatoux, 1953).
Cuando el trabajo es objeto de una racionalización que intensifica la división técnica y social, la repetición
monótona de gestos operativos puede ser agotadora y crea condiciones de alienación: en esa circunstancia el
trabajador ve cada vez menos la utilidad de lo que hace y no obtiene satisfacción alguna (Borne y Henry, 1944).
3. Durante la actividad laboral y según sean las condiciones y medio ambiente de trabajo, se establece una
relación directa y permanente con la vida y la salud del trabajador. La esperanza de vida y el estado de
salud dependen del contenido y organización del trabajo, de su duración y configuración, de su intensidad, de
sus requerimientos en términos de tiempo de trabajo, carga de trabajo, esfuerzo físico, aportes psíquicos y
mentales, en el contexto del medio ambiente físico, químico y biológico imperantes. Nuestras investigaciones
en diversos sectores de actividad sobre la relación entre CYMAT y salud de los trabajadores lo han confirmado
(Neffa, 1987; Epelman, Fontana, Neffa, 1990; Catalano, Mendizábal, Neffa, 1993).
4. El trabajo permite o contribuye a la realización personal es decir al desarrollo de la personalidad de
quienes lo ejecutan y define una identidad social cristalizada en la profesión o el oficio, porque durante su
ejercicio permite la actualización de todas, o al menos algunas, de las potencialidades físicas, biológicas,
psíquicas y mentales del ser humano. El desarrollo de la personalidad está condicionado por los sentimientos de
pertenencia y de identidad de las personas. La pertenencia implica que el sujeto reúne ciertas condiciones o
cualidades similares a las de un grupo o categoría socio-profesional de inserción que le sirve de referencia.
Como se mencionara anteriormente, la identidad personal es precisamente lo que dentro de ese conjunto lo
distingue a un trabajador de los otros, su estilo particular de hacer las cosas o de comportarse. La identidad se
construye en la acción, en el acto de hacer. Ahora bien, como dice C. Déjours, la identidad no se construye sólo
en la interioridad de la persona, ya que depende de la mirada y de la evaluación que emiten sobre él los demás
miembros que pertenecen al mismo colectivo de trabajo. Como ya se analizó, el sentimiento de identidad
contribuye de manera substancial a la constitución y permanencia de los oficios, de las profesiones (Sainsaulieu,
1996). Ahora bien, cuando la pertenencia y/o la identidad del trabajador se cuestionan, el resultado es
necesariamente una crisis psíquica de esa persona. Gracias al trabajo, los seres humanos construyen su propia
identidad y por su intermedio buscan encontrar un sentido a lo que hacen. Según R. Sainsaulieu, esta
identidad puede alcanzar diversos niveles de intensidad: puede ser asumida de manera pasiva, puede ser objeto
de negociación, o dar lugar a una fuerte integración en el colectivo de trabajo y a la empresa.
5. El trabajo pone a prueba las personas, permite que ellas demuestren lo que son capaces de hacer, la utilidad
de su actividad. Es siempre un desafío. El trabajo tiene siempre una dimensión desconocida -es una incógnita, o
un enigma- pues pone a las personas frente a sí mismas, haciéndoles descubrir sus potencialidades y límites,
frente a la infraestructura y las maquinarias y equipos que no siempre funcionan correctamente.
6. Trabajar significa asumir riesgos, pues como la actividad que efectivamente se desarrolla se diferencia del
trabajo prescripto y para llevarlo a cabo se deben desconocer o violar consignas, esas desobediencias se vuelven
visibles y susceptibles de sanciones. Se asumen conscientemente esos riesgos porque a cambio del trabajo se
busca obtener una retribución, que no consiste solamente en dinero; su carácter es simbólico pues en última
instancia lo que se busca es un reconocimiento social en sentido amplio.
7. El trabajo también provoca una movilización del involucramiento, tanto en el nivel individual como
colectivo: requiere la coordinación y la cooperación dentro del colectivo de trabajo, lo cual implica captar y
procesar información, comunicarse, expresar ideas por medio de la palabra y mediante silencios, gestos y
signos. A veces, por la organización de la producción, o por la excesiva división social y técnica del proceso de
trabajo, se hace difícil comunicarse de manera adecuada y la coordinación y cooperación son más bien
impuestas a los trabajadores por sus empleadores y superiores, antes que negociadas y aceptadas
voluntariamente. Los resultados de los obstáculos o de una insuficiente movilización de la subjetividad para
comunicarse, coordinarse y cooperar no sólo se reflejan negativamente en la salud psíquica y mental de los
operadores, sino que, lo reiteramos, repercuten también sobre los resultados cuantitativos y cualitativos de la
producción, es decir sobre la competitividad de las empresas y en última instancia en su rentabilidad. El trabajo
para llevarse a cabo eficazmente requiere del trabajador un compromiso subjetivo, el involucramiento.
Danielle Linhart dice que, salvo casos extremos, el deseo de hacer bien el trabajo siempre subsiste, ya que es
vital para la identidad del propio trabajador. Sin ese compromiso personal de los trabajadores, ninguna
organización productiva ni siquiera la más tayloriana habría podido funcionar (Linhart, 1978).
8. El trabajo socializa las personas y es fuente de inserción social. Necesita y al mismo tiempo permite
instaurar relaciones interpersonales y construir un colectivo de trabajo, es decir una entidad nueva
generada por los lazos e interrelaciones que crean una solidaridad de hecho, primeramente entre todos los
trabajadores, pero esencialmente entre los obreros y empleados asalariados de ejecución y también con las
demás categorías socio-profesionales de mayor nivel jerárquico de una misma unidad productiva. En todos los
tiempos, pero sobre todo en nuestra época, el trabajo crea las condiciones para que las personas tomen
realmente contacto, de manera directa o indirecta, con el resto de la sociedad, desbordando el ámbito estrecho
de la familia y adopta la forma de una verdadera relación social. El trabajo se ha convertido desde hace mucho
tiempo en un instrumento privilegiado para la integración social pues es creador de lazos y entramados sociales.
9.- Finalmente, el trabajo ejerce una función psicológica a la que los profesores Clot y Meyerson catalogan
como una ruptura entre las preocupaciones personales, domésticas y permanentes del sujeto con respecto a las
ocupaciones sociales y rutinarias asumidas en su lugar de trabajo, donde por lo general se ejerce por obligación
una forma disciplinada de trabajo y continua, cuyos resultados no siempre están directamente relacionados con
sus vidas y necesidades personales. El trabajo permite hacer algo por otros, no directamente para sí, o dicho en
otros términos, es la realización de sí mismo que se obtiene al hacer cosas para otros. Durante el tiempo de
trabajo, el trabajador -sobre todo asalariado- puede salir de la relación doméstica y familiar de persona a
persona, tomar distancias. De allí sus propiedades “terapéuticas”, aunque llevada al extremo, esa ruptura pueda
dar lugar a un desequilibrio en las relaciones entre el trabajo y la vida personal o familiar (Clot, 1995).

2.2. El trabajo como fin en sí mismo o como medio


El trabajo es un hacer al servicio de la producción, ésta es lo que resulta del trabajo. Por otra parte la naturaleza
no está acabada, siempre es susceptible de ser dominada, apropiada, completada, transformada y perfeccionada.
Al trabajar los seres humanos se reivindican como seres históricos, que hacen acontecer la propia existencia
mediante la consciente mediación en la producción y la reproducción, siguiendo a Marcuse “el trabajo
trasciende la ciencia económica e implica todas las dimensiones de la vida social ” (Marcuse, 1970).
Pero el trabajo no constituye un fin absoluto y duradero sino un fin intermedio, que se orienta a algo exterior al
ser humano. En la misma dirección, los filósofos personalistas afirman que convertir al trabajo en un deber
absoluto, en una cuasi-religión, se opone a la contemplación de la verdad, el amor al bien y la admiración de la
belleza, fines supremos para todos los seres humanos (Borne y Henry, 1944).
En conclusión la vida no es para el trabajo, no existimos para trabajar; el trabajo es para hacer posible la
vida, se trabaja para vivir.
Pero si bien la vida de los seres humanos no se reduce sólo al trabajo, no puede comprenderse plenamente en su
ausencia.

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