El icono
Introducción al estudio del icono
Introducción a la teología del icono
La imagen en el Judaísmo – Génesis
El icono y el arte
Arte iconográfica
El misterio de los rostros
Las inscripciones, los nombres
Datos que justifican el culto de las imágenes
La luz en el icono
La propia luz del icono
Hacia la contemplación de la luz
Diversos tipos de iconos
Iconos de Cristo
Iconos de la Virgen María
Iconos de Ángeles y Santos
Iconos de los Acontecimientos Sagrados
El Mandylion
Oración Iconográfica
Imagen teológica
Teoría del icono
El iconógrafo
Estética y espiritualidad
Introducción a la meditación con imágenes
Orar en el Espíritu Santo
Orar con la Iglesia
Actualización de la pedagogía clásica de la
oración
Oración para el cristiano de hoy
La Anunciación a María
Fiesta litúrgica del ciclo navideño
Iconografía de la Anunciación
La Virgen en los iconos
Mantos y túnicas – Símbolos de colores
El ángel
Estrellas
Sede de María
Hilo de la púrpura
Concepción virginal a través de la escucha
Velo y edificios
El pozo
La joven
El jarrón de flores
Las fuentes
La fiesta
La Natividad del Señor
La montaña, ángeles y pastores
Cueva, Virgen y el Niño
Animales
José. Demonio-Pastor- Árbol
Nube, estrella, el asombro de lo creado
Magos
Baño, comadrona Eva
Presentación en el Templo
El nombre
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La Virgen
Cristo
Simeón, el diálogo de las miradas
Ana
José
Fondo
Fiesta
Epifanía y teofanía del Señor o Fiesta de las luces
Bautismo del Señor
Sentido teológico del barranco abismático
Cristo
Rayo – Espíritu Santo
Ángeles
Juan el Bautista
Arbolillo (Azuela)
Jordán y el Mar
La naturaleza
La Transfiguración del Señor
Fiesta
El iconógrafo y la fiesta
Contemplación de la imagen evangélica
Cristo
Moisés y Elías
Los Apóstoles
La entrada del Señor en Jerusalén
Fiesta
Iconografía de esta fiesta
Pollino/asno
Montañas
Discípulos
Palmera
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Cristo
Niños
Pueblo
Icono del descenso a los Infiernos
Cristo y Adán
Infierno/hades
El quirógrafo
Los justos
Nosotros
Pentecostés
Fiesta
Su iconografía
Tribuna y lenguas de fuego
Viejo Rey
Los doce
La dormición de la Madre de Dios
Varios nombres de una misma fiesta
En busca de la imagen primitiva
La Asunción de la Virgen en tres tiempos
María, icono de la Iglesia
El misterio de la Trinidad
Icono de la “filoxenia”: amor y hospitalidad
Junto al encinar de Mambré
El divino consejo trinitario
Economía trinitaria de la salvación
Iconografía de los Reyes Magos
El templo ortodoxo y católico
Dentro del templo
Cruz ortodoxa
El icono es una imagen
Perspectiva lineal y perspectiva invertida
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El tiempo sobre los iconos
La luz en los iconos
Cómo se pintaban los iconos
Descubrimiento de los iconos en el siglo XX
El iconostasio
Iconos del Salvador
Spas (el Salvador) no hecho por manos
humanas
Spas (el Salvador), llamado Pantocrátor
Estudiamos más sobre el Pantocrátor
Vestidos
Rostro
Nimbo
Mano que bendice
El libro
Paso a paso de cómo se pinta el rostro de la Virgen
Así se pinta el rostro del Salvador
Spas (el Salvador) en el trono
Spas (el Salvador entre las potencias
Spas (el Salvador) Emmanuel
Spas (el Salvador) en el silencio
Iconos de la Madre de Dios
La Virgen que reza
La Virgen que indica el camino
La Virgen de la ternura
La Virgen de toda gracia
La Virgen que intercede
La Santísima Trinidad de Andrei Rublev
Interpretación del icono de Rublev
Distinción de los tres planos superpuestos
Movimiento
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Unidad-Igualdad-Pluralidad
Geometría de la composición
Padre
Hijo
Espíritu Santo
Colores
La Iglesia, icono de la Trinidad.
Lo que el icono nos revela
El icono, teología de la presencia
Religiosidad popular y espacio sagrado
El icono en la teología oriental
Breve historia del desarrollo de la iconografía
Iconoclastas – Etimología (Según la GER) .
El fundamento teológico del icono
El papel del iconógrafo
Más detalles sobre los iconos de las festividades:
La Anunciación
La Natividad
La Presentación
El Bautismo
La Última Cena
La Crucifixión
La Asunción de María – Dormición
Tesina del P. Gregorio Adamczyk: La cruz de
San Damián
Los Iconos y los Santos (del libro “Orar con los Iconos de Jim
Forest – Págs 148 a la 157).
Santa Ana y San Joaquín
Los Arcángeles
San Juan el Precursor
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San Jorge
La Doctrina Tradicional de la Belleza como
“Resplandor” – del libro “El Icono, esplendor de lo sagrado” del
P. Alfredo Sáenz . (Cap. V – II – págs. 203 a 216) .
Deificación: Exhortación a la Santidad – del libro “El
Icono, esplendor de lo sagrado” del P. Alfredo Sáenz. (Cap VII – II –
Págs. 294 a 299).
Declinar del Arte Sacro – del libro “El Icono, esplendor de lo
sagrado” del P. Alfredo Sáenz. (Cap. IX – II y III . Págs. 367 a la 384).
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Introducción al estudio del icono
La palabra icono proviene del griego: “Eikon” que significa imagen. En la historia del
arte se reserva éste término para una clase de pintura, frecuentemente portátil, de género
sagrado, hecha sobre una placa de madera con una técnica especial y de acuerdo con una
tradición secular. En él se representan histórica y fidedignamente los acontecimientos
sagrados. Se pinta a Cristo, a la Virgen María, ángeles, santos y otros temas religiosos. En
ellos se refleja la imagen de un hombre purificado, deificado, revestido de la belleza
incorruptible del Reino de Dios, de una persona humana que ha llegado a ser un icono
viviente de Dios.
El icono es la Palabra de Dios plasmada en pintura; hace misteriosamente presente a la
persona que representa y la realidad de esta presencia se basa en el parecido con su
prototipo.
El icono significa para nosotros una guía para una comprensión más profunda del
Misterio cristiano y para la oración mediante la contemplación. “Belleza divina”, “Canal de
gracia”, “Visión de lo invisible”, “Ventana a la eternidad”, el icono deja una luz: la de un
Reino a tener siempre en el corazón.
Para los ortodoxos, la función fundamental de un icono no es la didáctica, es decir, la
enseñanza religiosa global fácilmente comprensible para todos, sino que el icono es un
sacramental, es decir, un signo de gracia, no como los sacramentos que son eficaces en
virtud de la institución de Cristo, sino por el poder y la oración de la Iglesia. Por lo tanto es
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una ayuda para la vida espiritual del cristiano que los usa con fe y respeto. La Iglesia
bendice la imagen para que tenga una fuerza expresiva en la Gracia y la presencia que
comunica. Si la imagen es auténtica, tiene que ser bella, expresiva y teológicamente exacta
para que pueda representar el misterio o la imagen de una persona.
El Papa Juan Pablo II recuerda en la Carta Duodecimum Saeculum Nro. 10:
“La Iglesia Griega y las Iglesias eslavas han considerado la veneración del icono como
parte integrante de la liturgia, a semejanza de la celebración de la Palabra”.
Introducción a la Teología del Icono
Es casi imposible entender el icono fuera del medio en que fue creado, o sea, el ámbito de
la Iglesia.
El punto de partida para comprender el icono se encuentra en el fundamento de la Iglesia.
Ese fundamento es la Santísima Trinidad. La Santísima Trinidad es el fundamento para la
vida de la Iglesia, para su orden canónico, para el carácter de su pensamiento teológico,
para su espiritualidad y para su creación artística. “El Hijo y el Espíritu Santo, enviados del
Padre, revelan la Santísima Trinidad; no de una manera abstracta, como un conocimiento
intelectual, sino como una regla de vida” (L. Ouspenskyj). Gen. 18, 1-2: Se le apareció
Yahvé en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más
caluroso del día. Levantó los ojos y vio que había tres individuos parados a su vera
(revelación de Dios uno y trino).
Lc.3, 23: Al comenzar su ministerio, Jesús tenía unos treinta años. Se creía que era hijo de
José (revelación de su humanidad).
Lc. 9, 29: Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una
blancura fulgurante (revelación de su divinidad).
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San Juan en su primera epístola dice: “Pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el
agua y la sangre, y los tres convergen en lo mismo” (1 Jn. 5, 7). Según el texto de la
Vulgata: “Pues tres son los que dan testimonio ( en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu
Santo y estos tres son uno; y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua
y la sangre y estos tres son uno)”.
Para la teología ortodoxa el punto de partida para confesar la Santísima Trinidad es la
Persona (Hipóstasis), misterio esencial de la Revelación Cristiana, poseedora de naturaleza
divina en su plenitud.
La importancia de la Persona cabe tanto para la teología del icono como para el icono
mismo. Porque en la Persona del “Uno” Encarnado se basa la veneración de los iconos.
La Persona de Dios hecho Hombre es el único camino que conduce al Prototipo del icono
“Yo soy el Camino... (Jn.14, 6).
Los Padres del VII Concilio Ecuménico, dicen con relación al icono: “Vimos lo que
escuchamos” “El icono nos muestra silenciosamente lo que dice la Palabra”.
También sabemos por San Pablo que ninguno puede decir: “Jesucristo es el Señor si no es
movido por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 3). Así también ninguno puede escribir el icono
del Señor si no es movido por el Espíritu Santo. Pues Él es el Iconógrafo Divino
(iconoplastés).
Según los Santos Padres el Espíritu Santo es quien toma la Belleza que comunica el
esplendor de la santidad y se revela como “Espíritu de la Belleza”.
Según San Gregorio Palamas, “En el seno de la Santísima Trinidad el Espíritu es el gozo
eterno en el cual los tres se complacen juntos”. Explicita el Dogma Trinitario diciendo: “Si
el Hijo es la Palabra que el Padre pronuncia y que se hace Carne, el Espíritu la manifiesta,
la hace audible y nos la hace escuchar en el Evangelio; entre tanto Él permanece oculto,
misterioso, silencioso, nunca habla de El mismo”.
La obra del Espíritu Santo, como Espíritu de belleza es una poesía sin palabras.
Los atributos más conocidos del Espíritu Santo son: la vida y la luz. La luz es ante todo
potencia de revelación; por eso Dios revelado es llamado “Dios Luz”. Ya dentro de nuestro
plano óptico, el ojo no percibe los objetos en si mismos si no es por la luz que esos objetos
reciben. El objeto es visible porque la luz lo hace visible. La Palabra de Dios en el día de la
creación fue: “Haya luz”. Esta luz no es la que aparece en el cuarto día cuando Dios crea
los astros, esta luz es la “luz increada” de la cual hablan los Santos Padres.
“El Padre pronuncia la Palabra, el Hijo la cumple y el Espíritu Santo la manifiesta; es la
Luz de la Palabra” (S. G. Palamas).
Tenemos conocimiento de esta luz a través del Génesis: “Haya Luz” (Gen. 1, 3).
Nuestro Señor expresa: “Yo soy la luz” ( Jn. 8, 12). El Padre es la Luz, el Hijo es Luz, el
Espíritu Santo es Luz. La Luz es la potencia de la revelación, la luz de Dios (Jn. 1, 5). La
acción del Espíritu Santo condiciona todo acto en que lo espiritual toma cuerpo, se encarna,
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se convierte en Cristofanía (manifestación de Cristo). El Espíritu Santo cubre a María con
su sombra y la hace Madre de Dios. De la Encarnación nace el Cristo. De un bautizado
nace un miembro de la Iglesia. Del vino y del pan hace el Cuerpo y la Sangre del Señor. De
la Santa Faz hace un Icono. Así se convierte en Iconógrafo Divino que realiza el arquetipo
del cual vienen todos los iconos. Estas acciones son “del Padre, por el Hijo, en el Espíritu
Santo” (San Basilio). La acción del Espíritu Santo coloca a la Iconografía en la condición
de arte sagrado y en un camino de santificación del hombre; y por otra parte, esta acción
esencialmente carismática y al mismo tiempo eclesiástico hace del icono un lugar teológico
y por tanto fuente de Teología.
La oración para la Consagración de los Iconos dice: “Señor Dios, Tú creaste al hombre a
Tu imagen. Ha quedado oscurecida. Más, la Encarnación la restaura y la restablece en su
dignidad primera. Ahora nos inclinamos delante de los iconos, veneramos Tu Imagen y Tu
Semejanza y en ellos te glorificamos”.
Por tanto, el icono se realiza teniendo en vista el Misterio de la Encarnación y está
condicionado por la “Creación del hombre a imagen y semejanza de Dios”.
Por todo esto, cualquier alteración o error dogmático de la Santísima Trinidad conduce a
la desacralización del arte iconográfico.
El Icono es la Teología de la Imagen. “Quien a mí me ha visto, ha visto al Padre” (Jn. 14,
9); y realiza la teología bíblica del nombre.
El nombre identifica la presencia; el nombre de Dios no puede pronunciarse en vano. El
icono de Cristo, no lleva nombre, sólo letras; es el Innombrable. Este hecho se enraíza en
esa noción por eso lo identifica como tal. El nombre en el icono identifica la presencia,
ningún icono está terminado si no inscribimos el nombre o el título de lo que es
representado. Moisés nos dice el nombre de Dios “Yo Soy el que Soy”(Ex. 3, 14). “Yo
soy”. Jesucristo nos lo hace ver, nos muestra Su Imagen y el Espíritu Santo nos lo hace
entender.
En el nimbo (aureola) de Cristo se inscriben las letras O – W – N, o sea “EL Existente”: la
presencia de esa inscripción resalta la naturaleza divina de Cristo y su consubstancialidad
con el Padre.
“O” del griego, omicrón, Yo.
“N” del griego, ni, El Ser.
“ON” simboliza: “Yo Soy”, el Innombrable.
“W” del griego, omega, invocación, llamado, antepasado de antepasado.
“Yo soy el Alfa y la Omega”(Ap. 1, 8) Principio y Fin, Aquél que era, que es y que vendrá.
Unión de Principio y Fin de la Biblia.
Todo aquél que contempla el icono del Rostro humano de Cristo, Dios hecho Hombre,
contempla el misterio de la Palabra y del Nombre. El arte iconográfico es sinérgico; el
Espíritu ilumina al hombre.
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Todos los iconos de Cristo dan la impresión de una semejanza tal que son reconocidos
inmediatamente. Mas esa semejanza no es la de un retrato. Justamente lo que se revela en
cada icono de una manera única no es la individualidad humana sino la Hipóstasis de
Cristo; de esta manera es única, eclesial y personal al mismo tiempo. Por eso existen tantas
“Santa Faz” cuantas veces los iconógrafos las han pintado. Mas su misterio está en que
siempre lo reconocemos porque es “el Rostro de los rostros” “el Rostro del Inaccesible”.
Según los Santos Padres, con Cristo la belleza de los cielos desciende a la tierra; la belleza
se aproxima a nosotros, viene a nuestro encuentro, se hace íntima, se avecina unida a la
substancia misma de nuestro ser. Cuando nuestro espíritu se lanza buscando la Belleza de
la Divinidad, encontramos el icono. El icono no es un objeto, es la imagen visible de
Cristo; es la Belleza y la Luz. A través de la semejanza que los iconos tan misteriosamente
transmiten, se reflejan los rayos inefables de la Belleza Divina.
En los iconos la belleza aparece como un sonido que viene de la profundidad misteriosa
del ser, testimoniando la íntima relación entre el cuerpo y el espíritu.
La esencia deificada, que se manifiesta en toda la naturaleza creada, nos hace ver la
Belleza Divina. La naturaleza se vuelve hacia nosotros, nos habla, nos confía sus sonidos y
sus coros secretos, nos llena de una alegría desbordante y rompe nuestra soledad.
Comulgamos con la belleza de un paisaje, de un rostro y sentimos una extraña consonancia
con una realidad que, nos parece, es la “Presencia Una” de nuestra alma perdida y
reencontrada.
La experiencia artística solo puede prestarnos sus ojos mostrándonos un fragmento de
donde, no obstante, el Todo está presente, como el sol que se refleja en una gota de agua.
Mas, conducido por la mano de Dios, el hombre a pesar de sí mismo revierte el límite de lo
estético y de lo ético y lo convierte en fe. La fe nos hace ver que la verdadera Belleza no
está en la naturaleza misma sino en la Epifanía del Trascendente, que hace de la naturaleza,
un lugar cósmico de su resplandor.
Según los Santos Padres, en orden de la Encarnación y de la Redención, Cristo es el
arquetipo de todas las formas y por eso la Belleza solo se formula partiendo de Dios.
Los santos iconos tienen su fundamento en el “Icono no hecho por mano humana”(la
Santa Faz), Icono de los iconos, Belleza de las bellezas, que no expresa y nos muestra la
Belleza de Dios. Cuando observamos los Santos Iconos observamos la Belleza de la Luz de
Dios.
En el relato de la Transfiguración tenemos “una anticipación de la Luz del Padre, por
Jesucristo, en el Espíritu Santo” (San Basilio). Lo espiritual y lo corporal se integran. La
Gracia es experimentada por los sentidos, la Gracia se vive, se siente como dulzura, paz,
gozo y luz. Esto nos hace ver el porqué del empleo en la liturgia del canto (bizantino,
gregoriano), del icono, del incienso y la materia de los sacramentos. La liturgia requiere de
nuestros sentidos: nuestro oído, nuestra vista, nuestro olfato y nuestro gusto para elevarnos
y devolver a la materia su dignidad primera y su destino final; nos permite comprender que
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nuestro “cuerpo” no es una sustancia autónoma sino que es vehículo y parte de lo
espiritual.
La Belleza de Dios, que es Su Luz, no es material, ni es sensible, ni intelectual, sino que
se da a sí misma y se deja contemplar a través de la Gracia de los elegidos, que por sus
propios sentidos pueden “ver” a Aquél que está más allá de ellos mismos. La luz de la
Creación, del Tabor, de Pentecostés es la Única y Verdadera Luz Divina; es el Misterio del
Octavo Día, Epifanía y Resurrección de Cristo. A través de los Santos Iconos, el rostro
luminoso de Dios mira a los hombres. Es el Cristo transfigurado. Los Santos Padres
afirman que lo que vemos en los iconos es la Hipóstasis de Cristo y de sus seguidores. Así
el icono se convierte en una experiencia profundamente religiosa que nos hace ver la Luz
de la Belleza de Dios.
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